28 septiembre 2016
Men I'll never have
12 marzo 2012
Chocolate
La seguí sin darme cuenta. Una silueta familiar descubierta al fondo del vagón, ajena a todo lo que no fuera el desfilar de las paradas y el radio de sus propios pensamientos. Al salir de la estación, tomé la estela de su abrigo, tal vez por curiosidad, tal vez porque aún no era tarde y deseaba retrasar el regreso a mi exiguo apartamento. Ni siquiera me planteé cómo reaccionaría al descubrirme, ni la dimensión de la posible coartada. La seguí. Fueron un par de manzanas, tal vez un poco más. Aquel abrigo no miraba los escaparates ni las luces recién estrenadas de navidad, simplemente caminaba con la determinación de quien sabe de dónde proceden sus pasos.
Se detuvo ante una pequeña tienda de chocolates. La puerta se abrió oportunamente invitándola y entró. La observé desde una distancia prudencial. Una sonrisa, un intercambio, otra sonrisa y salió. No fui suficientemente rápido (quizá no quise serlo). La caída del día no logró maquillar ni su sorpresa ni mi culpa. “Veo que sigues siendo adicta al chocolate”. Excusas. Habían pasado 10 años desde otra callejuela estrecha bañada por la lluvia y el eco de una maldición. Me estudió. La impresión en su rostro se dibujó en la mitad de tiempo que tarda en llegar el sol a la tierra. Cuatro segundos. Yo, sin embargo, me embarqué en un viaje completo. “Estás preciosa” mentí. No, me mentía a mi mismo. Estaba preciosa. Aún. Era casi ella salvo por los ojos. Parecían más apagados y hundidos, como si algo, desde su interior, los fuera absorbiendo y aniquilando lentamente. Solía decirme (y no se equivocaba) que solo las personas muy felices o las muy tristes comienzan a envejecer por los ojos, aunque por motivos opuestos. Quise intuir a qué grupo pertenecía ella. Minutos después supe que no me había equivocado.
*
20 marzo 2011
Smoking break: El último cigarrillo

Al salir de un ruidoso pub, un joven comprueba que la calle está desierta, salvo por una veinteañera que se encuentra a su derecha. Tras subirse el cuello de la chaqueta, saca un mechero del bolsillo, enciende un cigarrillo y se cala aún más su grueso gorro. Seguidamente, da unos pequeños saltos sin moverse del sitio, mientras observa de reojo como la joven expulsa el humo de forma precisa, intencionada, como si estuviera enviando un mensaje en algún código secreto. Tras un minuto interminable, decide hablarle.
- Este es mi último cigarrillo, ¿sabes?
- ¡Ah!. Que bien...
- Lo digo muy en serio
- Te creo
- ¿Estás en ese momento de la semana, verdad?
- ¿Cómo dices?- contesta ella, entre molesta y sorprendida.
- “El sabadoom”
- Perdona, pero sigo sin entender...
- A pesar de lo que diga todo el mundo, el sábado es el día más ingrato de la semana, porque nos arranca el disfraz de la rutina, y nos demuestra lo vacía (o llena) que está nuestra vida
- ...
- Si te fijas, los felices lo derrochan y los infelices lo invierten. Y cuando se pertenece a estos últimos, siempre hay algún instante en el que, secretamente, se extraña el lunes: el sabadoom
- Ahh...
- Nadie puede llevar careta una noche como esta- continúa él ajeno a la irritación de la joven- Si ahora mismo entráramos ahí dentro de nuevo, podría indicarte quién se está divirtiendo realmente y quién no...
- ¿Sabes?- corta ella- No quiero ser borde, pero esta conversación suena demasiado íntima y trascendental y por experiencia sé que la neurosis y el alcohol son imbatibles en cualquier discusión, así que...
- Te equivocas en una cosa- se apoya pesadamente contra la pared dando una larga calada a su cigarrillo- He tomado algo esta noche, sí, pero no ha sido alcohol...
- OK, da lo mismo- arroja su cigarrillo a la acera y lo pisa enérgicamente- De todas formas, ya es hora de que vuelva...
- Al menos, admítelo antes de marcharte. Todos tenemos ese momento de lucidez y tú lo estabas teniendo aquí mismo, a unos 7º de temperatura, mientras te fumabas ese cigarrillo
- ¿No creerás realmente que te voy a contar la historia de mi vida, verdad? Porque de todas las tácticas para ligar que he sufrido, te aseguro que esta es la...
- Hagamos una cosa. Si yo te cuento algo sobre mi y el relato te resulta lo suficientemente sincero y convincente, me cuentas el tuyo. Pero no tienes que decidirlo hasta que me hayas escuchado, ¿vale?
- No creo que sea una buena idea...
- Esa canción es horrenda. ¿De verdad tienes prisa por volver?
- Shakira me resulta más apetecible que aguantar a un pesado con ínfulas de Schopenhauer- tras decir esto, se dirige a la puerta y acciona el pomo.
- Tengo cáncer...
- ¿¡Qué!?- exclama con voz excesivamente aguda dándose la vuelta. La puerta se cierra de un portazo, golpeándole la espalda- ¿Es una broma de mal gusto, verdad?
- Desgraciadamente, no. En mi cabeza hay un tumor XXL comiéndose mi cerebro. Lo he bautizado “Zombi”- sonríe débilmente- Al parecer avanza más deprisa porque soy... bueno, asquerosamente joven. Ahora se ha extendido a mi lóbulo temporal, lo que significa que pronto comenzaré a olvidar... cosas. Me calculan menos de medio año
- .....
- Si no me crees, simplemente, mírame a los ojos
La joven comienza a observarlo fijamente y algo en su mirada penetrante y transparente la desarma. Pero no es el dolor, la rabia, el desgaste o la aceptación de la inevitabilidad de la tragedia. Durante esos breves segundos, tiene la impresión de que él no se encuentra realmente allí, sino que se ha quedado atrapado en una especie de Tierra de nadie entre dos lugares opuestos sin pertenecer a ninguno
- No sé, ¿tú te fiarías de un desconocido que te suelta de repente que le queda medio año de vida?- pregunta incómodamente pero suavizando el tono de voz
- No, supongo que no. Pero necesitaba contárselo a alguien que no me conociera de nada. Dentro de unas semanas... dejaré de ser yo...
- Lo siento muchísimo
- No lo hagas. No pienso permitirlo
- ¿¡Cómo!?
- Necesito un testigo que verifique que he llegado a la única meta digna... esta noche. Con objetividad, sin lágrimas y sin dramas. ¿Quieres serlo tú?
- ¿Pero de qué estás hablando?- su voz se endurece nuevamente- ¿No habías dicho que te quedaban meses?
- Ya no. Hace unos minutos me he tomado una especie de bomba que... acelerará el proceso- se agarra a la pared- vaya, mis piernas ya lo notan- cae al suelo.
- ¡Por Dios!¿Qué diablos has tomado?
- No lo sé. Estaba en latín y yo... soy de ciencias...
- ¡Voy a pedir ayuda!
- ¡No, no me dejes! ¡Dáme la mano!
Después de un segundo de vacilación, la chica saca el móvil del bolso con la mano derecha y marca apresuradamente un número mientras sujeta una mano del chico con la izquierda.
-¿Dónde están los fumadores cuando se les necesita?- mira esperanzadoramente la puerta del pub- ¿Es que hoy, de repente, lo ha dejado todo el mund...?- una voz la interrumpe al otro lado del teléfono.
Desplomado en la acera, él la escucha hablar en oleadas, desde muy lejos, sin entender sus palabras. Un suave zarandeo lo espabila.
- Una ambulancia está en camino. Eso que te has tomado, lo que sea... estamos a tiempo de pararlo. ¡No cierres los ojos!
- Es inútil... ya he entrado en la madriguera, Alicia...
- ¡No digas eso!¡Y no cierres los ojos!
- Díme... que... crees que... este es el principio... de una hermosa amis...tad
- ¿Cómo?
- Todo... el mundo... debería... escuchar eso... alguna vez... ¿no... crees?
- Creo que... –su voz se quiebra- creo que este es el principio deunahermosaamistad- pronuncia atropelladamente entre lágrimas
- Gra...cias...
- ¿Cómo te llamas?
- ....
- ¡Contéstame, por dios! ¡Díme tu nombre!- lo zarandea con violencia.
- ....
- ¡No me hagas esto!¡Díme cómo te llamas, joder!
Pero el único sonido que le devuelve la noche, es el eco creciente de la sirena de la ambulancia.
15 octubre 2010
Lo que se puede guardar en un pañuelo

Tan sólo dos minutos antes, un hombre mayor, impecablemente trajeado, había extendido sobre el mostrador un pañuelo de bolsillo que contenía 13 piezas de lo que originalmente había sido un teléfono móvil.
- Se cayó en plena carretera y un par de coches le han pasado por encima. ¿Puede arreglarlo?- increpó
- Bueno, pues...
- ¡Puede tocarlo, criatura! ¡No está usado!- insistió.
La chica, con toda la paciencia de que fue capaz, le explicó que en ese caso concreto, lo más práctico y económico sería comprar uno nuevo, pero el anciano la interrumpió antes de terminar la frase:
- El dinero no es un problema. Hagan lo que tengan que hacer.
- Señor, si lo que necesita es un móvil urgentemente, estoy segura de que cualquiera de los modelos que tenemos...
- No se impaciente. Ya le compraré uno de sus malditos trastos, pero ustedes arréglenme este.
La dependienta frunció los labios, colocó los manos firmemente sobre el mostrador y tomó aire antes de proseguir:
- Bueno, eso puede llevarnos mucho tiempo. La mayoría de estas piezas son inservibles. Y, si le soy sincera, no estoy segura de que nuestra empresa realice arreglos de ese tipo. Supongo que habría que enviarlo a la fábrica original y será un proceso largo y costoso. ¿Está seguro de que quiere arreglarlo?
- Ya le he dicho que sí
- Perdone mi indiscreción, ¿pero acaso contiene algún número o archivo que necesite en estos momentos? Si usted quiere, en lugar de repararlo, podría intentar extraerse...
- Ahórrese la charla técnica, muchacha. Lo que mi móvil contenga no es asunto suyo. Simplemente, arréglenlo, tarde lo que tarde y cueste lo que cueste. Cuando lo tengan listo, escríbanme a esta dirección.
Y, tras ese último izquierdazo a la lógica de la joven, le entregó una tarjeta, se dio la vuelta y desapareció.
Dos meses después, el mismo anciano volvía a salir de la tienda, esta vez con el teléfono totalmente reparado. Sentado en un banco, entre un cartel publicitario y una papelera, contempló el aparato largamente antes de decidirse a encenderlo, pero una vez dado el paso, con las manos temblorosas, fue directamente al archivo de fotos. Tras comprobar su contenido, sonrió aliviado, extrajo otro móvil, y reenvió una imagen del viejo al nuevo aparato.
- Estos trastos nuevos tienen unas pantallas enormes y mucho más nítidas- musitó- ahora podré volver a verte.
Con emoción contenida, acarició brevemente la imagen del labrador blanco que le devolvía la pantalla, y, en un gesto rápido, arrojó su viejo y costosísimo teléfono móvil a la basura.
05 octubre 2010
Paper Rain
La combinación de cielo despejado, luna menguante y apagón en un radio de cinco kilómetros, permitía vislumbrar por primera vez en años casi todas las constelaciones. Sirio, procyon y betelgeuse conformaban con orgullo un radiante e insólito triangulo de invierno. A pesar del frío, algunos niños contemplaban maravillados el espectáculo celeste desde sus porches hasta que sus padres o sus perros les instaban, preocupados e impacientes, a entrar en casa.
Cuando se disponía a depositar la basura en los cinco contenedores, Ted advirtió que un cartel oscuro dividía en dos el amarillo del contenedor de plásticos y latas. Lo observó impacientemente, irritado por no llevar consigo sus gafas, hasta que consiguió domar todas sus letras. La cólera hizo su aparición en sus puños antes que en sus mejillas. Sin pesárselo dos veces, lo arrancó de cuajo y tras romperlo en diminutos fragmento ilegibles, lo depositó en el contenedor azul.
La artrosis de sus manos y rodillas pareció protestar, pero a Ted aquel pequeño acto de rebelión le había sabido a demasiado a poco. Necesitaba alimentar el fuego de tal forma que recorrió el barrio arrastrando pesadamente sus pantuflas hasta que encontró otro cartel. Le costó un poco más arrancarlo de la pared y, en el esfuerzo, se llevó, además, tres capas de papel extra que dejaron totalmente limpia la pared. Resollando, Ted observó el nuevo hueco blanco y sintió una punzada en el pecho orbitando alrededor de la creciente furia. De repente, había comprendido su cometido: tenía que arrancarlos todos.
Y aquella noche, el hombre cauto, sensato y extremadamente respetuoso que siempre había sido, ignoró los insultos y miradas de extrañeza, desprecio o indignación que le dedicaban los viandantes, y presa de la mayor fiebre que había padecido en su vida, continuó arrancando y rompiendo frenéticamente, cartel tras cartel, hasta que le sangraron las uñas y el esfuerzo y la humedad noquearon sus doloridas rodillas.
Apoyándose torpe y pesadamente en las paredes, a modo de bastón, tardó casi un cuarto de hora en llegar a casa. Su mujer lo recibió impaciente y recelosa dando por hecho que había sucumbido a una de sus ocasionales borracheras. Lo miró de arriba abajo sin verle y lo sentenció sin comprobar que no había rastro de alcohol en su aliento. Ted puso la televisión para ahogar, en parte, el desprecio. Le gustaba dormirse viendo los programas de sucesos, solazado en el confort de las desgracias de otros, pero, de repente, las noticias rompieron bruscamente la transmisión.
Instantáneamente, sus puños volvieron a endurecerse, pero esta vez, se aferró a su sillón. Su mujer, al escuchar la inconfundible música de los informativos, volvió a la sala, olvidando, momentáneamente, la nueva muesca de amargura conyugal. Tenía que compartir la noticia del día con su marido:
- ¿Te has enterado, Ted? Los mariquitas ya pueden casarse
- Lo sé -contestó él- Han empapelado toda la ciudad con no sé qué fiesta del orgullo de los cojones...
- Ver para creer, ¿verdad?- pronunció antes de desaparecer de la sala de nuevo
Ted observó durante unos instantes la puerta vacía y cuando se aseguró de oír a su esposa en el otro extremo de la casa, murmuró mientras se frotaba las doloridas rodillas:
- Demasiado tarde, joder. Demasiado tarde...
01 agosto 2010
La turbiedad del hielo

Podría haber sido un clon de Jökull, salvo por la nariz, bastante menos aguileña, el cabello oscuro y los ojos; Einar tenía las pupilas de un intenso gris casi metálico. Un color inusual, de esos que tienen una de cada 10 millones de personas, como los de Elizabeth Taylor.
La primera vez que lo vi, mis rodillas comenzaron a temblar de una forma tan violenta que tuve que sentarme. ¿Cómo podían parecerse tanto? Pensé que las había oído chasquear, delatando lo insólito del encuentro, como un instrumento mas afinado que, inoportunamente, arruina tu canción favorita en pleno concierto. Pero me sonrió cálidamente y me besó la mano: tú debes ser Brynja. Y ahí comenzó todo.
Estábamos en primavera y sólo habían pasado cinco meses desde que Jökull me había dejado. Era demasiado pronto para coger una fjóla (violeta), pero, como se suele decir en Islandia, nunca sabes cuanto puede durar el siguiente invierno.
Me llevó a un restaurante italiano. Sus movimientos eran ágiles y elegantes y olía a una mezcla de mar y eucalipto. Destilaba tanta entusiasmo que parecía un niño delante de una tienda de bicicletas. Sólo algunos pocos afortunados poseen ese halo juvenil durante toda su vida, una mirada sagaz pero blanca, una contagiosa y desarmante frescura. Einar era más joven que Joküll en todos los sentidos de la palabra.
Entre el entremés y el postre, le resumí el historial amoroso de mi vida, colocando a todos mis ex en fila sobre la mesa y derribándolos grissini a grissini. Su barba de tres días hizo el resto. Y, al llegar al café, con mi pasado temporalmente pulido, una postilla menos sobre la piel extremadamente fina y blanca, cerré los ojos. Cuando los abrí, reía. No recuerdo exactamente de qué. Siempre he tenido una memoria pésima para recordar anécdotas graciosas y únicamente recuerdo el efecto que me han causado. ¿Por qué nadie inventa una escala para medir la intensidad de la risa?. Debería parecerse a la de los terremotos. De esta forma, podríamos decir cosas como "tuve un ataque de 7,5" y todo el mundo sabría con precisión a qué nos referimos.
Sonaba Someone to watch over me de Ella Fitzgerald. De repente, tomó mi rostro entre sus manos y me clavó su mirada metálica. Por un momento pensé que cualquier cosa era posible. Le dije “ven” y lo llevé a mi casa. Nos desnudamos el uno al otro mientras fingíamos escucharnos. Tenía un cuerpo perfecto. Quise indicarle qué, cómo, cuánto y dónde, pero siempre se me adelantaba. Me pregunté, estúpidamente, si sería posible implantar mapas erógenos en los cerebros humanos. Agotamos el sofá, la cama y la mesa de la cocina, hasta que la vieja cafetera del vecino de arriba marcó nuestro último cigarrillo. Mis pensamientos escapaban bajo las sabanas de los rayos del sol. Estallaron las persianas y se acurrucó a mi lado, subrayándome, abrazado a mis senos doloridos. Formamos un improvisado 44. ¿Necesitaba ese número? Me di la vuelta y observe su mirada embelesada un segundo antes de acariciar el lóbulo de su oreja izquierda. Entonces lo encontré. Accioné tres veces el diminuto botón en forma de zigzag y Einar comenzó a encoger vertiginosamente hasta caber en la palma de mi mano. El número se había dividió entre once. Milagros de la nanotecnología.
Lo guardé en el cajón de la mesilla sin estar muy segura de qué hacer con él. Lo más probable es que nunca más volviera a utilizarlo. Seguidamente, me acosté sobre las sábanas revueltas, justo en el hueco en el que un momento antes habían descansado sus pies. Mi cabeza colgaba hacia atrás y la sangre se amontonó súbitamente en ella, como los tripulantes de un naufragio. ¿Dónde estaban las violetas?. Sentí como si me hubieran inyectado en su lugar una dosis masiva de aire. Recordé a Jökull, nuestras peleas y mi costumbre de escudarme en su nombre*. Entonces noté como una lágrima caliente caía desde mi lagrimal derecho a mi frente y después al suelo.
* Jökull significa hielo en islandés.
26 mayo 2010
Un sobre azul

Dos preguntas, a cual más inquietante, rondaban mi cabeza: “¿quién será esta vez?” y “¿me quedará algún salvoconducto?”. Llamamos salvoconductos a los sobres rojos. En caso de recibir un sobre azul, la única esperanza de salir indemne es entregar otro sobre de un color casi sangre. Por lo tanto, lo primordial en estos casos es tener siempre como mínimo un salvoconducto de resguardo en casa.
El cajón inferior de mi mesilla me confirmó que mi repentino ataque de angustia estaba injustificado: ¡había un sobre rojo!. Por lo tanto, liberado de la parte más peligrosa del intercambio, ahora sólo quedaba saber quién era ella... ¿o tal vez se trataba de un él?.
Según la citación, se llamaba Lynn Page y había notificado la ruptura hacía dos días. ¿Quién sería esa tal Lynn? ¿Dónde nos habríamos conocido?
Recostado en el sillón, mi mente empezó a escanear los últimos meses de mi vida. Me esforzaba en conectar rostros, sensaciones y camas. Y sólo una posibilidad acudió a mi mente: una amiga de Vanessa, extremadamente tímida, con la que había coincidido en algunas fiestas. Sabía que le gustaba porque nunca me quitaba los ojos de encima. Recordaba que su nombre era Lynn, porque la noche que intenté ligármela, la emoción de la conquista sumada a unas cuantas copas de más, me llevaron a hacer rimas estúpidas con su nombre y acabé bautizándola Linda. Sin embargo, su rostro se me seguía resistiendo. Sólo recordaba vagamente un cuerpo pálido en contraste con unas sábanas negras, un tatuaje de un kanji en la cadera y un sabor a regaliz.
*
Estos procedimientos suelen ser muy rápidos. A veces, la persona que ha sufrido la ruptura elige no comparecer y el sobre debe ser entregado a un intermediario. Hoy ha sido una de esas veces, pero en lugar de alivio, no he podido evitar sentir cierta desilusión. Por algún extraño motivo, no quería darme por vencido: tenía que verla. Así que esperé en el pasillo de la sala de psicoanestesia, disimulando mi curiosidad tras una de mis novelas favoritas. Calculé que su proceso debía haberse iniciado a la misma hora que mi entrega, por lo tanto, el tiempo del borrado debía estar a punto de tocar a su fin.
Una puerta se abrió y una mujer joven salió de ella. Debía rondar los treinta. Sencillez y extravagancia parecían conciliarse en su falta de maquillaje, su pelo recogido en una coleta y una llamativa gabardina amarilla. Mientras la observaba dirigirse al ascensor y antes de darme cuenta, se me escapó un grito: ¡Lynn! Se giró para mirarme. No había ningún atisbo de reconocimiento en su mirada. Me resultó extraño, porque el borrado elimina los sentimientos, pero no el recuerdo.
- ¿No sabes quien soy?- insistí.
- ¿Y por qué habría de saberlo?
Su franqueza me cayó como un mazazo, pero intenté disimularlo.
- ¿Eres Lynn Page, no?
- No, soy Kim Anderson. ¿Por?
- Te había confundido con otra...
- Ahh, entiendo. Has recibido un sobre azul de una tal Lynn y querías comprobar quien era.
- Algo así, sí...
- Siento desilusionarte. Aunque, bien pensado, ¿tantos corazones rompes que ni siquiera los recuerdas?
Me acerqué un poco más a ella. Tenía los ojos verdes y la piel dorada. Era preciosa.
- Bueno, en mi defensa, tengo que decir que fue uno de esos efectos colaterales de una borrachera – la frase sonaba mejor en mi cabeza y ella debió opinar lo mismo.
- Ahhh, ya....
- ¿Y tú por qué estás aquí?- insistí.
- Me enamoré de la persona equivocada.
- ¿Y te hizo daño, no?
- No, en realidad, se lo he hecho yo a él. Ha sido mi sobre rojo el entregado- me mostró tímidamente su carta azul- Me he sometido al proceso de psicoanestesia, porque no quiero seguir sintiéndome.. bueno, como me sentía...
- Siempre he creído que los demandantes suelen llevarse la peor parte.
- Las cosas son mas complicadas que eso- apostilló contundente- para mi, todo el proceso de enamoramiento ha sido como una enfermedad. Solo sentía ansiedad, inquietud, insomnio, nauseas... nada de esa ligereza y felicidad incontenible de la que se habla en las películas. Creo que él se quedó con la parte buena del enamoramiento y yo padecí la mala.
- No me creo que durante ese tiempo no sintieras mariposas- sonreí. Mi mode ya estaba puesto en “flirteo descarado”, aún antes de ser consciente de ello.
- Más que mariposas revoloteando en mi estómago, yo sentía un nido de buitres hambrientos. Me volví... exigente. No, aquella obsesión enfermiza y co-dependiente no era Amor...
Era mi oportunidad. Aún estaba triste y vulnerable, pero no por mucho tiempo.
- ¿Te apetece tomar un café... o un chocolate? ¿cualquier cosa dulce que compense el mal trago? ¡Vamos, te invito!
- Eres muy amable, pero no, gracias.
- Entiendo.. ¿en otro momento, tal vez?
Su rostro parecía una máscara y yo me preguntaba si sería únicamente la psicoanestesia lo que lo privaba de emoción.
- Me temo que también voy a tener que decir no. Lo siento.
- Hagamos una cosa. Acabo de terminar esta novela. Te la regalo. Voy a escribir mi numero de teléfono en ella y si durante su lectura llega a emocionarte o a tocarte de alguna manera, me llamas para darme las gracias, OK?- escribí el numero en el índice asombrado de mi propia rapidez, y coloqué el libro delicadamente en sus manos, como si fuera un animal herido.
- Aceptaré el regalo, pero dudo mucho que te llame.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Por que aún no se me han pasado los efectos de la anestesia.
Con el eco de sus palabras aún en el aire, se dio la vuelta bruscamente y se fue. La contemple caminar hacia el ascensor y después seguí sus pasos a través de la ventana. La lluvia la había obligado a abrir el paraguas y caminaba con el libro abierto estratégicamente por el índice. Ya no debía quedar ni un sólo dígito descifrable...
01 marzo 2010
El ladrón de piezas

Desde el comienzo, la psicóloga del centro atribuyó estos pequeños hurtos a un caso claro de personalidad pasivo-agresiva. Según ella, resultaba evidente que alguno de los internos, frustrado pero incapaz de verbalizar su rabia, se dedicaba a sabotear la principal forma de diversión de la mayoría de sus compañeros en un claro intento de “mal de muchos, consuelo de todos”.
Aceptada esta hipótesis por mayoría casi absoluta, y ante las furibundas protestas de los ancianos, se llevaron a cabo inspecciones sorpresa en todas las habitaciones, pero los únicos objetos del delito que encontraron, fueron 20 revistas porno, tres tabletas de chocolate y un tanga de Hello Kitty.
Todo apuntaba, entonces, a que el ladrón se iba deshaciendo de las piezas, probablemente, de una en una, a medida que las iba robando.
La última noche de visitas, casi tres horas después del “toque de queda”, el señor Martin, el último anciano ingresado en el centro, se levanta de su cama con todo el sigilo que le permiten su reuma y sus manos artríticas, y de la parte exterior del tercer cajón de su mesilla, pegada con cinta adhesiva, extrae una bolsa arrugada de papel marrón. Ayudado por su bastón, camina hacia el comodín, deposita en el la bolsa y observa de refilón su marchito reflejo en el espejo. A continuación, saca del armario la pequeña maleta negra que un desconocido le traería horas antes, y al abrirla, cuidadosamente envueltos entre sus camisas, aparecen los cuatro rectángulos perfectos de un puzzle de La Place de l'Europe, temps de pluie. El anciano, une torpemente las cuatro partes encoladas y observa esperanzado el inoportuno hueco de la pechera de la figura principal.
Sobre el comodín, liberadas de su bolsa, le retan ya desafiantes alrededor de cien piezas blancas. Con paciencia de relojero y un creciente cosquilleo en las yemas de los dedos, el señor Martin comienza la labor de tratar de encajarlas una por una.
Veinte minutos más tarde, la última de las piezas reposa expectante sobre la palma de su mano izquierda. Decidido a acabar con su angustia, el anciano coloca la pieza sobre el hueco del puzzle como quien lanza una bengala, pero no encaja. Desesperado, la gira en todas sus combinaciones y prueba a encajarla varias veces más sin éxito. Tratando de reprimir el llanto, en un ataque de furia, coge su bastón y golpea la pieza contra el puzzle una y otra vez, hasta que los gritos del enfermero de guardia le sacan de su ensimismamiento.
- ¡Señor Martin, pare, por favor, está despertando a toda la residencia! ¿Se puede saber que rayos le pasa?
El anciano, observa las piezas repartidas por el suelo, como extrañas flores de formas caprichosas y comprende que “su secreto” ha salido a la luz. Tras señalar el puzzle, coloca la mano derecha sobre su pecho y mirando fijamente a los ojos del enfermero, confiesa:
- Había un hueco...
Dedicado a I, por todo lo que ella sabe :)
07 febrero 2010
Way to blue

El primer mensaje es de su madre. Le recuerda que hace más de dos meses que no se pasa por “su casa”. R., sentado en su sillón favorito, sonríe con sorna tratando de recordar cuando fue la última vez que consideró como suyo su antiguo hogar.
En un nuevo mensaje, un tal P.D. le comunica a un tal F.N. que en una semana va a celebrarse la cena anual de antiguos niños cantores. Tres mensajes más tarde, con un creciente tono de irritación, impaciencia e incredulidad, el mismo P.D. repite casi literalmente las mismas frases rogando contestación. R. ríe maliciosamente tratando de imaginar la cara de pardillo del tal P.D. al descubrir su equivocación. Sin embargo, no puede evitar preguntarse si F. N. acudiría finalmente a esa cena y si su ausencia provocaría algún desperfecto en, por ejemplo, el Ave Maria de Schubert, el Oh, nuit de Rameau o el Bohemian Rhapsody de Queen.
Un sexto pitido le indica que alguien más espera su turno. No obstante, esta vez su sonrisa se transforma instantáneamente en una extraña mueca a lo cartoon. Es la tristeza de la voz de su ex novia y no sus palabras lo que lo turba. Tras un par de apresuradas frases, pronuncia la palabra café como quien extiende un pañuelo en la parte final de un truco de magia.
Tras su inconfundible pitido, la voz mecánica del contestador insta a borrar o guardar el mensaje, pero las manos temblorosas de R., en un gesto apresurado, sólo aciertan a dejar la cerveza sobre la mesa con un sonoro golpe.
En aquellos casi cinco años no le había dedicado muchos pensamientos. Su proceso de “desenamoramiento” había sido gradual y nada traumático. Sólo al escuchar ciertas canciones o leer algunos fragmentos, su presencia parecía emerger ocasionalmente de algún punto del apartamento. Sin embargo, ahora se sorprendía a si mismo recordando vivamente las cosas que antes creía haber olvidado, como si al rascar ligeramente la desconchada pintura de una pared, hubiera descubierto un mural intacto.
Su nuca era siempre lo primero que se tostaba en verano y a menudo le gustaba caminar tras ella, sólo para poder observarla. Tenía la ingenua costumbre de espiarlo mientras se afeitaba, como si aquel tedioso ritual diario fuera para ella la confirmación de la conquista del último reducto masculino. R. fingía siempre no percatarse de aquel acuerdo tácito de voyeurismo o invasión consentida de la privacidad. ¿Por qué diablos había fingido tanto tiempo?.
Más detalles rescatados. E. confundía sin inmutarse los nombres de los músicos, proclamando, por ejemplo, a “Jeff Drake” y “Nick Buckley” como algunos de sus cantantes favoritos y, de tanto en tanto proclamaba, en un forzado alarde de liberalidad sexual, los apodos con los que solía bautizar las partes del cuerpo de tod@s sus amantes. Sus morbosos ejemplos, nunca lo admitiría, solían incomodarlo y excitarlo al mismo tiempo.
Pero en algún punto de aquella rocambolesca espiral de recuerdos, a R. le sobrevino la urgencia de escuchar Way to blue. “¿Realmente la sigo queriendo?” se preguntaba turbado. Pero mientras localizaba Five Leaves Left entre sus vinilos, cayó en la cuenta de que, en realidad, no era ella, ni su colección de idiosincrasias, o su particular dislexia musical lo que echaba de menos, sino otra urgencia mucho más primaria y simple con la que no había contado. A lo largo de los últimos años, algo lo había reducido en la forma opuesta a como lo haría un jíbaro. La soledad ocupaba tanto espacio en su cabeza, que inconscientemente, había abandonado la idea de volver ser la primera opción en la vida de otro alguien. “El cine de madrugada, el asiento de al lado, el traje del sábado”. R. piensa que esa necesidad es un vergonzoso y pueril vestigio del egocentrismo infantil al que, tarde o temprano, todos nos enfrentamos, y sonríe, con una mezcla de orgullo y amargura, al pensar en la cantidad de direcciones contrarias y clavos ardientes a los que un ser humano es capaz de aferrarse con tal de no sentir ese desolador “destronamiento”.
Por lo tanto, ¿qué podía hacer con la chica de la nuca tostada? ¿Cómo encajarla dentro de su nueva vida de “emociones jíbaras”?
Tras las primeras notas, justo en el momento en el que Nick Drake canta Have you never heard a way to find the sun, R., en un rápido gesto, pulsa el uno, borrando el mensaje de la memoria.
"La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. [...] Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. [...] He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir".
Marguerite Duras
23 enero 2010
La restauradora de relojes

Al contrario de lo que pueda parecer, la tarea de reaccionar máquinas del tiempo, no es un cursi y esnob eufemismo de relojero. No hay nada técnico en lo que hago. Yo no fabrico ni reconstruyo materiales o piezas. Únicamente me dedico a revivir relojes que por algún motivo inexplicable desde el punto de vista mecánico, han dejado de moverse.
Siempre digo que puedes medir la felicidad de los habitantes de una casa por la cantidad y el tipo de relojes que contiene. En los “nidos calientes”, como yo los llamo, suele haber pocos instrumentos de medición del tiempo y casi siempre son modernos. Los “nidos húmedos”, por otro lado, poseen muchas más máquinas antiguas que modernas y éstas suelen estar distribuidas estratégicamente por toda la vivienda.
Casi nadie sabe que cuando conviven muchos relojes distintos en una casa, son como plantas robándose el aire entre sí en medio de la noche. Sus sonidos se ahogan, el aire se espesa y el tiempo se estanca.
Pasar en un mismo día, de un nido caliente a uno húmedo, me hace experimentar algo parecido a lo que deben sufrir los astronautas cuando viajan desde la luna a la tierra.
Generalmente, los relojes no suelen dar grandes problemas. Sólo algún que otro enfado o arrebato temperamental. Sin embargo, en ocasiones, simplemente deciden marcharse.
Hace tiempo, una mujer recién divorciada y su hijo adolescente, experimentaron con varios "métodos caseros" en su reloj de cocina antes de recurrir a mi ayuda. Para cuando llegué, le habían masajeado y estirado el muelle de contacto, lucía la mejor pila del mercado y ambos lo habían introducido por turnos bajo su jersey para que entrara en calor, como si de la cría de un marsupial se tratase.
Sin embargo, yo supe instantáneamente que aquel pequeño reloj blanco había desaparecido algunas lunas atrás, y que aquello no era más que un caso claro de Síndrome de vínculo fantasma. Algunos experimentan hacía sus relojes algo parecido a lo que sienten las personas a las que se les ha amputado un miembro. Aquella mujer y su hijo, creían haber visto movimiento en las manecillas de la máquina acompañadas de su característico tic tac, cuando, en realidad, el aparato llevaba vacío semanas.
En otra ocasión, conocí a una anciana con un extraño síndrome de Ulises relojil que guardaba en su casa todos los relojes que había poseído. Muchos llevaban parados años, algunos incluso décadas. Todas las habitaciones de la casa, incluido el baño, contenían, como mínimo, dos máquinas del tiempo.
Me costó más de dos horas recorrer toda la vivienda, pero finalmente di con el origen del problema: el reloj de cuco. Estos preciosos relojes suelen ser más temperamentales que el resto. Los cucos, perezosos por naturaleza, suelen invadir nidos ajenos para colocar sus huevos. De esta forma, cuando los polluelos nacen, son criados por otras especies. Pero lo más dramático de todo, es que los padres adoptivos suelen favorecer a sus inusualmente grandes y exigentes retoños y muchos de sus polluelos biológicos acaban muriendo de inanición.
En la casa de aquella anciana, había ocurrido exactamente lo mismo: el cuco había ocupado y aniquilado todos y cada uno de los relojes y mi tarea era que volviera a su hogar original.
Cuando salí de nuevo a la calle, además de una repentina tormenta de nieve, me sorprendió el hecho de que lo que yo había vivido como tres horas, sólo habían sido en realidad diez minutos.
Pero paradójicamente, el caso más difícil (e inquietante) que he tenido hasta la fecha, ha sido y es el de mi propio reloj de pulsera. En ocasiones, las manecillas parecen intercambiarse mágicamente, de tal forma que la aguja horaria recorre la esfera doce veces más deprisa que la aguja del minutero, en una extraña hiperactividad paradójica.
Sólo hace tres años que lo poseo, pero obviamente, las presiones y exigencias de mi trabajo, lo han desgastado prematuramente. Sin embargo, no me preocupa en exceso. Aún no ha llegado la hora de su partida y conseguiré hacerlo entrar en razón antes de que sea demasiado tarde. Al fin y al cabo, a eso es a lo que me dedico: soy restauradora del tiempo.
Dedicado a N y S, cuyos desesperados intentos por revivir un viejo reloj de cocina, me inspiraron esta historia :)
Si queréis conocer los proverbios, refranes y expresiones que cambiarán el mundo, pasad por http://vforvegetarian.blogspot.com/
20 noviembre 2009
Espaldas como muros

¿Dónde estaba yo cuando cayó el muro de Berlín? Mi memoria histórica registra los acontecimientos en fotogramas, nunca en secuencias. Los fotogramas se transforman en cadenas sinestésicas y, de repente, una canción en la radio o un tarro de mermelada, me trasladan a Berlín. Casualmente, muchos de mis caminos partieron de allí, porque ese 9 de noviembre, a 4000 km de distancia, también cayó mi muro.
¿Han odio hablar de esas grandes cantidades de excedentes de las plantaciones que se pudren y nadie aprovecha? Así había sido mi vida amorosa: una enorme cosecha desperdiciada. Y todo porque quince años atras me habían roto el corazón.
Durante todo ese tiempo, más que vacío, me sentía anestesiado. Casi podía observar mi vida y todo lo que formaba parte de ella a cámara lenta y con subtítulos, como si fuera una maldita película muda.
Cuando le conocí, yo era un matemático de mediana edad y él tan sólo un universitario. Bajé mis defensas, porque todo parecía tan predeterminado como una buena canción pop corta. Por mucho que quieras estirarla, incluso aunque la escuches varias veces seguidas, resulta agridulce porque no puedes evitar su precipitado final. Pero alguien pulsó la techa de pause y comencé a redimensionar mi vida, a recolocarla a través de todo lo que él me lanzaba, como los radares y los murciélagos. De repente, todo eran ecos de su cuerpo, su ropa, su nombre, su maleabilidad. Fue como vivir una segunda adolescencia. Sentía una acuciante y dolorosa mezcla de deseo y ternura, de ganas de arrancarle la ropa y acunarlo al mismo tiempo; y tuve que atarme la lengua y los brazos, como si yo mismo me hubiera colocado una camisa de fuerza.
Pronto comenzó la furia. Tenía el ansia de un quinceañero y la carga de la frustración de mis 40 años. De repente, era otro Eduardo con tijeras en lugar de manos que se muere por tocar, así que comencé a pegar, a veces indiscriminadamente. Provocaba a tipos indeseables o me iba a locales en los que antes no habría entrado ni muerto, y llegaba a casa amoratado y cubierto de sangre. Prefería sentir la resaca de ese otro dolor por la mañana siguiente. Dos culpas distintas buscan diferentes castigos y a veces se anulan la una a la otra. Sin embargo, por primera vez en muchos años, no me sentía anestesiado, al contrario. Me encontraba tan hiperactivo que no podía dormir, sólo quería gritar. Gritar, golpear y follar. Me aparecía una buena combinación.
Ese 9 de noviembre tenía el cuerpo tan machacado que mis dos únicas posibles opciones eran urgencias o emborracharme. Cara o cruz. Desde un pub en el que solía espiarle, lancé una moneda al aire y antes de poder comprobar mi destino, note un muro de calidez contra mi espalda y un par de brazos cruzando mi pecho. Instantaneamente, mi cuerpo se relajó y mutó, cambió de forma como si de repente hubiera pasado de sólido a líquido. En ese instante, cayeron al suelo todas mis defensas como pequeñas matrioskas y las vi romperse, una a una. Recordé muchos, demasiados años de exilio de las yemas de los dedos, de alfileres imantadas, de desmembración, y mis ojos se llenaron de lágrimas. “¿Por qué has tardado tanto?” le dije o me dije. No me respondió. Se había cerrado la navaja de Ockham. Finalmente, podía volver a tocar y ser tocado, transversalmente, como se toca la raíz o la música. Y a partir de ahí, fotogramas...
21 junio 2009
La possibilité de trois coeurs

Abstraída en estas cavilaciones, R se cepilla la melena frente al espejo azul del baño y descubre una lágrima en su mejilla. Se la enjuga entre la fascinación y el terror. ¿Será posible acaso...? Los recuerdos se agolpan en su mente. Había clasificado a aquel sujeto de estudio como “inofensivo”, pero la respuesta registrada por sus aparatos había sido la más alta en tres años. Aparentemente, no había nada en él que pudiera sugerir semejante reacción de apego. ¿Amor? Desolada y con el medidor aún sobre el pecho, R sabe que su experimento ha acabado. Ahora no le interesa detectar y protegerse de las personas “altamente queribles”, sino el riesgo. ¿Qué ocurriría si existiese algún tipo de garantía o de colchón emocional? Los pulpos, por ejemplo, tienen tres corazones. Si uno de ellos se dañara, los otros dos seguirían latiendo. Enlazando ideas en su mente, R perfila su siguiente experimento: ¿si los seres humanos tuviéramos tres corazones como los pulpos, seguiríamos huyendo del autentico contacto? ¿escaparíamos con tanta insistencia del amor?







