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12 febrero 2018
Khaleesi (Winter is going away)
Preciosa
Khaleesita,
temperamental
leona,
bailarina
del color,
eterna
juguetona,
me
miras desde la templada profundidad de tus ojillos azules,
que
son como dos botoncitos que te hubiera cosido el agua,
y
sé que comprendes,
que
recibes,
mi
ternura espinada,
mis
distancias de roca,
y
la rígida capa de musgo que me hiberna.
Tal
vez por eso,
solo
desciendes de tu trono de hierro,
para
que nos desroblemos
ambas.
*
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25 enero 2018
2017: Balance
Me
da rabia de cristales rotos,
de
jugo de granadas pisoteadas,
pero
tú
y
tu sonrisa de supernova,
desanudando
mi timidez en una onda expansiva.
Tú
torpeza,
tú
cachorro,
tú
espiral…
Tú
recibiéndome
como un arco
(o
un deshielo
o
una utopía)
has
sido mi única felicidad de diamante.
*
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The man with soft hands
01 enero 2018
Petricor *
¿Sabes
qué es lo que más recuerdo de ti?
Aquella
tarde llegaste a casa empapado. Sonó el timbre y abrí la puerta, extrañada, mientras caía en la cuenta
de que tus llaves y tu paraguas descansaban juntos y abandonados sobre la misma
silla. No tuve tiempo de abroncarte, una vez más, por tu mala memoria. Te
sacudiste el pelo en un gesto perruno y estallé en risas. “¡Pero mira cómo vas!”. Tomándote de la mano, con mi terca
impaciencia habitual, te llevé al baño mientras enumerabas la familiar lista de
incompatibilidades de viajar en bicicleta bajo la lluvia. Una vez allí, te
quedaste quietecito, embelesado, como un niño obediente, mientras yo, reprimiendo
la risa y el deseo, casi maternalmente, te iba quitando la ropa. Después de
secarte, la toalla acabó impregnada de una irresistible mezcla de presagio de
rayos, tierra seca mojada, aire limpio y tu olor.
Ya
vestido, aún tenías el cabello mojado y revuelto. Sonreí. “Déjame
que te seque el pelo”. Nunca lo había hecho antes (solías ser tú quien,
ocasionalmente, me lo secaba a mí). Dos minutos y estallaste en carcajadas,
asegurando que el cable te hacía cosquillas en la cara. “¡Serás bobo!”. Te tiraste al suelo, sin parar de reír, y me
arrastraste en tu ataque de resistencia infantil. Desde la fría baldosa, el
secador, aún encendido, nos apuntaba como un arma implacable. Lo recogí y trepé
sobre ti, conquistando tus caderas. “¡Ríndete!”,
ordené mientras te apuntaba a la cara con un chorro “lava volcánica”. “¡Jamás!” gritaste. Y me besaste, y
pocos minutos más tarde, volví a quitarte la ropa.
Después,
me resumiste el día con tu entusiasmo incombustible, sentado en lo que tu
llamabas “estilo japonés”, mientras sujetabas tu taza de Earl Grey con una mano
y una pierna medio flexionada con la otra. El verbo te resultaba insuficiente, necesitabas
hablar con todo tu cuerpo y yo adoraba escucharte, observar la apasionada
expresividad de unas manos que siempre parecían tener vida propia. Solías hacer
el esfuerzo de expresarte en mi lengua materna porque yo era una nulidad con
los idiomas. En ocasiones, al atascarte gramaticalmente o no recordar una
palabra, apretabas delicadamente los dedos de una mano contra los labios. Un
gesto infantil a medio camino entre la vergüenza y la impaciencia que me derretía.
Y nunca supe por quién sentir más envidia: si por tus manos o por tu boca.
Es
curioso que ahora, muchas lunas después del final, a pesar de todos los pesares
(y pasares), el recuerdo del olor de tu piel mojada aquella tarde sigue
eclipsando al rencor, a la ira, a la amargura, al desamor, al tiempo…
*
El sustantivo petricor, (del
griego petros “piedra” e ikhôr, “componente etéreo”), significa aquel “olor que
acompaña a la primera lluvia después de un período de sequía”. Es “el olor que
desprende la lluvia al caer en suelo seco”.
*
23 junio 2017
Verano
Me
agota buscarte en los cuerpos de otros hombres, en los rostros que desfilan como
hormigas con un propósito específico y ajeno, y en las miradas desafiladas que
se sacuden fácilmente. Me agotan las horas como montañas de papel arrugado, la
estrategia del pájaro invasor en el andén y la condescendencia envenenada del
hilo musical. Me agota la presencia ondulante del mar y la sensualidad del
musgo. Me agota el mantra bajo tu ropa y el olor a tierra seca mojada. Me agota
la luz, tan despierta, como de planeta recién estrenado. Me agota el tórrido
mango de la tetera y el té de las tardes. Me agota el dócil largo de mi falda. Me
agota tu ausencia caníbal. Verano malditísimo, me agota la paciencia.
*
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01 abril 2017
Nunca te había visto sonreír
Y allí estaba yo, en alguna elipse
externa a mi “comfort zone”, luchando para que los latidos de mi corazón no se
superpusieran al hilo musical y el verbo no fuera un amigo que te traiciona por
la espalda. Mi sola presencia era un mensaje. Llevaba escrita una declaración
de amor en la frente y en cuanto tú la leyeras ya no habría vuelta atrás, al
refugio de la segura y familiar zona 0, donde la vida no pasa. Entonces me
miraste con ojos titilantes y una sonrisa de felicidad se dibujó en tu rostro,
arrastrándonos a ambos, inexorablemente, como una ola de mar. Y desde allí
fuiste estrenando, desgranando, engarzando nuevas sonrisas, y yo las fui
lanzando al espacio, una tras otra, sobre los bordes de aquella otra elipse,
para que me fueran guiando, como baldosas amarillas, hacia mi nueva casa.
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14 febrero 2017
Hasiera-Amaiera (14/02/2017)
Si
no te vuelvo a ver
si
la espiga se retuerce como una caracola
y
se desprende,
si
aquel penacho de tierra se llena de flores u ortigas,
y
los latidos olvidan su vocación,
que la piel no olvide que,
por
un instante eléctrico
(leve
como un pájaro o una eclosión estelar),
se
tatuó nuestros nombres.12 junio 2015
Espacio
Querido
diario,
Ya
no dormimos juntas. Como viene siendo habitual, la decisión fue mía. A pesar de
que siempre he sido una conquistadora, no puedo evitar que su enorme cuerpo lo
invada todo, que todo en ella, hasta su respiración, me asfixie. Quiere que la
convierta en el eje de mi existencia, en el centro de un minúsculo y despoblado
sistema solar, tal es su ansia de afecto y su egolatría. En todo lo referente a mi, carece de la noción de espacio personal. Cuando estamos juntas, es
como si ni siquiera el aire pudiera separarnos. Su amor es como un maldito recipiente
de envasado al vacío. Mentiría si dijera que ya no la quiero (muchas veces a mi
pesar), pero en mi vida nunca ha habido (e intuyo que nunca habrá) nadie más
con quien poder compararla. A veces intento recuperar parcelas de individualidad
irritándola o enfadándola a posta, pero parece que ni mis manías o hábitos más
insoportables (como estrenar sus cosas antes de que lo haga ella o arrancar, distraída
y ladinamente, trozos de sus adoradas plantas) puedan mantenerla alejada
demasiado tiempo. Su rostro se tiñe de un "rojo tomate" antiestético y su voz adquiere un tono ultrasónico sólo
apto para algunos oídos privilegiados, pero al poco tiempo me busca y casi
puedo ver alejándose, a mucha distancia, las feas nubes del rencor. ¿Acaso no
existe un sano punto medio entre el desapego y la adoración? Por mucho que yo
recorte y limite, ella encuentra y trenza nuevos y desconocidos lazos. ¿Llegará
otra (u otro) a su vida para que yo pueda vivir una tregua o estamos condenadas
a convertirnos en un ente siamés? Lo cierto es que yo no puedo ser siamesa, ni por principios ni en
ninguna de sus acepciones. En mi cartilla dice, humildemente, “gata común”.
*
30 octubre 2014
20 segundos
Me
miraste fijamente, durante 20, 25, 30 segundos. Toda una vida ralentizada, patas
arriba, vadeando entre los escombros. Lo hiciste con curiosidad ceñuda, con
agresiva naturalidad, imperativo, transversal, como si perteneciera a un
elemento discordante de un paisaje que habías memorizado. Y durante esos 20
segundos de sirena varada, me robaste la dignidad, el perfume, la
inconsciencia, las domesticadas capas de la cordura, el pesado caparazón de frustrada
mariposa… y te marchaste. Sobre mi asiento, sin una gota de sangre, sobró mi
piel.
*
26 junio 2014
La posibilidad de ti
El
contrahechizo de la dispersión de la arena
La
envergadura de un águila cuando le estrena un traje el viento
El coro de
una sirena
Las
mayúsculas en los puentes
Las minúsculas
en los fruncidos
La metálica
muerte del eco de las latas
Un sombrero
como escudo contra el viento
Un violín
afinado
Una bandeja
Una
golondrina reorientada.
*
20 diciembre 2013
Cappellini
Cuando era niño mis
profesores de lengua solían utilizar mi apellido como ejemplo de dobles
consonantes, mientras que los de latín lo escogían por su curiosa etimología. Siguiendo
el pérfido ejemplo, mis compañeros de clase, por su parte, solían dibujarme con
un sombrero de mafioso, con un champiñón o con un glande. Odiaba Cappellini hasta
tal punto que incluso fantaseaba con intercambiarlo algún día por Lanotte, mi
apellido materno.
Sin embargo, tú siempre me llamaste por mi apellido, nunca por mi nombre. “Cappellini, Capellini” pronunciabas (o más bien reafirmabas), de forma insinuante, juguetona o tierna con tu suave acento napolitano; y para mí era como si Luca, el nombre tras el que me había escudado toda la vida, de repente, se denigrase y convirtiese en un ridículo mote infantil, o en un alias injusto y caprichoso escogido al azar por absolutos desconocidos. No. Tú decías “Cappellini”, ese apellido insultantemente común, desgastado y anodino, al que me ligaban algunos de mis peores y más crueles recuerdos infantiles, y me rebautizabas, me redefinías, me resumías, como el más exacto, inspirado y categórico de los índices.
*
30 noviembre 2013
Cinco minutos
Cinco minutos
en el
trastero de los sueños,
sobre el
margen
de un
cuaderno lleno de historias
ajenas.
Cinco minutos
viajando de
tus ojos
verde promesa
a tus labios
sin saber
dónde querría
anegarme
primero
(o enfundarme,
o estallar).
Cinco minutos
prestados
robados
arañados
desterrados
de una orilla amarilla,
hambrientos.
Cinco minutos
como un
anillo
que se abre y
se cierra
para volver a
abrirse y recordar
su infinitud
maldita.
Cinco minutos
contra la
desidia de los hombros vencidos
contra el
peso de la felicidad irredenta,
contra la sal
del silencio.
Cinco minutos
como
nervaduras de galaxias
embrionarias
antes de las
cosquillas.
Cinco minutos
como los que
se regatean al despertador
para
despabilarse aún con más hambre
de antorchas
y caricias.
Cinco minutos
para
guillotinar las yemas de la espera
únicamente
con las
letras de tu nombre.
Cinco minutos
para escalar
mi herida.
Cinco minutos
para renegar
de Ítaca.
*
08 noviembre 2012
Aviso a los viandantes
Noto como mi tristeza
poliniza los ascensores,
las aceras,
los bancos,
las vallas publicitarias
y las yemas de todos los
dedos
que alguna vez dijeron
adiós.
Si te cruzas con esta
mi encanecida,
impenitente
y omniestacional tristeza,
con voluntad de yunque
y vocación de arenas
movedizas,
hiberna, insensato, hiberna
… o hazme la noche.
*
26 mayo 2010
Un sobre azul

Cada vez que recibo un sobre cuadrado, sólo tengo un pensamiento en mente “¡que no sea azul!”. Lo malo de “las noticias azules”, es que por mucho miedo que les tengas, siempre llegan en el momento en el que dejas de esperarlas, justo cuando bajas la guardia y centras tu energía en cosas mucho más prosaicas e inmediatas. Pero hoy he mirado el correo y ahí estaba, impecable, elegante, ligeramente hinchado, casi a punto de apostillar condescendiente “te lo dije”.
Dos preguntas, a cual más inquietante, rondaban mi cabeza: “¿quién será esta vez?” y “¿me quedará algún salvoconducto?”. Llamamos salvoconductos a los sobres rojos. En caso de recibir un sobre azul, la única esperanza de salir indemne es entregar otro sobre de un color casi sangre. Por lo tanto, lo primordial en estos casos es tener siempre como mínimo un salvoconducto de resguardo en casa.
El cajón inferior de mi mesilla me confirmó que mi repentino ataque de angustia estaba injustificado: ¡había un sobre rojo!. Por lo tanto, liberado de la parte más peligrosa del intercambio, ahora sólo quedaba saber quién era ella... ¿o tal vez se trataba de un él?.
Según la citación, se llamaba Lynn Page y había notificado la ruptura hacía dos días. ¿Quién sería esa tal Lynn? ¿Dónde nos habríamos conocido?
Recostado en el sillón, mi mente empezó a escanear los últimos meses de mi vida. Me esforzaba en conectar rostros, sensaciones y camas. Y sólo una posibilidad acudió a mi mente: una amiga de Vanessa, extremadamente tímida, con la que había coincidido en algunas fiestas. Sabía que le gustaba porque nunca me quitaba los ojos de encima. Recordaba que su nombre era Lynn, porque la noche que intenté ligármela, la emoción de la conquista sumada a unas cuantas copas de más, me llevaron a hacer rimas estúpidas con su nombre y acabé bautizándola Linda. Sin embargo, su rostro se me seguía resistiendo. Sólo recordaba vagamente un cuerpo pálido en contraste con unas sábanas negras, un tatuaje de un kanji en la cadera y un sabor a regaliz.
*
Estos procedimientos suelen ser muy rápidos. A veces, la persona que ha sufrido la ruptura elige no comparecer y el sobre debe ser entregado a un intermediario. Hoy ha sido una de esas veces, pero en lugar de alivio, no he podido evitar sentir cierta desilusión. Por algún extraño motivo, no quería darme por vencido: tenía que verla. Así que esperé en el pasillo de la sala de psicoanestesia, disimulando mi curiosidad tras una de mis novelas favoritas. Calculé que su proceso debía haberse iniciado a la misma hora que mi entrega, por lo tanto, el tiempo del borrado debía estar a punto de tocar a su fin.
Una puerta se abrió y una mujer joven salió de ella. Debía rondar los treinta. Sencillez y extravagancia parecían conciliarse en su falta de maquillaje, su pelo recogido en una coleta y una llamativa gabardina amarilla. Mientras la observaba dirigirse al ascensor y antes de darme cuenta, se me escapó un grito: ¡Lynn! Se giró para mirarme. No había ningún atisbo de reconocimiento en su mirada. Me resultó extraño, porque el borrado elimina los sentimientos, pero no el recuerdo.
- ¿No sabes quien soy?- insistí.
- ¿Y por qué habría de saberlo?
Su franqueza me cayó como un mazazo, pero intenté disimularlo.
- ¿Eres Lynn Page, no?
- No, soy Kim Anderson. ¿Por?
- Te había confundido con otra...
- Ahh, entiendo. Has recibido un sobre azul de una tal Lynn y querías comprobar quien era.
- Algo así, sí...
- Siento desilusionarte. Aunque, bien pensado, ¿tantos corazones rompes que ni siquiera los recuerdas?
Me acerqué un poco más a ella. Tenía los ojos verdes y la piel dorada. Era preciosa.
- Bueno, en mi defensa, tengo que decir que fue uno de esos efectos colaterales de una borrachera – la frase sonaba mejor en mi cabeza y ella debió opinar lo mismo.
- Ahhh, ya....
- ¿Y tú por qué estás aquí?- insistí.
- Me enamoré de la persona equivocada.
- ¿Y te hizo daño, no?
- No, en realidad, se lo he hecho yo a él. Ha sido mi sobre rojo el entregado- me mostró tímidamente su carta azul- Me he sometido al proceso de psicoanestesia, porque no quiero seguir sintiéndome.. bueno, como me sentía...
- Siempre he creído que los demandantes suelen llevarse la peor parte.
- Las cosas son mas complicadas que eso- apostilló contundente- para mi, todo el proceso de enamoramiento ha sido como una enfermedad. Solo sentía ansiedad, inquietud, insomnio, nauseas... nada de esa ligereza y felicidad incontenible de la que se habla en las películas. Creo que él se quedó con la parte buena del enamoramiento y yo padecí la mala.
- No me creo que durante ese tiempo no sintieras mariposas- sonreí. Mi mode ya estaba puesto en “flirteo descarado”, aún antes de ser consciente de ello.
- Más que mariposas revoloteando en mi estómago, yo sentía un nido de buitres hambrientos. Me volví... exigente. No, aquella obsesión enfermiza y co-dependiente no era Amor...
Era mi oportunidad. Aún estaba triste y vulnerable, pero no por mucho tiempo.
- ¿Te apetece tomar un café... o un chocolate? ¿cualquier cosa dulce que compense el mal trago? ¡Vamos, te invito!
- Eres muy amable, pero no, gracias.
- Entiendo.. ¿en otro momento, tal vez?
Su rostro parecía una máscara y yo me preguntaba si sería únicamente la psicoanestesia lo que lo privaba de emoción.
- Me temo que también voy a tener que decir no. Lo siento.
- Hagamos una cosa. Acabo de terminar esta novela. Te la regalo. Voy a escribir mi numero de teléfono en ella y si durante su lectura llega a emocionarte o a tocarte de alguna manera, me llamas para darme las gracias, OK?- escribí el numero en el índice asombrado de mi propia rapidez, y coloqué el libro delicadamente en sus manos, como si fuera un animal herido.
- Aceptaré el regalo, pero dudo mucho que te llame.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Por que aún no se me han pasado los efectos de la anestesia.
Con el eco de sus palabras aún en el aire, se dio la vuelta bruscamente y se fue. La contemple caminar hacia el ascensor y después seguí sus pasos a través de la ventana. La lluvia la había obligado a abrir el paraguas y caminaba con el libro abierto estratégicamente por el índice. Ya no debía quedar ni un sólo dígito descifrable...
Dos preguntas, a cual más inquietante, rondaban mi cabeza: “¿quién será esta vez?” y “¿me quedará algún salvoconducto?”. Llamamos salvoconductos a los sobres rojos. En caso de recibir un sobre azul, la única esperanza de salir indemne es entregar otro sobre de un color casi sangre. Por lo tanto, lo primordial en estos casos es tener siempre como mínimo un salvoconducto de resguardo en casa.
El cajón inferior de mi mesilla me confirmó que mi repentino ataque de angustia estaba injustificado: ¡había un sobre rojo!. Por lo tanto, liberado de la parte más peligrosa del intercambio, ahora sólo quedaba saber quién era ella... ¿o tal vez se trataba de un él?.
Según la citación, se llamaba Lynn Page y había notificado la ruptura hacía dos días. ¿Quién sería esa tal Lynn? ¿Dónde nos habríamos conocido?
Recostado en el sillón, mi mente empezó a escanear los últimos meses de mi vida. Me esforzaba en conectar rostros, sensaciones y camas. Y sólo una posibilidad acudió a mi mente: una amiga de Vanessa, extremadamente tímida, con la que había coincidido en algunas fiestas. Sabía que le gustaba porque nunca me quitaba los ojos de encima. Recordaba que su nombre era Lynn, porque la noche que intenté ligármela, la emoción de la conquista sumada a unas cuantas copas de más, me llevaron a hacer rimas estúpidas con su nombre y acabé bautizándola Linda. Sin embargo, su rostro se me seguía resistiendo. Sólo recordaba vagamente un cuerpo pálido en contraste con unas sábanas negras, un tatuaje de un kanji en la cadera y un sabor a regaliz.
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Estos procedimientos suelen ser muy rápidos. A veces, la persona que ha sufrido la ruptura elige no comparecer y el sobre debe ser entregado a un intermediario. Hoy ha sido una de esas veces, pero en lugar de alivio, no he podido evitar sentir cierta desilusión. Por algún extraño motivo, no quería darme por vencido: tenía que verla. Así que esperé en el pasillo de la sala de psicoanestesia, disimulando mi curiosidad tras una de mis novelas favoritas. Calculé que su proceso debía haberse iniciado a la misma hora que mi entrega, por lo tanto, el tiempo del borrado debía estar a punto de tocar a su fin.
Una puerta se abrió y una mujer joven salió de ella. Debía rondar los treinta. Sencillez y extravagancia parecían conciliarse en su falta de maquillaje, su pelo recogido en una coleta y una llamativa gabardina amarilla. Mientras la observaba dirigirse al ascensor y antes de darme cuenta, se me escapó un grito: ¡Lynn! Se giró para mirarme. No había ningún atisbo de reconocimiento en su mirada. Me resultó extraño, porque el borrado elimina los sentimientos, pero no el recuerdo.
- ¿No sabes quien soy?- insistí.
- ¿Y por qué habría de saberlo?
Su franqueza me cayó como un mazazo, pero intenté disimularlo.
- ¿Eres Lynn Page, no?
- No, soy Kim Anderson. ¿Por?
- Te había confundido con otra...
- Ahh, entiendo. Has recibido un sobre azul de una tal Lynn y querías comprobar quien era.
- Algo así, sí...
- Siento desilusionarte. Aunque, bien pensado, ¿tantos corazones rompes que ni siquiera los recuerdas?
Me acerqué un poco más a ella. Tenía los ojos verdes y la piel dorada. Era preciosa.
- Bueno, en mi defensa, tengo que decir que fue uno de esos efectos colaterales de una borrachera – la frase sonaba mejor en mi cabeza y ella debió opinar lo mismo.
- Ahhh, ya....
- ¿Y tú por qué estás aquí?- insistí.
- Me enamoré de la persona equivocada.
- ¿Y te hizo daño, no?
- No, en realidad, se lo he hecho yo a él. Ha sido mi sobre rojo el entregado- me mostró tímidamente su carta azul- Me he sometido al proceso de psicoanestesia, porque no quiero seguir sintiéndome.. bueno, como me sentía...
- Siempre he creído que los demandantes suelen llevarse la peor parte.
- Las cosas son mas complicadas que eso- apostilló contundente- para mi, todo el proceso de enamoramiento ha sido como una enfermedad. Solo sentía ansiedad, inquietud, insomnio, nauseas... nada de esa ligereza y felicidad incontenible de la que se habla en las películas. Creo que él se quedó con la parte buena del enamoramiento y yo padecí la mala.
- No me creo que durante ese tiempo no sintieras mariposas- sonreí. Mi mode ya estaba puesto en “flirteo descarado”, aún antes de ser consciente de ello.
- Más que mariposas revoloteando en mi estómago, yo sentía un nido de buitres hambrientos. Me volví... exigente. No, aquella obsesión enfermiza y co-dependiente no era Amor...
Era mi oportunidad. Aún estaba triste y vulnerable, pero no por mucho tiempo.
- ¿Te apetece tomar un café... o un chocolate? ¿cualquier cosa dulce que compense el mal trago? ¡Vamos, te invito!
- Eres muy amable, pero no, gracias.
- Entiendo.. ¿en otro momento, tal vez?
Su rostro parecía una máscara y yo me preguntaba si sería únicamente la psicoanestesia lo que lo privaba de emoción.
- Me temo que también voy a tener que decir no. Lo siento.
- Hagamos una cosa. Acabo de terminar esta novela. Te la regalo. Voy a escribir mi numero de teléfono en ella y si durante su lectura llega a emocionarte o a tocarte de alguna manera, me llamas para darme las gracias, OK?- escribí el numero en el índice asombrado de mi propia rapidez, y coloqué el libro delicadamente en sus manos, como si fuera un animal herido.
- Aceptaré el regalo, pero dudo mucho que te llame.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Por que aún no se me han pasado los efectos de la anestesia.
Con el eco de sus palabras aún en el aire, se dio la vuelta bruscamente y se fue. La contemple caminar hacia el ascensor y después seguí sus pasos a través de la ventana. La lluvia la había obligado a abrir el paraguas y caminaba con el libro abierto estratégicamente por el índice. Ya no debía quedar ni un sólo dígito descifrable...
07 febrero 2010
Way to blue

R. llega a su apartamento tarde y sin prisa, como un moderno C.C.Baxter. Pero en lugar de alguno de sus jefes apurando unos minutos con una de sus amantes, esa noche sólo le espera cerveza fría, una vieja colección de vinilos y su contestador automático. Tiene la mala costumbre de escuchar sus mensajes únicamente el último día del mes. Todos sus familiares, compañeros y amigos saben que las urgencias y los cambios de última hora deben ser destinados al teléfono móvil del trabajo, y que cualquier cosa que no se incluya en una de esas dos categorías, puede esperar. Sin embargo, hoy es 31 de enero.
El primer mensaje es de su madre. Le recuerda que hace más de dos meses que no se pasa por “su casa”. R., sentado en su sillón favorito, sonríe con sorna tratando de recordar cuando fue la última vez que consideró como suyo su antiguo hogar.
En un nuevo mensaje, un tal P.D. le comunica a un tal F.N. que en una semana va a celebrarse la cena anual de antiguos niños cantores. Tres mensajes más tarde, con un creciente tono de irritación, impaciencia e incredulidad, el mismo P.D. repite casi literalmente las mismas frases rogando contestación. R. ríe maliciosamente tratando de imaginar la cara de pardillo del tal P.D. al descubrir su equivocación. Sin embargo, no puede evitar preguntarse si F. N. acudiría finalmente a esa cena y si su ausencia provocaría algún desperfecto en, por ejemplo, el Ave Maria de Schubert, el Oh, nuit de Rameau o el Bohemian Rhapsody de Queen.
Un sexto pitido le indica que alguien más espera su turno. No obstante, esta vez su sonrisa se transforma instantáneamente en una extraña mueca a lo cartoon. Es la tristeza de la voz de su ex novia y no sus palabras lo que lo turba. Tras un par de apresuradas frases, pronuncia la palabra café como quien extiende un pañuelo en la parte final de un truco de magia.
Tras su inconfundible pitido, la voz mecánica del contestador insta a borrar o guardar el mensaje, pero las manos temblorosas de R., en un gesto apresurado, sólo aciertan a dejar la cerveza sobre la mesa con un sonoro golpe.
En aquellos casi cinco años no le había dedicado muchos pensamientos. Su proceso de “desenamoramiento” había sido gradual y nada traumático. Sólo al escuchar ciertas canciones o leer algunos fragmentos, su presencia parecía emerger ocasionalmente de algún punto del apartamento. Sin embargo, ahora se sorprendía a si mismo recordando vivamente las cosas que antes creía haber olvidado, como si al rascar ligeramente la desconchada pintura de una pared, hubiera descubierto un mural intacto.
Su nuca era siempre lo primero que se tostaba en verano y a menudo le gustaba caminar tras ella, sólo para poder observarla. Tenía la ingenua costumbre de espiarlo mientras se afeitaba, como si aquel tedioso ritual diario fuera para ella la confirmación de la conquista del último reducto masculino. R. fingía siempre no percatarse de aquel acuerdo tácito de voyeurismo o invasión consentida de la privacidad. ¿Por qué diablos había fingido tanto tiempo?.
Más detalles rescatados. E. confundía sin inmutarse los nombres de los músicos, proclamando, por ejemplo, a “Jeff Drake” y “Nick Buckley” como algunos de sus cantantes favoritos y, de tanto en tanto proclamaba, en un forzado alarde de liberalidad sexual, los apodos con los que solía bautizar las partes del cuerpo de tod@s sus amantes. Sus morbosos ejemplos, nunca lo admitiría, solían incomodarlo y excitarlo al mismo tiempo.
Pero en algún punto de aquella rocambolesca espiral de recuerdos, a R. le sobrevino la urgencia de escuchar Way to blue. “¿Realmente la sigo queriendo?” se preguntaba turbado. Pero mientras localizaba Five Leaves Left entre sus vinilos, cayó en la cuenta de que, en realidad, no era ella, ni su colección de idiosincrasias, o su particular dislexia musical lo que echaba de menos, sino otra urgencia mucho más primaria y simple con la que no había contado. A lo largo de los últimos años, algo lo había reducido en la forma opuesta a como lo haría un jíbaro. La soledad ocupaba tanto espacio en su cabeza, que inconscientemente, había abandonado la idea de volver ser la primera opción en la vida de otro alguien. “El cine de madrugada, el asiento de al lado, el traje del sábado”. R. piensa que esa necesidad es un vergonzoso y pueril vestigio del egocentrismo infantil al que, tarde o temprano, todos nos enfrentamos, y sonríe, con una mezcla de orgullo y amargura, al pensar en la cantidad de direcciones contrarias y clavos ardientes a los que un ser humano es capaz de aferrarse con tal de no sentir ese desolador “destronamiento”.
Por lo tanto, ¿qué podía hacer con la chica de la nuca tostada? ¿Cómo encajarla dentro de su nueva vida de “emociones jíbaras”?
El primer mensaje es de su madre. Le recuerda que hace más de dos meses que no se pasa por “su casa”. R., sentado en su sillón favorito, sonríe con sorna tratando de recordar cuando fue la última vez que consideró como suyo su antiguo hogar.
En un nuevo mensaje, un tal P.D. le comunica a un tal F.N. que en una semana va a celebrarse la cena anual de antiguos niños cantores. Tres mensajes más tarde, con un creciente tono de irritación, impaciencia e incredulidad, el mismo P.D. repite casi literalmente las mismas frases rogando contestación. R. ríe maliciosamente tratando de imaginar la cara de pardillo del tal P.D. al descubrir su equivocación. Sin embargo, no puede evitar preguntarse si F. N. acudiría finalmente a esa cena y si su ausencia provocaría algún desperfecto en, por ejemplo, el Ave Maria de Schubert, el Oh, nuit de Rameau o el Bohemian Rhapsody de Queen.
Un sexto pitido le indica que alguien más espera su turno. No obstante, esta vez su sonrisa se transforma instantáneamente en una extraña mueca a lo cartoon. Es la tristeza de la voz de su ex novia y no sus palabras lo que lo turba. Tras un par de apresuradas frases, pronuncia la palabra café como quien extiende un pañuelo en la parte final de un truco de magia.
Tras su inconfundible pitido, la voz mecánica del contestador insta a borrar o guardar el mensaje, pero las manos temblorosas de R., en un gesto apresurado, sólo aciertan a dejar la cerveza sobre la mesa con un sonoro golpe.
En aquellos casi cinco años no le había dedicado muchos pensamientos. Su proceso de “desenamoramiento” había sido gradual y nada traumático. Sólo al escuchar ciertas canciones o leer algunos fragmentos, su presencia parecía emerger ocasionalmente de algún punto del apartamento. Sin embargo, ahora se sorprendía a si mismo recordando vivamente las cosas que antes creía haber olvidado, como si al rascar ligeramente la desconchada pintura de una pared, hubiera descubierto un mural intacto.
Su nuca era siempre lo primero que se tostaba en verano y a menudo le gustaba caminar tras ella, sólo para poder observarla. Tenía la ingenua costumbre de espiarlo mientras se afeitaba, como si aquel tedioso ritual diario fuera para ella la confirmación de la conquista del último reducto masculino. R. fingía siempre no percatarse de aquel acuerdo tácito de voyeurismo o invasión consentida de la privacidad. ¿Por qué diablos había fingido tanto tiempo?.
Más detalles rescatados. E. confundía sin inmutarse los nombres de los músicos, proclamando, por ejemplo, a “Jeff Drake” y “Nick Buckley” como algunos de sus cantantes favoritos y, de tanto en tanto proclamaba, en un forzado alarde de liberalidad sexual, los apodos con los que solía bautizar las partes del cuerpo de tod@s sus amantes. Sus morbosos ejemplos, nunca lo admitiría, solían incomodarlo y excitarlo al mismo tiempo.
Pero en algún punto de aquella rocambolesca espiral de recuerdos, a R. le sobrevino la urgencia de escuchar Way to blue. “¿Realmente la sigo queriendo?” se preguntaba turbado. Pero mientras localizaba Five Leaves Left entre sus vinilos, cayó en la cuenta de que, en realidad, no era ella, ni su colección de idiosincrasias, o su particular dislexia musical lo que echaba de menos, sino otra urgencia mucho más primaria y simple con la que no había contado. A lo largo de los últimos años, algo lo había reducido en la forma opuesta a como lo haría un jíbaro. La soledad ocupaba tanto espacio en su cabeza, que inconscientemente, había abandonado la idea de volver ser la primera opción en la vida de otro alguien. “El cine de madrugada, el asiento de al lado, el traje del sábado”. R. piensa que esa necesidad es un vergonzoso y pueril vestigio del egocentrismo infantil al que, tarde o temprano, todos nos enfrentamos, y sonríe, con una mezcla de orgullo y amargura, al pensar en la cantidad de direcciones contrarias y clavos ardientes a los que un ser humano es capaz de aferrarse con tal de no sentir ese desolador “destronamiento”.
Por lo tanto, ¿qué podía hacer con la chica de la nuca tostada? ¿Cómo encajarla dentro de su nueva vida de “emociones jíbaras”?
Tras las primeras notas, justo en el momento en el que Nick Drake canta Have you never heard a way to find the sun, R., en un rápido gesto, pulsa el uno, borrando el mensaje de la memoria.
"La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. [...] Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. [...] He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir".
Marguerite Duras
07 julio 2009
Va' dove ti porta il cuore (Donde el corazón te lleve)

"Habitualmente la desdicha sigue la línea femenina. Al igual que ciertas anomalías genéticas, va pasando de madre a hija. Al pasar, en vez de atenuarse, se va volviendo cada vez más inextirpable y profunda. En aquel entonces, para los hombres era muy diferente: tenían la profesión, la política, la guerra; su energía podía salir fuera, expandirse. Nosotras no. Nosotras, a lo largo de generaciones y generaciones, hemos frecuentado tan sólo el dormitorio, la cocina, el cuarto de baño; hemos llevado a cabo miles y miles de pasos, de gestos, llevando a cuestas el mismo rencor, la misma insatisfacción [...]
¿Te acuerdas cuando íbamos, la noche del 15 de agosto, a mirar los fuegos artificiales que disparaban desde el mar? Entre todos ellos había, de vez en cuando, alguno que aunque estallaba no lograba elevarse hacia el cielo. Pues cuando pienso en la vida de mi madre, en la de mi abuela, cuando pienso en muchas vidas de personas que conozco, en mi mente aparece justamente esa imagen: fuegos que implosionan en vez de ascender hacia lo alto”
¿Te acuerdas cuando íbamos, la noche del 15 de agosto, a mirar los fuegos artificiales que disparaban desde el mar? Entre todos ellos había, de vez en cuando, alguno que aunque estallaba no lograba elevarse hacia el cielo. Pues cuando pienso en la vida de mi madre, en la de mi abuela, cuando pienso en muchas vidas de personas que conozco, en mi mente aparece justamente esa imagen: fuegos que implosionan en vez de ascender hacia lo alto”
“La vida no es una carrera, sino un tiro al blanco, lo que importa no es el ahorro de tiempo, sino la capacidad de encontrar una diana”
Donde el corazón te lleve, Susanna Tamaro
*
“Nunca es demasiado tarde, o en mi caso, demasiado pronto, para ser quien quieras ser. No hay limite en el tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o no hacerlo. No hay normas al respecto. De todo podemos sacar una lectura positiva o negativa. Espero que tú saques la positiva. Espero que veas cosas que te sorprendan. Espero que sientas cosas que nunca hayas sentido. Espero que conozcas a personas con otro punto de vista. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgullosa. Y si ves que no es así, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo."
Carta de Benjamin a Caroline, El curioso caso de Benjamin Button
*
"Observa el camino muy atentamente. Ponlo a prueba el tiempo que sea necesario y luego formúlate la única pregunta que haría un viejo sabio. La pregunta que me hizo mi maestro cuando yo era joven y mi sangre demasiado impetuosa para poder comprenderla. Ahora te haré la misma pregunta: ¿ese camino tiene corazón? Si lo tiene, el camino es bueno. Si no, resulta absurdo emprenderlo".
Carlos Castaneda
[Ya he superado las 10000 visitas. Yuppy! ]
21 junio 2009
La possibilité de trois coeurs

R se despide de M para siempre mientras consulta impacientemente su reloj. Sólo ha tardado una hora y media. ¿Batirá su record personal? Tras apuntar el tiempo en su libreta, se dirige al laboratorio. El cielo encapotado y la creciente humedad del aire le indican que hay, aproximadamente, un 70% de posibilidades de tormenta. Ahora sólo queda esperar a que aparezcan los primeros síntomas. ¿Serán minutos, horas, días tal vez? Lejanos quedaron los tiempos en los que se le ocurrió la idea de su experimento. Si las cosas potencialmente adictivas o peligrosas llevaban una etiqueta identificativa, por qué no las personas “altamente queribles”? Su teoría era que si todos fuéramos advertidos de antemano sobre lo mucho (y lo rápido) que podíamos encariñarnos de otro ser humano, en muchas ocasiones, nos lo pensaríamos dos veces antes de dejarle “libre acceso”. Especialmente en el caso de los encuentros breves o con fecha de caducidad.
Abstraída en estas cavilaciones, R se cepilla la melena frente al espejo azul del baño y descubre una lágrima en su mejilla. Se la enjuga entre la fascinación y el terror. ¿Será posible acaso...? Los recuerdos se agolpan en su mente. Había clasificado a aquel sujeto de estudio como “inofensivo”, pero la respuesta registrada por sus aparatos había sido la más alta en tres años. Aparentemente, no había nada en él que pudiera sugerir semejante reacción de apego. ¿Amor? Desolada y con el medidor aún sobre el pecho, R sabe que su experimento ha acabado. Ahora no le interesa detectar y protegerse de las personas “altamente queribles”, sino el riesgo. ¿Qué ocurriría si existiese algún tipo de garantía o de colchón emocional? Los pulpos, por ejemplo, tienen tres corazones. Si uno de ellos se dañara, los otros dos seguirían latiendo. Enlazando ideas en su mente, R perfila su siguiente experimento: ¿si los seres humanos tuviéramos tres corazones como los pulpos, seguiríamos huyendo del autentico contacto? ¿escaparíamos con tanta insistencia del amor?
23 mayo 2009
Coffee Break

- Acabemos con esto de una vez
- ¿A qué te refieres?
- Ya lo sabes...
- No, no lo sé
- A tu cuelgue por mi
- Creo que te confundes...
- Tú me miras, a todas horas y desde todos los ángulos
- ¿No será que quien me mira eres tú?
- No te escapes vilmente por la tangente
- No lo hago. Pero creo que estas proyectando tus sentimientos
- ¿Yo no te gusto?
- No
- ¿Ni un poquito?
- Nada de nada, monada.
- ¿Entonces por qué me desnudas mentalmente cada vez que nos cruzamos?
- Porque eres una persona... visualmente muy apreciable
- Entonces sí te gusto
- No, no me gustas
- Acabas de insinuar que te pongo
- Sí, pero poner y gustar no es lo mismo. Yo a ti simplemente te utilizo
- ¿Me utilizas?
- Sí
- ¿Para qué?
- En mis fantasías
- Así que cuando tú...
- Cuando estoy con alguien que no me, digamos, excita lo suficiente, pienso en ti
- ....
- ¿Te molesta?
- ¿Qué abuses de mi en tu inconsciente o ser simplemente un objeto sexual?
- Ambas cosas
- Pues si, me molesta
- Pensaba que esta revelación halagaría tu ego masculino. ¿Acaso tú no has fantaseado nunca conmigo?
- Sí, pero...
- ¿Pero qué?
- No te entiendo
- ¿Qué es lo que hay que entender?
- Que te baste con eso
- ¿Acaso no te basta a ti?
- ... sí
- ¿Entonces?
- Estás colada por mi, ¡admítelo!
28 abril 2009
Diálogo entre creadores

- ¿Tú crees que es imposible crear sin dolor?
- No. Creo que es imposible crecer sin dolor
- ¿Y no es lo mismo?
- No. Se puede crecer sin crear, pero no se puede crear sin crecer
- Sin embargo, se dice que el dolor es la matriz o el útero de la creatividad...
- Puede que sólo la oscuridad tenga el poder para hacer que un hombre abra su corazón al mundo, pero no es la única fuente de la que se nutre. Artísticamente, el dolor te nace, pero no te hace
- Así que, en este mismo instante, tú y yo estamos aquí, de entre todos los lugares del mundo, porque hace tiempo nos marcaron de forma irreversible
- Sí
- Porque fuimos un poco o un mucho menos felices y sobrevivimos
- Exacto
- Entonces, toda herida tiene su lado positivo
- Desde luego
- ¿Si volvieras a nacer, pagarías el precio del talento?
- ¿Qué quieres decir?
- Si pudieras elegir entre una juventud “anodina” pero feliz y otra "potencialmente creadora" pero marcada, ¿cual escogerías?
- ...
25 marzo 2009
Jennifer save me

No consigo entender por qué, noche tras noche, acabo en su cama. Ya no puedo dormir solo. Siempre es ella a pesar de las otras. La busco con la urgencia e indefensión de un mendigo. Su espacio no es una batalla a ganar, sino más bien un puente, un lenguaje común, un templo simbiótico.
Entro en su habitación suavemente, sin apenas hacer ruido, buscando la aprobación en sus ojos húmedos. Ella tiene ojos de agua de noche. Su piel huele más intensamente justo antes de dormir. Tiene un brillo de promesa, de determinación, como una flecha disparada por una mano misteriosa. Y en algún punto del arco de la fatiga al rocío, me acoge. La acojo. Nos acunamos cuando el día comienza a despertar, perezosos del natural ritmo de las horas. Siempre es tarde. Se ha agotado ya la arena de sus zapatos cuando el día intercambia unas urgencias por otras. Me levanto de la cama con delicadeza de sombra mientras ella susurra palabras en un idioma inventado, y la observo sólo una vez más antes de despedirme para siempre...
Narradores insólitos I: el gato Andy. ¿O qué esperabais? ;)
Entro en su habitación suavemente, sin apenas hacer ruido, buscando la aprobación en sus ojos húmedos. Ella tiene ojos de agua de noche. Su piel huele más intensamente justo antes de dormir. Tiene un brillo de promesa, de determinación, como una flecha disparada por una mano misteriosa. Y en algún punto del arco de la fatiga al rocío, me acoge. La acojo. Nos acunamos cuando el día comienza a despertar, perezosos del natural ritmo de las horas. Siempre es tarde. Se ha agotado ya la arena de sus zapatos cuando el día intercambia unas urgencias por otras. Me levanto de la cama con delicadeza de sombra mientras ella susurra palabras en un idioma inventado, y la observo sólo una vez más antes de despedirme para siempre...
Narradores insólitos I: el gato Andy. ¿O qué esperabais? ;)
17 marzo 2009
De insomnios y duermevelas

La furia se disfraza de tristeza
Vienen como la sal del verano
ejércitos de caos contra los hierros
Sus espadas tienen las puntas blancas
Tiran los dados mientras clavan
¿misterios?
Y al sol se le agotan las ruinas
y explota
Y se encienden los caballos en los prados
Hay Gernikas a diario cuando el cuenco ruge
se persiguen eternamente redondos
mordiendo labios...
Pero la primavera estalla en todas las bocas
Tal vez no tenga valor para presentirte
y las hebras de tu pelo
se hayan enredado en otros tejados
rabiosas
un tornado me ha tomado por los pies
tantas veces
que ya no se donde acaba mi circunferencia
y dónde empieza Kansas
Pero giro
irremediable y caprichosamente, giro
Hay un llanto de avispas que me llama
Tiemblan los tréboles
desde una orilla tan lejana
que todo es domingo
Pero la primavera estalla en todas las bocas
Busco tu boca como busco mi nombre
Latencia desenredada, polvo de sombras
... y la amnesia me sacude como un preludio...
... y casi te toco...
... y vuelvo a dormirme
Aullando de hambre
y de rabia...
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