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02 octubre 2013

Desde la acogedora oscuridad del cine




Estás sentado en la acogedora oscuridad de la sala de cine, a pocos metros de mí, indiferente a todo lo que no sea tu propia película. Tan lejos, tan cerca, formando parte de este amasijo de habitadas islas rígidas en forma de butacas. No puedo tocarte y sé que sólo dispongo de 90 minutos para crear, de la nada, una historia de amor; para intercalar, subrepticiamente, una trama alternativa en el guión de tu vida con la esperanza de que ésta ocurra algún día en un universo paralelo.
Diseño el arco de tu sonrisa, de tu espalda y de todo tu repertorio de abrazos. Me entrego a las matemáticas: la cantidad de maneras en las que podría morderte el labio inferior; la diversidad de rutas trazables sobre tus (nuestros) lunares; los metros que cada noche podríamos robarle a las nubes a base de mordiscos;  el número de adjetivos y verbos que derrocharíamos o nunca utilizaríamos; la cifra exacta de cicatrices y tabúes que podríamos limarnos o arrancarnos mutuamente, como si se tratasen de la sentenciada piel muerta de un reptil.     

Debo encontrar, en algún rincón de mi mente, un documento de audio, una especie de CD con el track de tu voz sexy y ronca cuando despiertas por las mañanas; del musical tono único en el que pronuncias mi nombre; de tu preciada colección doble de gemidos y susurros; del tono airado de barítono que adoptas cuando te enojas (y del sibilino y venenoso cuando acusas y reprochas); de tu risa cristalina proyectada como una cascada por tu cuerpo; de la ilusión infantil e insobornable que lanzas al universo como canicas de luz cuando te enamoras de las cosas.
Sé que caminaría descalza y sin mapa por las ruinas de tu infancia y por la inexplorada y rabiosa selva que crece y avanza, implacable, desde entonces; tapiaría tu cueva para que nadie pudiera escuchar tus gritos de angustia y de dolor; remodelaría tu ombligo para que el eco del silencio no resonara en él; escribiría kanjis sobre tu piel para ayudarte a ahuyentar a los fantasmas que has heredado; te envolvería en mantas de piel, saliva y alma cuando hace frío; besaría tus largas y agotadas manos de pianista todas las noches antes de dormir…
 
De repente observo que te agitas, tal vez inquieto o aburrido, en tu butaca, y me arrastras al aquí y ahora brevemente, pero yo aún tengo que diseñar cuidadosamente una vida, media vida, un tercio de vida, o tal vez un día a tu lado. Debo hacerlo de la forma lo más minuciosa, eficaz y rápida posible, porque en unos minutos se encenderán las luces, te levantarás de tu butaca y desaparecerás de mi vida para siempre. 
 
*
 

26 mayo 2010

Un sobre azul



Cada vez que recibo un sobre cuadrado, sólo tengo un pensamiento en mente “¡que no sea azul!”. Lo malo de “las noticias azules”, es que por mucho miedo que les tengas, siempre llegan en el momento en el que dejas de esperarlas, justo cuando bajas la guardia y centras tu energía en cosas mucho más prosaicas e inmediatas. Pero hoy he mirado el correo y ahí estaba, impecable, elegante, ligeramente hinchado, casi a punto de apostillar condescendiente “te lo dije”.

Dos preguntas, a cual más inquietante, rondaban mi cabeza: “¿quién será esta vez?” y “¿me quedará algún salvoconducto?”. Llamamos salvoconductos a los sobres rojos. En caso de recibir un sobre azul, la única esperanza de salir indemne es entregar otro sobre de un color casi sangre. Por lo tanto, lo primordial en estos casos es tener siempre como mínimo un salvoconducto de resguardo en casa.
El cajón inferior de mi mesilla me confirmó que mi repentino ataque de angustia estaba injustificado: ¡había un sobre rojo!. Por lo tanto, liberado de la parte más peligrosa del intercambio, ahora sólo quedaba saber quién era ella... ¿o tal vez se trataba de un él?.

Según la citación, se llamaba Lynn Page y había notificado la ruptura hacía dos días. ¿Quién sería esa tal Lynn? ¿Dónde nos habríamos conocido?
Recostado en el sillón, mi mente empezó a escanear los últimos meses de mi vida. Me esforzaba en conectar rostros, sensaciones y camas. Y sólo una posibilidad acudió a mi mente: una amiga de Vanessa, extremadamente tímida, con la que había coincidido en algunas fiestas. Sabía que le gustaba porque nunca me quitaba los ojos de encima. Recordaba que su nombre era Lynn, porque la noche que intenté ligármela, la emoción de la conquista sumada a unas cuantas copas de más, me llevaron a hacer rimas estúpidas con su nombre y acabé bautizándola Linda. Sin embargo, su rostro se me seguía resistiendo. Sólo recordaba vagamente un cuerpo pálido en contraste con unas sábanas negras, un tatuaje de un kanji en la cadera y un sabor a regaliz.

*

Estos procedimientos suelen ser muy rápidos. A veces, la persona que ha sufrido la ruptura elige no comparecer y el sobre debe ser entregado a un intermediario. Hoy ha sido una de esas veces, pero en lugar de alivio, no he podido evitar sentir cierta desilusión. Por algún extraño motivo, no quería darme por vencido: tenía que verla. Así que esperé en el pasillo de la sala de psicoanestesia, disimulando mi curiosidad tras una de mis novelas favoritas. Calculé que su proceso debía haberse iniciado a la misma hora que mi entrega, por lo tanto, el tiempo del borrado debía estar a punto de tocar a su fin.
Una puerta se abrió y una mujer joven salió de ella. Debía rondar los treinta. Sencillez y extravagancia parecían conciliarse en su falta de maquillaje, su pelo recogido en una coleta y una llamativa gabardina amarilla. Mientras la observaba dirigirse al ascensor y antes de darme cuenta, se me escapó un grito: ¡Lynn! Se giró para mirarme. No había ningún atisbo de reconocimiento en su mirada. Me resultó extraño, porque el borrado elimina los sentimientos, pero no el recuerdo.

- ¿No sabes quien soy?- insistí.
- ¿Y por qué habría de saberlo?

Su franqueza me cayó como un mazazo, pero intenté disimularlo.

- ¿Eres Lynn Page, no?
- No, soy Kim Anderson. ¿Por?
- Te había confundido con otra...
- Ahh, entiendo. Has recibido un sobre azul de una tal Lynn y querías comprobar quien era.
- Algo así, sí...
- Siento desilusionarte. Aunque, bien pensado, ¿tantos corazones rompes que ni siquiera los recuerdas?

Me acerqué un poco más a ella. Tenía los ojos verdes y la piel dorada. Era preciosa.

- Bueno, en mi defensa, tengo que decir que fue uno de esos efectos colaterales de una borrachera – la frase sonaba mejor en mi cabeza y ella debió opinar lo mismo.
- Ahhh, ya....
- ¿Y tú por qué estás aquí?- insistí.
- Me enamoré de la persona equivocada.
- ¿Y te hizo daño, no?
- No, en realidad, se lo he hecho yo a él. Ha sido mi sobre rojo el entregado- me mostró tímidamente su carta azul- Me he sometido al proceso de psicoanestesia, porque no quiero seguir sintiéndome.. bueno, como me sentía...
- Siempre he creído que los demandantes suelen llevarse la peor parte.
- Las cosas son mas complicadas que eso- apostilló contundente- para mi, todo el proceso de enamoramiento ha sido como una enfermedad. Solo sentía ansiedad, inquietud, insomnio, nauseas... nada de esa ligereza y felicidad incontenible de la que se habla en las películas. Creo que él se quedó con la parte buena del enamoramiento y yo padecí la mala.
- No me creo que durante ese tiempo no sintieras mariposas- sonreí. Mi mode ya estaba puesto en “flirteo descarado”, aún antes de ser consciente de ello.
- Más que mariposas revoloteando en mi estómago, yo sentía un nido de buitres hambrientos. Me volví... exigente. No, aquella obsesión enfermiza y co-dependiente no era Amor...

Era mi oportunidad. Aún estaba triste y vulnerable, pero no por mucho tiempo.

- ¿Te apetece tomar un café... o un chocolate? ¿cualquier cosa dulce que compense el mal trago? ¡Vamos, te invito!
- Eres muy amable, pero no, gracias.
- Entiendo.. ¿en otro momento, tal vez?

Su rostro parecía una máscara y yo me preguntaba si sería únicamente la psicoanestesia lo que lo privaba de emoción.

- Me temo que también voy a tener que decir no. Lo siento.
- Hagamos una cosa. Acabo de terminar esta novela. Te la regalo. Voy a escribir mi numero de teléfono en ella y si durante su lectura llega a emocionarte o a tocarte de alguna manera, me llamas para darme las gracias, OK?- escribí el numero en el índice asombrado de mi propia rapidez, y coloqué el libro delicadamente en sus manos, como si fuera un animal herido.
- Aceptaré el regalo, pero dudo mucho que te llame.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Por que aún no se me han pasado los efectos de la anestesia.

Con el eco de sus palabras aún en el aire, se dio la vuelta bruscamente y se fue. La contemple caminar hacia el ascensor y después seguí sus pasos a través de la ventana. La lluvia la había obligado a abrir el paraguas y caminaba con el libro abierto estratégicamente por el índice. Ya no debía quedar ni un sólo dígito descifrable...

23 enero 2010

La restauradora de relojes



Me llamo Alex Norton. Tengo 29 años, 6 meses y 9 días y soy restauradora de relojes.
Al contrario de lo que pueda parecer, la tarea de reaccionar máquinas del tiempo, no es un cursi y esnob eufemismo de relojero. No hay nada técnico en lo que hago. Yo no fabrico ni reconstruyo materiales o piezas. Únicamente me dedico a revivir relojes que por algún motivo inexplicable desde el punto de vista mecánico, han dejado de moverse.

Siempre digo que puedes medir la felicidad de los habitantes de una casa por la cantidad y el tipo de relojes que contiene. En los “nidos calientes”, como yo los llamo, suele haber pocos instrumentos de medición del tiempo y casi siempre son modernos. Los “nidos húmedos”, por otro lado, poseen muchas más máquinas antiguas que modernas y éstas suelen estar distribuidas estratégicamente por toda la vivienda.
Casi nadie sabe que cuando conviven muchos relojes distintos en una casa, son como plantas robándose el aire entre sí en medio de la noche. Sus sonidos se ahogan, el aire se espesa y el tiempo se estanca.
Pasar en un mismo día, de un nido caliente a uno húmedo, me hace experimentar algo parecido a lo que deben sufrir los astronautas cuando viajan desde la luna a la tierra.

Generalmente, los relojes no suelen dar grandes problemas. Sólo algún que otro enfado o arrebato temperamental. Sin embargo, en ocasiones, simplemente deciden marcharse.
Hace tiempo, una mujer recién divorciada y su hijo adolescente, experimentaron con varios "métodos caseros" en su reloj de cocina antes de recurrir a mi ayuda. Para cuando llegué, le habían masajeado y estirado el muelle de contacto, lucía la mejor pila del mercado y ambos lo habían introducido por turnos bajo su jersey para que entrara en calor, como si de la cría de un marsupial se tratase.
Sin embargo, yo supe instantáneamente que aquel pequeño reloj blanco había desaparecido algunas lunas atrás, y que aquello no era más que un caso claro de Síndrome de vínculo fantasma. Algunos experimentan hacía sus relojes algo parecido a lo que sienten las personas a las que se les ha amputado un miembro. Aquella mujer y su hijo, creían haber visto movimiento en las manecillas de la máquina acompañadas de su característico tic tac, cuando, en realidad, el aparato llevaba vacío semanas.

En otra ocasión, conocí a una anciana con un extraño síndrome de Ulises relojil que guardaba en su casa todos los relojes que había poseído. Muchos llevaban parados años, algunos incluso décadas. Todas las habitaciones de la casa, incluido el baño, contenían, como mínimo, dos máquinas del tiempo.
Me costó más de dos horas recorrer toda la vivienda, pero finalmente di con el origen del problema: el reloj de cuco. Estos preciosos relojes suelen ser más temperamentales que el resto. Los cucos, perezosos por naturaleza, suelen invadir nidos ajenos para colocar sus huevos. De esta forma, cuando los polluelos nacen, son criados por otras especies. Pero lo más dramático de todo, es que los padres adoptivos suelen favorecer a sus inusualmente grandes y exigentes retoños y muchos de sus polluelos biológicos acaban muriendo de inanición.
En la casa de aquella anciana, había ocurrido exactamente lo mismo: el cuco había ocupado y aniquilado todos y cada uno de los relojes y mi tarea era que volviera a su hogar original.
Tras convencer a la dueña de que ya no había esperanza para el resto de sus reliquias, preparé tortitas y las coloqué en un plato sobre la cavidad que originalmente ocupaba el ave (si hay algo a lo que ningún cuco puede resistirse, es a las tortitas con chocolate). Poco después, para mi sorpresa, el animalillo regresó dócilmente a su nido.
Cuando salí de nuevo a la calle, además de una repentina tormenta de nieve, me sorprendió el hecho de que lo que yo había vivido como tres horas, sólo habían sido en realidad diez minutos.

Pero paradójicamente, el caso más difícil (e inquietante) que he tenido hasta la fecha, ha sido y es el de mi propio reloj de pulsera. En ocasiones, las manecillas parecen intercambiarse mágicamente, de tal forma que la aguja horaria recorre la esfera doce veces más deprisa que la aguja del minutero, en una extraña hiperactividad paradójica.
Durante el día, trato de no hacerle caso, su ritmo me despista y me marea, así que dependo únicamente de máquinas ajenas.
Sólo hace tres años que lo poseo, pero obviamente, las presiones y exigencias de mi trabajo, lo han desgastado prematuramente. Sin embargo, no me preocupa en exceso. Aún no ha llegado la hora de su partida y conseguiré hacerlo entrar en razón antes de que sea demasiado tarde. Al fin y al cabo, a eso es a lo que me dedico: soy restauradora del tiempo.




Dedicado a N y S, cuyos desesperados intentos por revivir un viejo reloj de cocina, me inspiraron esta historia :)


Si queréis conocer los proverbios, refranes y expresiones que cambiarán el mundo, pasad por
http://vforvegetarian.blogspot.com/

24 diciembre 2009

Las tres figuras




En compensación por el olvido de su décimo cumpleaños, el tío favorito de Charlotte le prometió un regalo aún más especial de los que la tenía acostumbrada. Él sabía que sus gustos refinados y su particular y alternativo modo de vida ejercían una mala influencia sobre la niña. Era culpa suya que a Charlotte le fascinaran las antigüedades, la geología y los objetos extraños, lujos que quedaban fuera del alcance de sus padres. Sin embargo, en una vieja calle de Viena, acababa de descubrir el local perfecto y el regalo perfecto para su sobrina y, una vez más, no pudo resistirse.

Nada más abrir la puerta, Charlotte descubrió que la tienda era aún más deslumbrante de como la había imaginado. Pesadas y sobrias estanterías de nogal contenían una ecléctica y singular colección de caleidoscopios, snowglobes, joyeros y cajas de música. Pero ante su curiosidad analítica, eran los tableros de ajedrez o de damas delicadamente tallados, los que competían en fascinación con telescopios, brújulas, relojes de arena y extraños objetos sin identificar.

El dependiente, que para sorpresa y decepción de Charlotte, en lugar de un venerable anciano era un joven veinteañero, les sonrió cómplice desde el otro lado del mostrador.

- Tu debes de ser Charlotte
- Sí - respondió ella tímidamente
- Me han hablado mucho de ti, ¿sabes? Creo que tengo algo que puede interesarte...

Segundos después de desaparecer tras una puerta, el joven depositó sobre el mostrador tres pequeñas cajas de cartón. A Charlotte se le hizo un nudo en la garganta. Su intuición infantil le indicaba que algo inusual e increíblemente mágico se escondía en aquellas cajas. Con primor y cierta ceremoniosidad, el dependiente extrajo, uno a uno, el contenido de las tres cajas. Charlotte tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrar los tres tesoros que había ante ella y salir corriendo de la tienda. Pero en su lugar, la futura científica que habitaba en ella, tomó el mando:

- ¡Que maravilla! ¿De qué son?
- Este pequeño elefante que tienes delante ha sido tallado con un nuevo mineral extraído de un lago volcánico en Geysir, Islandia. Su particularidad, además de su belleza inquietantemente azul, es que siempre permanece caliente
- ¡Wow, es precioso! ¿Y esta de aquí, qué es?
- Esta... bueno, es una de las piezas más especiales de nuestra colección, ¿sabes? No es posible encontrarla en ningún otro lugar del mundo. ¿Tú que ves, Charlotte?
- Un colibrí
- Yo veo un phoenix. ¿Y tu tío?
- Un aguila- aclaró este sonriente
- ¿Y cómo es eso posible?- inquirió la niña
- Porque está hecha con un 50% de materiales reales y un 50% con, digamos, material “fantastico”...
- ¿Y el material real hace que...?
- Todos sean la ave de nuestra elección, sí

Reservando lo mejor para el final, como era habitual en ella, Charlotte no pudo evitar preguntar por el tercer tesoro.

- Voy a confesarte una cosa, jovencita. Esta es mi favorita. También es la preferida de tu tío y el motivo de que tú estés aquí
- Es maravillosa.... ¿De qué está hecha?
- Bueno, no puedo decírtelo con seguridad. Aunque sospecho que sólo el único o los únicos que lo saben con certeza son sus fabricantes. Lo que ves, está 100% fabricado con materiales irreales, por así decirlo
- ¿Me la puedo quedar?
- Sabía que te encantaría- sonrió complacido su tío- si la quieres, tuya es, aunque antes debes decirme qué has visto
- Una sirena
- ¡Estupendo!- repondió éste mientras extraía su cartera

Un mes más tarde, una sofocada y acelerada Charlotte, irrumpía precipitadamente en la misma tienda. La prisa de la carrera había desprendido varios mechones de su coleta, mientras que sus largos calcetines escolares se encontraban a la altura de los tobillos. Antes de poder quitarse la mochila, fue sorprendida por el dependiente

- ¡Que sorpresa, jovencita!. No esperaba verte tan pronto por aquí. ¿Acaso tienes algún cumpleaños o...
- Quiero devolver la figura
- ¿Qué?- el chico dio un paso atrás, como si la niña hubiera extraído un arma repentinamente
- Ya no la quiero- afirmó tajante
- ¿Prefieres el pájaro ahora?
- No. Quiero el elefante
- ¿Puedo preguntar por qué?- inquirió anonadado el joven
- Siempre pongo en mi mesilla mi juguete preferido o mi último descubrimiento. A veces es una nueva piedra, otras un libro...
- ¿Y?
- Cuando tengo pesadillas, me despierto y lo acaricio, entonces me siento mejor
- Creo que sigo sin entenderte...
- Yo... necesito algo real antes de dormirme por las noches




Dedicado a
tod@s los que como Charlotte o la Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo, ante la disyuntiva de realidad o ficción, se han visto obligados a elegir lo primero. Merry Christmas.

03 noviembre 2009

Introyección



Además del cabello negro, los ojos grises y una marcada tendencia al “dramatismo siciliano”, los Rygalski han heredado durante generaciones un extraño y desconcertante rasgo: en los momentos más cruciales y significativos de su vida, un malévolo hombrecillo de ojos saltones y traje verde musgo aparece, surgido de la nada, dictándoles instrucciones o revelándoles supuesta información básica sobre ellos mismos.

Nadie sabe el origen o la causa de tan extraordinario hecho. Cuando Jan Rygalski cruzó el Atlántico desde su Polonia natal en 1925, el “duende terrible”, como él lo llamaba, ya había destrozado el matrimonio de sus padres, causado una embolia a su hermano mayor y llevado a su remilgado tío abuelo al alcoholismo. Pero no fue hasta la primavera de 1956, cuando el secreto familiar salió públicamente a la luz. Tom Rygalski, hijo de Jan, sufrió un inesperado ataque de pánico en una proyección de La invasión de los ladrones de cuerpos. Testigos presenciales aseguran que el joven se levantó histérico de su asiento en una escena clave del film y se dirigió a la pantalla con los puños levantados gritando: "¡sabía que eras un alien, maldito enano cabrón!"

A partir de ese momento, los tests psicológicos, los experimentos farmacológicos y los exámenes neurológicos se convirtieron en una rutina habitual para cualquier miembro de la familia Rygalski. No hubo terapia experimental o nuevo medicamento cuyos efectos secundarios no sufrieran. Sin embargo, tras 50 infructuosos años de tortura al más puro estilo conejillo de indias, la medicina y la psicología tiraron finalmente la toalla y el caso Rygalski acabó enterrado bajo la etiqueta más vergonzosa de todas: origen idiopático.

A pesar de la mil veces asegurada confidencialidad de médicos y psicólogos, su particular historial médico trascendió a circuitos menos privados y los Rygalski alcanzaron cierta merecida fama de pirados en Providence, su ciudad de adopción. Miles, hijo menor de Henry, y conductor de autobús, confirmaba la rumorología popular aterrorizando ocasionalmente a buena parte de sus viajeros. Era un secreto a voces que tenía por costumbre hablar sólo y que cedía temerariamente el volante a un supuesto ser invisible que, en una ocasión, incluso, le instó a robarle el paraguas a una vieja artrítica.

Con semejantes antecedentes, James o Jim, el menor del clan Rygalski, parecía predestinado a convertirse en un Renfield del siglo XXI. Las referencias a los manicomios, las camisas de fuerza y las invocaciones a su supuesto amo, fueron la cruz que el joven tuvo que sufrir desde su más tierna infancia. Sin embargo, en su corta e insólita vida, también hubo pequeños o grandes oasis. El lluvioso día que cumplió cinco años, el pequeño Jim tuvo un insight magico que marcaría su vida para siempre. Mientras caminaba bajo el paraguas agarrado de la mano su madre, se encontró frente a un músico callejero y, sin saber cómo ni porqué, sintió, al mismo tiempo, como el universo entero se replegaba y expandía arrastrándolo con el. Su intuición infantil supo entonces que había vuelto de un largo viaje y que, paradójicamente, no estaba en el mismo sitio. Escuchó gritar a su madre, instándole a volver junto a ella, pero el niño sólo podía contemplar extasiado sus pequeñas manos bajo la lluvia. Sentía como la humedad traspasaba su ropa hasta alcanzarle la piel, pero su emoción era tal que los músculos de su cuerpo se negaban a moverse.

Horas después de que los médicos de urgencias le diagnosticaran catatonia, James se despertó bruscamente, miró a su madre, y con ceremoniosidad adulta le dijo: “yo de mayor quiero ser músico”. En ese preciso instante, desde la esquina opuesta de la pequeña habitación de hospital, una espesa cortina de humo verde reveló a un hombre anormalmente bajito que fumaba en pipa y le miraba con una sonrisa entre irónica y cínica. Aquella fue su primera visita.

[C O N T I N U A R Á]

10 marzo 2009

El viajero epistolar



Abro los ojos y veo una estación infinita llena de gente. Todos visten de blanco aséptico, blanco hospital. Están inmóviles, pero extrañamente alerta, como improvisadas piezas de un tablero de ajedrez. En un bolsillo de su inmaculada indumentaria, justo sobre el corazón, llevan una carta.
De repente, algún lejano reloj da las doce y todos se ponen en movimiento simultáneamente. Caminan a distinto ritmo y en diferentes direcciones. Algunos se dirigen a un andén, otros simplemente esperan. Parecen no verse ni reconocerse entre sí, pero sus caras me son familiares, muchos incluso despiertan en mi una reacción emocional intensa. Intento llamarles, pero descubro con frustración que no conozco ninguno de sus nombres. Mi mente está vacía, no hay palabras, parece como si, inoportunamente, hubiera sido reseteada de todo contenido.

¿A dónde se dirigirán?

Algunos viajeros se cruzan en mi camino tan brevemente y tan deprisa, que me resulta imposible alcanzarlos. Otros, por el contrario, se mueven con una lentitud rayana en la exasperación. Afortunadamente, descubro a una mujer de mediana edad que parece caminar a mi ritmo. Decido seguirla y un sexto sentido me indica que esa elección no es por azar. Me acerco lo suficiente como para coger la carta de su bolsillo, pero no lo consigo. Está pegada de tal manera que parece una extensión indivisible del propio traje. Entonces, mi desconocida-conocida toma un tren y yo, sin pensarmelo dos veces, la acompaño. Nos sentamos en un vagón intermedio. El viaje comienza y la luz baila ante mis ojos. No consigo ver el paisaje, sólo sus cambios, como una película a 34 fotogramas por segundo. Y en algún punto indefinido entre el día y la noche, me da la carta. Contiene una frase. Siete palabras. Todo mi vocabulario.

Regreso a la estación, sigo a otra persona y otro círculo comienza. Esta vez el viaje es mucho más breve, pero la carta que me entrega con la misma solemnidad del viajero anterior, contiene un libro entero. Más palabras. Horas después, llego a la estación con el tiempo justo de memorizarla. Y una vez allí, tras un breve descanso, sigo a otro viajero y después a otro, en una espiral infinita.

A veces, el trayecto es tan largo, que me da tiempo a aprenderme las cartas al revés, pero otras, el tren regresa a la estación cuando apenas he comenzado a abrir el sobre.
Algunas cartas contienen palabras, otras frases, otras enciclopedias, e incluso hay algunas tan pesadas e inabarcables que no podrían ser leídas ni en cinco vidas.
De vez en cuando, para mi frustración, encuentro un papel en blanco. Aunque casi sin excepción, trenes después, su mensaje vuelve mi, como si un misterioso foco hubiera revelado de repente su tinta invisible.
En ocasiones me vuelvo a encontrar con viejos compañeros de viaje. Con algunos vuelvo a compartir de nuevo asiento, pero otros, simplemente, pasan de largo.

Sentada en el andén, en los escasos momentos en los que mi mente y mi cuerpo asimilan los vocablos y las distancias, observo con anhelo a todos esos “viajeros desconocidos e inalcanzables” que sólo pueden ser seguidos con los ojos, y me pregunto con triste resignación: ¿que misterio contendrán sus cartas?.
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