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24 abril 2018

372/El hueco entre los dos




“Si de verdad existe alguna clase de dios, no debe de estar en nosotros. Ni en ti ni en mí, sino quizás en un pequeño hueco entre los dos. Si existe alguna magia en este mundo debe estar en el intento de comprender a alguien al compartir algo. Lo sé, es casi imposible conseguirlo, pero, qué importa eso. En el intento debe de estar la respuesta”.

Before Sunrise, Richard Linklater


Hoy me he pintado las uñas de rojo, pero me han quedado fatal, así que, enrabietada, me he quitado la pintura con quitaesmalte. Hay pocas cosas más agresivas que arrancarse el esmalte rojo de uñas. Las manos se te quedan encarnadas y tumefactas, como si revelaran una parte violenta o secretamente avergonzada de ti. Y te he visto, de repente, justo ahí, en mis manos sanguinolentas. Curioso escondrijo el del desamor. 

Solía decirte que tenías cara de caleidoscopio porque me resultaba insólito y desquiciante que tu rostro se transformara tantísimo al pasar de una emoción a otra. Era imposible apre(h)enderte, siempre te escapabas como un actor entre las bambalinas de algún teatro secreto. De igual forma, poc@s podíamos reconocerte en las fotos. Sabía que eras tú porque había sido yo quien tomó tal o cual fotografía o porque daba la casualidad de que salías conmigo, pero solo tu madre fue capaz de convencerme de que aquel niño tímido con el cabello rubísimo-casi-platino eras tú. Podrías habérnosla jugado a tod@s, ¿sabes? Desaparecer como l@s enferm@s de ese trastorno de la personalidad que, de repente, olvidan su presente, escapan y rehacen su vida en otro lugar sin recordar nada de su yo anterior. Con el tiempo te has convertido en un ser terroríficamente discontinuo. Te incinerarán y la única prueba de tu existencia en la tierra, tu genuino yo bajo el sol, no resultará fiable.

Y si no hay ninguna prueba material para recordarte, ¿cómo se puede demostrar que has existido?

¿Recuerdas aquella trilogía que te hice ver un par de veces?¿la de Linklater? He pensado mucho en aquella definición en Before Sunrise que tanto me gustaba. Es la única definición de Dios en la que creo. También es, probablemente, una de las mejores definiciones de amor.

Nos lo había dicho también Spinoza. Tant@s otr@s. Antes. En el amor, el objeto de deseo no existe. O, en realidad, no es un objeto, sino un lugar. No nos enamoramos del otro, sino de la frontera de contacto, del hueco entre los dos.

Ahora sé que no eras tú, sino la “Viena” en la que habitaríamos. Nunca fue una voz o una mirada, sino la posibilidad de un sublenguaje que solo compartiríamos tú y yo.

Me llevaste desde mi amurallado neuroticismo hasta el aquí y ahora, la palpitante vida y el sol, pero me enamoré también, sin saberlo, de lo que yo aportaba al nosotros, aquello que tú habías atraído a la frontera como nadie: frescura, pasión, curiosidad, ternura, historias, música…

Sin embargo, el origen era el nudo infinito entre tu nombre y el mío, la suma de la palabra escritora y la palabra musa.

Pero ahora ese hueco ya no está. No existe. Nada nos preserva ni nos contiene. Ni siquiera somos dos líneas paralelas.

Acabo de eliminar todas nuestras fotografías. 372 archivos de mi memoria.

Y si no hay ninguna prueba material del nosotros, ¿cómo se puede demostrar que hemos existido?


*


09 abril 2018

Yo tenía una vecina pianista




Una noche, mientras daba mis primeros y torpes pasos en la cocina, moví una banqueta y, como consecuencia, la vecina del piso de abajo subió a nuestra casa hecha un basilisco. No pudo ser un gran estruendo, mi madre no lo hubiera tolerado, pero por alguna conjunción de factores que siempre desconoceremos, a aquella mujer, un pequeño ruido nocturno en el piso de arriba, allí y entonces, debió parecerle intolerable. Tal vez, incluso, llegara a insultarnos. No lo sé. No recuerdo nada. Simplemente fui un testigo no fiable en pleno estadio sensoriomotor. Lo que sí sé, es que mi madre nunca se lo perdonó. Desde ese momento, aquella casi desconocida pasó a llamarse, inapelablemente, “la bruja”.

Y se desató una guerra silenciosa entre ambas familias, una férrea y continúa lucha de poder y delimitación del espacio vitalo-vecinal en la que ni una de nuestras sabanas podía, siquiera, rozar su ventana en el patio en el que se tendía la ropa (so pena de acabar hecha trizas). Por lo tanto, crecí pensando que cualquier gesto de amabilidad o cívica cortesía hacia cualquiera de ellos, desde dar los buenos días a sujetar la puerta del ascensor, era un acto de traición imperdonable hacia mi propia familia. Los vecinos de abajo eran siempre el enemigo. Los otros.

Tal vez por algún tipo de venganza cósmica hacia mi primer y único “delito de contaminación acústica”, la bruja tenía una hija pianista dos o tres años mayor que yo. Aunque, para ser justas y precisas, habría que decir que no era pianista, sino que, más a menudo de lo que nos gustaría, aporreaba el piano. Debía ser (o yo me lo imaginaba de esta forma) un instrumento viejo, probablemente sin tapa, descascarillado, de teclas amarillas, vencido por algún lado. Alguna herencia o compra de segunda mano que nadie se molestó en cuidar. Un simple trasto-rinconera que ocupaba el menor espacio posible. Y él lo sabía. Por eso se quejaba amargamente a través de su llanto desafinado.

Y siempre ocurría igual. No había un horario fijo ni rutina que pudiera darnos la voz de alarma. Tampoco escalas ni calentamientos previos. Casi a cualquier hora del día, la pianista comenzaba a tocar de golpe siempre la misma pieza. Aquello era un maremagnun chirriante, un violento volcán de vibraciones para el que no había huecos bajo las mesas, ni espacios en los marcos de las puertas en los que protegerse. Y se equivocaba siempre, siempre, en las mismas notas. Nunca llegó a dominar la única pieza de su repertorio (¿Por qué nunca intentó tocar otra canción? ¿qué significado autobiográfico oculto contendría?). Con el paso del tiempo, llegué a conocer tan bien aquella melodía, que me autoconvencí de que yo  misma podría reproducir el tema sin fallos, nota por nota, en aquel piano moribundo.

Lo más triste es que no había entusiasmo, pasión, ni amor en aquellas unplugged sessions. Solo el obstinado sentido de la responsabilidad de una chica aplicada que abandonó sus estudios de música, y que, al mismo tiempo, quiso seguir amortizando incansablemente la inversión que, años atrás, hicieron sus padres. Casi contenía una tierna súplica que me conmovía, un “por favor, no perdáis la fe en mí”. Hay esperanza en la renuncia. Siempre.
Por mi parte, nunca supe que me molestaba más: si la invasiva y violenta sonoridad que lo anulaba todo o la traición a la delicadeza, al buen gusto, al oído, a la música. Yo entonces no lo sabía (era demasiado joven para casi todo). Pensaba que se trataría de algo temporal (los vecinos se acabaron mudando, la tortura musical cesó), pero mi vida, muchos años después, seguiría siendo exactamente igual que entonces: una continua sucesión de mala música de la que resulta imposible huir.


*

12 febrero 2018

Khaleesi (Winter is going away)




Preciosa Khaleesita,
temperamental leona,
bailarina del color,
eterna juguetona,
me miras desde la templada profundidad de tus ojillos azules,
que son como dos botoncitos que te hubiera cosido el agua,
y sé que comprendes,
que recibes,
mi ternura espinada,
mis distancias de roca,
y la rígida capa de musgo que me hiberna.
Tal vez por eso,
solo desciendes de tu trono de hierro,
para que nos desroblemos
ambas.



*

01 enero 2018

Petricor *




¿Sabes qué es lo que  más recuerdo de ti?

Aquella tarde llegaste a casa empapado. Sonó el timbre y abrí la puerta, extrañada, mientras caía en la cuenta de que tus llaves y tu paraguas descansaban juntos y abandonados sobre la misma silla. No tuve tiempo de abroncarte, una vez más, por tu mala memoria. Te sacudiste el pelo en un gesto perruno y estallé en risas. “¡Pero mira cómo vas!”. Tomándote de la mano, con mi terca impaciencia habitual, te llevé al baño mientras enumerabas la familiar lista de incompatibilidades de viajar en bicicleta bajo la lluvia. Una vez allí, te quedaste quietecito, embelesado, como un niño obediente, mientras yo, reprimiendo la risa y el deseo, casi maternalmente, te iba quitando la ropa. Después de secarte, la toalla acabó impregnada de una irresistible mezcla de presagio de rayos, tierra seca mojada, aire limpio y tu olor.

Ya vestido, aún tenías el cabello mojado y revuelto. Sonreí.  “Déjame que te seque el pelo”. Nunca lo había hecho antes (solías ser tú quien, ocasionalmente, me lo secaba a mí). Dos minutos y estallaste en carcajadas, asegurando que el cable te hacía cosquillas en la cara. “¡Serás bobo!”. Te tiraste al suelo, sin parar de reír, y me arrastraste en tu ataque de resistencia infantil. Desde la fría baldosa, el secador, aún encendido, nos apuntaba como un arma implacable. Lo recogí y trepé sobre ti, conquistando tus caderas. “¡Ríndete!”, ordené mientras te apuntaba a la cara con un chorro “lava volcánica”. “¡Jamás!” gritaste. Y me besaste, y pocos minutos más tarde, volví a quitarte la ropa.

Después, me resumiste el día con tu entusiasmo incombustible, sentado en lo que tu llamabas “estilo japonés”, mientras sujetabas tu taza de Earl Grey con una mano y una pierna medio flexionada con la otra. El verbo te resultaba insuficiente, necesitabas hablar con todo tu cuerpo y yo adoraba escucharte, observar la apasionada expresividad de unas manos que siempre parecían tener vida propia. Solías hacer el esfuerzo de expresarte en mi lengua materna porque yo era una nulidad con los idiomas. En ocasiones, al atascarte gramaticalmente o no recordar una palabra, apretabas delicadamente los dedos de una mano contra los labios. Un gesto infantil a medio camino entre la vergüenza y la impaciencia que me derretía. Y nunca supe por quién sentir más envidia: si por tus manos o por tu boca.

Es curioso que ahora, muchas lunas después del final, a pesar de todos los pesares (y pasares), el recuerdo del olor de tu piel mojada aquella tarde sigue eclipsando al rencor, a la ira, a la amargura, al desamor, al tiempo…




* El sustantivo petricor, (del griego petros “piedra” e ikhôr, “componente etéreo”), significa aquel “olor que acompaña a la primera lluvia después de un período de sequía”. Es “el olor que desprende la lluvia al caer en suelo seco”.


*

25 diciembre 2017

How to save a life




A nadie le extrañó que Pam usara su único viaje en el tiempo para intentar salvar a su hermana pequeña. Cuando esta tenía siete años, Brie, que por entonces sólo contaba con dos, le contagió el sarampión, arruinando un muy ansiado fin de semana con sus abuelos maternos. En el curso de aquellos tres frustrados días, sus abuelos formaron parte del grupo de víctimas mortales del atentado del 72. La tragedia afectó profundamente a toda la familia, pero especialmente a Pam. No sólo tuvo que asimilar una enorme pérdida, sino que, con el tiempo, llegó a la conclusión de que su hermana había sido la única responsable de haberle salvado indirectamente la vida. Y, sin darse cuenta, Brie pasó a ser su amuleto de la suerte, su estrella, su heroína.

Ocurrió un sábado por la mañana. Ambas se encontraban en la parada de aerotren cuando vieron cruzar a un gatito grisáceo, de no más de cuatro o cinco meses, por un puente de tráfico paralelo. Con el corazón en un puño, fueron testigos de cómo consiguió esquivar a los coches y atravesarlo sano y salvo. Sin embargo, su alivio se tornó en pánico al observar como el pequeño felino, desorientado, retomaba el mismo recorrido en la dirección contraria. Angustiadas e impotentes, le gritaron como si este fuera capaz de entenderlas, desafiando a la mala suerte y al tráfico que, indiferente e insolidario, no redujo ni modificó su velocidad en ningún momento. Finalmente, un coche golpeó de forma brusca al animalillo y le pasó mecánicamente por encima. Ni siquiera aminoró la marcha ni miró hacia atrás en ningún momento. Para su conductor no había accidente y, consecuentemente, tampoco culpa.

Brie fue más rápida que Pam. Esta última nunca entendió cómo una niña de 11 años pudo reunir tanta fortaleza y determinación en media décima de segundo. Cuando Pan echó a correr, Brie ya había subido a la plataforma y, de forma tan temeraria como valiente, se encontraba parando el tráfico. No tardó demasiado en recoger al felino y llevarlo delicadamente en brazos, ante el estupor y fastidio de tod@s l@s conductor@s con l@s que se cruzaba. Inconscientemente, supo desde el primer instante que el cachorro ya estaba muerto, y cuando ambas llegaron a una de las plataformas y comprobaron que su pequeño corazón había dejado de latir, un par de líneas de lágrimas de rabia atravesaban el rostro de la joven rescatadora.

Una semana después Brie fue encontrada muerta en aquel mismo puente. Las cámaras confirmaron que había cruzado en rojo y que, ciega a todo y a tod@s, parecía empeñada en perseguir lo que las grabaciones identificaron como un gato blanco. ¿Qué pasó por su cabeza? ¿Por qué se escapó sola? ¿Cómo nadie pudo evitarlo? Y, lo peor de todo: ¿por qué no lo había previsto ella? Brie lo había sabido una semana antes al observar a aquel pequeño gato, pero Pam también acabó comprendiendo, demasiado pronto (o demasiado tarde), que no hay nada tan caprichoso, cruel, injusto y arbitrario como la muerte.




Le quedaban dos años para la mayoría de edad y aquello significaba que podría tener acceso al único viaje en el tiempo que le correspondía. Para frustración e intranquilidad de tod@s, se negó a experimentar el duelo, quedándose enquistada, obstinadamente, en la fase de negación. Aquella pérdida aún no era tal, nada era irreversible. Investigó diferentes cursos de acción e, incluso, utilizó un casco de simulación de probabilidades. De esta forma, casi un año más tarde, llegó a la conclusión de que la única y mejor forma de salvar a su hermana, sería ir directa a la raíz del problema y rescatar de la muerte a aquel pequeño gato gris.


El ansiado día llegó y contaba con poco más de media hora. Sabía que le estaba prohibido relacionarse con cualquier persona que se cruzara en su camino, sin embargo, las normas no especificaban nada en relación a los animales. Una vez situada en el punto exacto, pudo observarse a sí misma y a Brie desde el otro lado del puente. Llevaba un traje de camuflaje y sabía que no había ninguna posibilidad de que ambas la descubrieran, pero no pudo evitar un ataque de llanto al volver a ver a su hermana pequeña, tal y como la recordaba, con sus eternos 11 años. Abrió el mecanismo de la caja y este liberó su amplia red desde la parte baja de la plataforma clave hasta el puente, pero el gato no aparecía. El momento se aproximaba y Pam fue impacientándose más y más hasta que comprobó, horrorizada, que el animalillo no había accedido desde la plataforma, sino que había sido arrojado desde algún coche al puente de tráfico y había estado zigzagueando a lo largo de él durante varios minutos. Aun así, la joven no vaciló y se lanzó al puente con la ventaja de la invisibilidad, demasiado tarde para atraparlo en un primer intento, pero convencida de que podría soltarle la “telaraña” que llevaba preparada cuando este volviera a cruzarlo.  No hubo suerte. El gatito volvió a aparecer y no había dado más de dos pasos en su dirección cuando un coche apareció de la nada y le golpeó en la cadera, lanzándola varios metros, hacia el pretil opuesto. Medio cuerpo le colgaba hacia el vacío y le dolía terriblemente el costado izquierdo, pero se reincorporó con rapidez, presa de la adrenalina y del pánico. Sin embargo, al alzar la vista, comprobó cómo su hermana ya estaba recogiendo el suave cuerpo del gatito sin vida, mientras su yo de 16 años la miraba horrorizada e impotente desde el otro lado.

*

03 junio 2017

Bizitza luzea da *




Sábado por la noche. Estás fuera, en “social mode”, vestido con tu uniforme favorito: vaqueros, camisa o camiseta y sneakers. Los ojos azules desnudos, sin gafas. Todo tú hueles a “Eau de party” y escaneas con una mirada rápida a la chica perfecta en cada garito. Esta noche reirás, beberás y, ocasionalmente, fingirás pasártelo bien. Tu cabello rubio “neonizará” sobre los fondos noctámbulos. Si no hay una kanojo que te garantice una sesión erótica privada, invocarás a los dioses del sexo como recompensa de la semana. No debe resultarte muy difícil ser escuchado. Un breve contacto visual, cuatro frases concretas, tu sonrisa de cachorro y una guapa veinteañera tocará distraídamente tu brazo, tus hombros o tus manos de ilusionista. Y antes de darte cuenta, la magia, como la gravedad, hará el resto, y os estaréis enrollando en el local, contra las paredes, finalmente en algún cuarto. Tal vez sea un cuerpo reincidente. Tal vez aspire a serlo. Lo mismo da. No pensarás en nada. No pensarás en nadie. Serás una máquina de carpe diems, todo presente, todo inconsciente. Te centrarás en tu propio placer y estallarás como lava lujuriosa sobre toda tu vida, cubriendo temporalmente cada hueco, cada mal recuerdo, cada cicatriz, cada espina; confiando en que el orgasmo te reinicie y te reactive para tolerar los escombros acumulados de la semana. Todavía no hay demasiados, ni demasiadas nocheviejas oxidadas. Eres joven. La amargura aún no se ha instalado en tus hombros. La desilusión no te llena la boca. Olvidas pronto. Quedan tantos cuerpos por vivir. Ni siquiera piensas en ella. La chica con el nombre opuesto al tuyo. Lo más probable es que no vuelvas a verla. No importa. Ojos que no ven, corazón que no siente. Bizitza luzea da. Quedan tantas camas por vivir. Acabas de correrte. Eres joven. Cuando la vida es un mar de posibilidades, ¿quién necesita extrañar una gota?  



*(Traducción del euskera): La vida es larga.

*

31 mayo 2017

6 flores antes




Resultó que, tras un año sin flores, la orquídea no se había marchitado, sino que estaba “en barbecho”. El ciclo de la vida-muerte-vida culminó, por algún capricho compensatorio, con 11 capullos, el doble de los que habían florecido hasta la fecha. No importa cuántas veces lo hayas vivido, siempre es un casi un truco de magia. Al comienzo surge un palo, una insulsa varita mágica de la que acaba abotonando la que posiblemente sea la flor más elegante y voluptuosa del planeta. Y no puedes evitar sentirte fascinada.

Lo confieso: inconsciente y estúpidamente, asumí que no podía ser casualidad que la orquídea y tú “brotáseis” a la vez, entonces, cuando nadie os esperaba, en lo más crudo del crudo invierno.

Ese año el frío fue más tolerable porque llevaba implícita una hermosa, aunque quizá efímera, promesa doble. Marzo y abril fueron fieles a su esencia, precipitando y recibiendo. Surgieron las caricias y las flores, el paladar visual se aclimató al color y el tacto se acostumbró al calor. Todo era gozosa y prometedoramente primaveral, pero en el cénit de todas las cosas, justo cuando había florecido la quinta flor, desapareciste como si te hubieran arrancado de la corteza del planeta, demostrando que no había nada insólito ni especial en aquella primavera. Sin embargo, continuaron llegando puntualmente las flores (la sexta, la séptima, la octava, la novena…), como hermosos turistas solitarios a una tierra donde no los espera nadie. Y yo no puedo evitar preguntarme por qué el amor siempre es una promesa que acaba 6 flores antes.

*

31 octubre 2016

Phoebe's ashes



Mi amor descansa sobre el armario de la sala.
Es sólido y convexo.
Tiene base y peso.
Tiene boca.

Mi amor se contiene
para no escupir ceniza,
para no teñir el mundo,
para no gritar mentiras.

Mi amor me vigila,
es testigo mudo
y quebradizo
de mi nueva vida.

Mi amor cabe en una urna
pero tú, gatesa, no:
tú siempre colmas
y desbordas.












Eres magia…




*

09 octubre 2016

Debe estar la Arcadia en flor *





Destiempo

Y llegó el destiempo,
la desincronización sincronizada,
la hiriente y familiar zancadilla,
el bailar en las caras opuestas de la luna.
Tú en la cara oculta
Siempre en la oculta.






Bajaste la mirada

Bajaste la mirada
y contuviste un mundo
y el miedo cerró los ojos
y el miedo cerró…
y el miedo…






Mala suerte

Has tenido la mala suerte
de que te requiera una poeta,
de ser anclado en alguna órbita
sinestésica e impúdica
y que circulen a tu alrededor
y te señalen con el dedo
“Es él. Debe ser él”,
Sin tu permiso
sin camisa
y la fina piel cubierta de tatuajes.

Te has convertido en muso
a pesar tuyo,
pero más a pesar mío.
Cada parcela de intimidad,
real o imaginaria,
podrá ser vampirizada,
fagocitada,
analizada
y entomológicamente,
exhibida.
(Yo siempre sano
Tú no siempre sanas)

Si
eres catalizador inconsciente,
galaxia paralela,
auryn sin brillo,
mansión forzada a cal, canto y sábanas,
o esa extraña música que desmadeja telarañas.

Acéptalo,
te requiere una poeta.
Qué mala suerte.






Parada obligatoria

Ese estúpido, esponjoso, traqueteante levitar
de que formes parte de mi vida
y su sentirse cómoda, a salvo, fluida, unidireccional
como viajar en tren.
Pero no formas parte.
No formas parte
de mi vida.
No.





Es injusto

Es injusto que existas
con tu cabello insolente,
tu ternura implosionada
y tus promesas de erizo,
tan lejos
tan joven en años y horas,
con ese acertijo,
ese triángulo en la clavícula
en el que no podré perderme
jamás.








Filofobia

- Estoy enamorado
- Lo que pasa es que tienes puestas las gafas de soledad.
Gafas de soledad: sensación provocada por un estado prolongado de soledad, situación en la que cualquier ser humano del sexo femenino que te preste atención será coronada reina suprema de todo para siempre.

Hurra, Ben Brooks



Nunca me he quitado las gafas de soledad
ni he mirado otros ojos sin avidez.
Aquí y ahora
tú eres mi Él,
(como el anterior y el que vendrá),
precipitada, estúpida e ineludiblemente.
Lo mismo da que hayamos compartido
3 segundos, 3 años o 3 días,
el título es tuyo
en letras doradas.
No hace falta que lo enmarques
junto a la entrada de cine
o al ticket de compra.
Es sólo una anomalía visual.
No vale nada.







Lost

Busco la caja negra
tras el impacto.
No me importa estar perdida,
la luz malgastada
o la posibilidad de tu herida
desde el extremo opuesto de la isla.
Sólo busco la caja negra,
la espina negra
del primer
y único
acto.






Catedrales

“There's a certain Slant of light,
Winter Afternoons –.
That oppresses, like the Heft.
Of Cathedral Tunes”.

Emily Dickinson **


Relájate.
Enciende las luces de la sala,
retira las marquesinas,
apaga los trinos de los pájaros.
Se acabó.
Ya no invoco órbitas estelares,
ni te envío mariposas.
No te requiero.
Eres libre.

Me he acostumbrado
a la ceniza en la boca,
al viento en los ojos
y al otoño incipiente
que me trepa por las uñas.

Márchate.
Llévate el neón,
déjame desnuda.
No pasaré frío.
Tengo el peso de lo no vivido
como abrigo.








* "Y ni siquiera sientes pena.
Sino la pena de no sentir dolor.
Y sin embargo ,
debe estar la Arcadia en flor.
Debe estar la Arcadia en flor.
Tras de las puertas de bronce del tiempo
debe estar
la Arcadia en Flor...
Pero dónde". 

Rafael Berrio, compuesta para La Reconquista





** (Hay cierta oblicuidad de luz,
En las tardes de invierno,
Que oprime, como el peso
De la música en la catedral).




*

28 septiembre 2016

Men I'll never have




Sed

No sobrevivirías a un poema
ni a una gran tormenta.
Como un paraguas
estás condenado a la transitoriedad.
De la lluvia a la soledad
todo es sed,
tejados sin raíces
como exóticas plantas tropicales.

Nuestros sueños penden del aire,
cualquiera puede verlos.
Hasta la más leve gota de rocío los robustece.
Así que brindo por ti,
por tu gota,
porque la sed ha vuelto a quemarme los labios,
porque al alba habrán ardido, irreversiblemente, todos tus barcos,
hombre que nunca tendré.






Reafirmación

Existes para reafirmarme en esta desmembranza.
Pendes del hilo de la muerte o de la lluvia.
Caes estrepitosamente.





Granulación de un deseo

No sé en qué margen, vértice o alunizaje te conocí,
pero habría poseído hasta el silencio,
la estela de tu mirada verde,
o el roce de tus labios sobre el frío cristal de cada copa…






Impossible Land

Cae el insomnio
y solo escucho el latido de mi corazón contra el colchón.
Estoy pensando en ti,
pero te escurres por mi manga,
madriguera breve
de tu mirada ácida.


*

08 septiembre 2016

Al filo del 4 (Part II)




8- La cuarta planta (polisemia y homofonía)

En Japón y China el cuatro ha sido desterrado de edificios, hoteles y hospitales:
La cuarta planta no existe.
El cuatro se pronuncia como la palabra “muerte” aunque utilicen kanjis distintos.
Es un número abominable, impronunciable, maldito.
Ella
batalla por su vida en la cuarta planta del hospital,
aquí, desde este lado.
En el país del sol naciente no habría lucha,
nunca se habría declarado la guerra,
porque no hay realidad física que la sustente.
Su habitación y todo lo que la define, simplemente, no podrían existir.


*


9- Horror Vacui

Elige el horror vacui para el lienzo de su piel.
Y no hay centímetro de duda pictórica.
Ella reclama:
“Este cuadro es mío
Abstracto
Rosado y carmesí,
Me perteneces”.

Pero el pintor y el horror vacui no pueden convivir
a la vez
sin devorarse mutuamente.
Sólo una locura
puede sobrevivir
al mismo tiempo.






10- Noche de perseidas

Tiene 92 años y una pesadilla diabética
Demasiados hijos se agolpan a su alrededor
como aves nidificantes.
Ha cedido su dignidad a la vejez, la viudez y al sobrepeso
su oído es sólo el eco de un narrador ajeno.
No le quedan demasiadas noches de perseidas
(ya ni siquiera natillas).
Pero tras cada comida,
mecánica y coquetamente,
se sigue pintando
los labios de rouge.


*


11- Figura

Cuando los delfines duermen, solamente un hemisferio de su cerebro descansa.
Alerta, alerta,
rema el miedo
y en su barca,
no hay espacio para mí.






12- Frambuesas congeladas

Descelero
pero el mundo no descelera.
Como un juego infantil en proceso
para el que llego demasiado tarde:
Lo sentimos. Los participantes ya han sido elegidos.
Tú no juegas…

Todo fluye
(yo no juego)
Las verduras se pudren,
los libros se devuelven sin leer,
las barcas desayunan óxido…

Todo fluye
y lo único intacto que me espera
son aquellas frambuesas congeladas.

¿Recuerdas…?


*

13- Químicos

Hay más química que física en su cuerpo.
Invasores e intrusos acampan en
una tierra de nadie
en la que la intimidad o el pudor
han sido desterrados.
La puerta de la habitación es más frágil que su bata
todo lo que la cruce será
Welcome.

Muñeca de trapo,
no nos mires, no nos cuentes, no nos recuerdes,
no pronuncies nuestros nombres,
abre la boca y las venas
somos tu ejercito de samuráis,
tu veneno y tu antídoto.






14- Última noche

La llevaba de la mano
bajo un rastro de luciérnagas.

No pudo verle la cara.

Nunca hubo palabras.

Huyeron al otro lado,
la noche era suave y blanca
Como el sueño de un gato.

La llevaba de la mano,
Sí,
el cielo parpadeaba
y se acercó a su rostro
y susurró:
¡despierta!



 *
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