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28 septiembre 2016

Men I'll never have




Sed

No sobrevivirías a un poema
ni a una gran tormenta.
Como un paraguas
estás condenado a la transitoriedad.
De la lluvia a la soledad
todo es sed,
tejados sin raíces
como exóticas plantas tropicales.

Nuestros sueños penden del aire,
cualquiera puede verlos.
Hasta la más leve gota de rocío los robustece.
Así que brindo por ti,
por tu gota,
porque la sed ha vuelto a quemarme los labios,
porque al alba habrán ardido, irreversiblemente, todos tus barcos,
hombre que nunca tendré.






Reafirmación

Existes para reafirmarme en esta desmembranza.
Pendes del hilo de la muerte o de la lluvia.
Caes estrepitosamente.





Granulación de un deseo

No sé en qué margen, vértice o alunizaje te conocí,
pero habría poseído hasta el silencio,
la estela de tu mirada verde,
o el roce de tus labios sobre el frío cristal de cada copa…






Impossible Land

Cae el insomnio
y solo escucho el latido de mi corazón contra el colchón.
Estoy pensando en ti,
pero te escurres por mi manga,
madriguera breve
de tu mirada ácida.


*

08 septiembre 2016

Al filo del 4 (Part II)




8- La cuarta planta (polisemia y homofonía)

En Japón y China el cuatro ha sido desterrado de edificios, hoteles y hospitales:
La cuarta planta no existe.
El cuatro se pronuncia como la palabra “muerte” aunque utilicen kanjis distintos.
Es un número abominable, impronunciable, maldito.
Ella
batalla por su vida en la cuarta planta del hospital,
aquí, desde este lado.
En el país del sol naciente no habría lucha,
nunca se habría declarado la guerra,
porque no hay realidad física que la sustente.
Su habitación y todo lo que la define, simplemente, no podrían existir.


*


9- Horror Vacui

Elige el horror vacui para el lienzo de su piel.
Y no hay centímetro de duda pictórica.
Ella reclama:
“Este cuadro es mío
Abstracto
Rosado y carmesí,
Me perteneces”.

Pero el pintor y el horror vacui no pueden convivir
a la vez
sin devorarse mutuamente.
Sólo una locura
puede sobrevivir
al mismo tiempo.






10- Noche de perseidas

Tiene 92 años y una pesadilla diabética
Demasiados hijos se agolpan a su alrededor
como aves nidificantes.
Ha cedido su dignidad a la vejez, la viudez y al sobrepeso
su oído es sólo el eco de un narrador ajeno.
No le quedan demasiadas noches de perseidas
(ya ni siquiera natillas).
Pero tras cada comida,
mecánica y coquetamente,
se sigue pintando
los labios de rouge.


*


11- Figura

Cuando los delfines duermen, solamente un hemisferio de su cerebro descansa.
Alerta, alerta,
rema el miedo
y en su barca,
no hay espacio para mí.






12- Frambuesas congeladas

Descelero
pero el mundo no descelera.
Como un juego infantil en proceso
para el que llego demasiado tarde:
Lo sentimos. Los participantes ya han sido elegidos.
Tú no juegas…

Todo fluye
(yo no juego)
Las verduras se pudren,
los libros se devuelven sin leer,
las barcas desayunan óxido…

Todo fluye
y lo único intacto que me espera
son aquellas frambuesas congeladas.

¿Recuerdas…?


*

13- Químicos

Hay más química que física en su cuerpo.
Invasores e intrusos acampan en
una tierra de nadie
en la que la intimidad o el pudor
han sido desterrados.
La puerta de la habitación es más frágil que su bata
todo lo que la cruce será
Welcome.

Muñeca de trapo,
no nos mires, no nos cuentes, no nos recuerdes,
no pronuncies nuestros nombres,
abre la boca y las venas
somos tu ejercito de samuráis,
tu veneno y tu antídoto.






14- Última noche

La llevaba de la mano
bajo un rastro de luciérnagas.

No pudo verle la cara.

Nunca hubo palabras.

Huyeron al otro lado,
la noche era suave y blanca
Como el sueño de un gato.

La llevaba de la mano,
Sí,
el cielo parpadeaba
y se acercó a su rostro
y susurró:
¡despierta!



 *

13 octubre 2011

Carta a Doru



Te encontraron a la mañana siguiente. Una mujer, camino al trabajo, se sorprendió al verte tan quieto en aquel frío banco a las 5:30 de la mañana. No fue hasta que te retiró la capucha de la cara cuando descubrió que estabas muerto.
Fue un shock tremendo para todo el pueblo. Nadie se explicaba cómo una persona tan joven y sana, tan obsesivamente meticulosa y equilibrada en todo pudo morir repentinamente. (Hay un término para la hemorragia cerebral en tus circunstancias, pero no es “broma macabra” como tú solías calificarlo). 

Tu novia se llevó la peor parte. No sólo fue la persona encargada de identificar tu cadáver, sino que cuando contactaron con tu madre en ese país que adorabas y detestabas al mismo tiempo, fue la única capaz de explicarle en rumano lo que había pasado. Desde que aterrizó, no se separaron un momento la una de la otra (teniendo en cuenta el tipo de relación pasivo-agresiva que mantenían, supongo que te resultará surrealista imaginarlas unidas finalmente por ti).

El funeral fue sencillo y emotivo. Algunos parientes de Rumanía, tus compañeros de trabajo, un par de amigos, tu familia más cercana y Elsa, nadie más.
Tienes un  pequeño nicho en el lugar más soleado del cementerio. No sé si te entristecerá o te alegrará saber que tu chica te sigue llevando  flores, pero lo que sí sé es que no te sorprenderá demasiado. Elsa siempre tuvo “espíritu Hachiko” en todo lo referente a ti (¡como odiaba siempre que me lo recordaras!).

Por cierto, Doru, no te preocupes. No le he dicho a nadie lo de aquella visita al neurólogo. El secreto de la malformación arteriovenosa irá conmigo hasta la tumba, como tantas otras cosas. Nadie te acunó en algodones durante los últimos dos años. Te resultó duro pero conseguiste lo que querías. Supongo que, estés donde estés, te sentirás satisfecho de eso, al menos. 

Para acabar este e-mail, me gustaría decirte que han cambiado muchas cosas en mi vida durante los dos últimos años, que ha pasado la peor parte del duelo y todas esas cosas, pero te mentiría y nunca lo he hecho. Si me esfuerzo en ver el lado positivo, diría que me siento un poco más libre (sí, eso no puedo negarlo). Tú y yo éramos como dos imanes oxidados el uno para el otro.

Sigo echándote de menos, pero también continúo en la ciudad Ambivalencia en todo lo referente a ti. Tuve pesadillas durante mucho tiempo (la culpa siempre busca castigo, ya lo sabes). Una parte de mi deseaba que fuera mi carta la detonante de tu infarto y a la otra le aterrorizaba la idea. Sé que la recibiste porque ya no estaba en tu buzón aquella noche. Debías llevarla encima cuando te encontraron. De ser así, los médicos han sido muy discretos. O tal vez tu familia. No llevaba dirección ni firma y dudo que alguien se molestara en analizar sus huellas (Mujer invisible solías llamarme, ¿recuerdas?)

Siempre me preguntaré qué hacías frente al apartamento de Elsa a esas horas. Ella asegura que no pasasteis la noche juntos, que los martes salías tarde de la fábrica y te ibas directo a tu piso. Tal vez mintiera por algún motivo. Puede que discutierais, te echara y tú te quedaras implorando frente al edificio, esperando a que entrara en razón. Quizá fuera eso lo que te mató. Lo confieso, aún hoy, siento una satisfacción perversa y vengativa ante la idea de que una de las dos contribuyera a tu muerte. O mejor aún, de que te matáramos ambas.                                                                                          
Una persona puede ser, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor que te puede pasar en la vida. Gracias por la lección.

En fin, Doru, esto es todo lo que quería decirte. Han tenido que transcurrir dos años para poder confesarte (y confesarme) todo esto (resulta extraño hacerlo a través de tu cuenta secreta sin añadir qué me gustaría hacerte o qué querría que tú me hicieras). Las últimas palabras que te dedico quedarán flotando sin dueño en alguna parte del ciberespacio, ¿no es poético?

Te iubesc.

C.

24 octubre 2010

La paradoja Peretti



Llegar 7 minutos tarde al trabajo no era su mejor tiempo, pero sí una marca considerable.
Por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente, desechó la manida excusa del trafico y decidió enfrentarse a su jefe con total honestidad. Sin embargo, al verlo cruzar la puerta de la oficina, la cara de disgusto de su superior fue aún más acusada de lo que había previsto. Sus palabras no contribuyeron, precisamente, a tranquilizarlo: Peretti. Mi despacho. Ahora.

Cuando 23 minutos después salió disparado de la oficina, de la planta e, incluso, del edificio, Peretti seguía convencido de que le habían gastado una broma de muy mal gusto.

- Es usted demasiado mayor para trabajar aquí
- ¡Pero si sólo tengo 41 años!
- De eso nada, tiene 71. Se jubiló prematuramente hace 9 años con la excusa del burn-out y en recursos humanos casi nadie le recuerda. Tiene suerte de que tenga buena memoria, Peretti
- ¿Pero de que puñetas me está hablando?
- De que probablemente tenga síntomas de senilidad y crea que sigue trabajando para nosotros, pero se equivoca

Aunque Peretti hizo gala de todo su arsenal de lógica y pruebas identificatorias, nadie en toda la oficina fue capaz de creerlo. Todos, desde su jefe hasta sus compañeros, pasando por los recaderos polacos, le miraban con una extraña mezcla de condescendencia, lástima y desprecio. Y ya que la tiranía de la mayoría se había impuesto (incluso en un macarrónico “polacañol”), no le quedó más remedio que desistir.

Treinta minutos más tarde ahogaba su incredulidad y desesperación en una cerveza moderadamente fría. La camarera, tomándolo por un potencial alcohólico-kamikaze, calculó que sería una larga y productiva mañana.
Peretti, aferrado a la posibilidad de que su despertador nunca hubiera sonado y que todo fuera un mal sueño, escapó momentáneamente de sus rumias para recrearse en el muy apetecible trasero de la camarera. Ella, perfectamente consciente de aquella repentina subida de testosterona, contraatacó:

- ¿Mal día, eh?
- Habría que inventar una nueva palabra para describirlo. Surrealista se queda corta y...
- ¿No deberías estar en clase?- interrumpió
- ¿Cómo? ¿¡En clase!? Esta si que es buena. Si me has tomado por uno de tus profesores, niña, te equivocas
- Muy gracioso. Me refería a que tu deberías estar en clase como alumno, niño

Peretti palideció visiblemente, pero trató de disimularlo

- Oye, si lo de quitarme años es una estrategia peloteril para conseguir que consuma más, no va a funcionar. Y hoy menos que nunca
- Venga, ¿qué tienes? ¿18?¿20? Soy muy mala para echar años, especialmente, en esas edades tan tiernas...

Y en ese preciso momento, el huracán Peretti estalló. Cuando había convencido a los individuos de un radio de 50 metros que semejante explosión de furia sólo podía pertenecer a un histérico-paranoide, un repentino dolor en el brazo derecho interrumpió precipitadamente su discurso.

Lo siguiente que Peretti escuchó desde su limbo semi-inconsciente, fueron las confundidas voces de los enfermeros de la ambulancia.

- Yo le echo unos 50
- Pues su DNI dice que tiene 41 primaveras
- ¡Joder, pues que mal se conserva!. No me extraña que le haya dado un achuchón...

Peretti, repentinamente espabilado por aquel nuevo izquierdazo, intentó contestar, pero su pulso volvió a acelerarse hasta dejarle K.O. durante unos buenos 30 minutos.

15 tests negativos, 5 horas y 27 minutos más tarde, salía del hospital firmemente convencido de ser el protagonista de la nueva versión de Atrapado en el tiempo o El show de Truman. Posiblemente, ambas al mismo tiempo.

Sólo le quedaba una cosa por hacer antes de ceder a la locura colectiva; ir directamente a la fuente más fiable del mundo: su madre. Entonces, recordó que estaba de viaje por las islas griegas con su grupo del Imserso. Como segunda opción, llamó a su mejor amigo, pero tras comprobar repetidamente que su móvil estaba apagado/fuera de cobertura, recurrió, con frustración, a la tercera persona que mejor lo conocía en el mundo (u opción de emergencia número 3) su ex novia.

Inicialmente reacia a cualquier intercambio verbal y tremendamente distante y seca, la mujer aprovechó esta singular ocasión para transmitirle su particular “cosas que nunca te dije” antes de colgar bruscamente:

“Vivir contigo era como estar sentada en una estación sin saber cómo ni cuando iba a llegar el tren. Cada vez que la vida apretaba el botón de play o de ff en nuestra relación, aparecía ese adolescente hosco y temperamental que se sentía superado por el “nosotros”. En cambio, cuando viajábamos, hablábamos de política, de arquitectura, o de arte, era un hombre maduro el que ocupaba el puesto. Y había más, muchos más hombres empujándome a una especie de... poligamia oscilante. Aunque lo más desquiciante de todo, era que ninguno se quedaba demasiado y no había ningún horario de visitas al que aferrarse. ¡Era imposible vivir con varios hombres a la vez!”.

Aquel monologo fue más de lo que pudo soportar. Destrozado y cada vez más confundido, sintió el impulso irrefrenable de escapar de todo y de todos. Caminó sin rumbo aparente durante horas, hasta llegar a un parque que solía visitar en su infancia. Sentado en un banco mientras observaba jugar a los niños, Peretti fue abducido por un repentino ataque de nostalgia. Recordó a su difunto padre y la complicidad de sus mañanas de domingo, cuando ambos se sentaban en ese mismo parque a atiborrarse de chucherías, para luego comer frugalmente (o nada en absoluto) a la hora de la comida, a pesar de la exasperación in crescendo de su madre.
No le había echado tanto de menos desde que murió, hacía casi 30 años.

Y entonces, comenzó a llorar como no había llorado en toda su vida: doblado en postura fetal, la única en la que se puede llorar y dormir con total abandono. Una niña, conmovida, se acercó hacia él.

- Si dejas de gimotear, te invito al tiovivo
- ¿Qué?
- Tengo dos viajes. Mis padres siempre me lo compran todo a pares, ellos sabrán porqué...
- Eres muy amable, pequeña, pero creo que ya estoy mayorcito para esa atracción

La niña comenzó a reír con una risa tan cristalina, que lo desarmó. Echó sus largas trenzas hacia atrás, le apuntó con el dedo índice y espetó:

- Tú tienes 7 u 8 años como mucho, ¡no me engañes!

Y sin darle tiempo a replicar, lo arrastró de la mano hasta el carrusel para sentarlo en un elefante azul mientras ella se acomodaba en un caballito de mar.
La música estalló y la atracción comenzó a girar. Peretti, más allá de la incredulidad, la angustia y la frustración, observaba dar vueltas y más vueltas a todo lo que le rodeaba. Durante unos segundos, peleó con la nausea y el desproporcionado tamaño de sus piernas, hasta que se dio cuenta, con asombro, de que era él y no el tiovivo, lo que giraba sobre sí mismo hacia delante y hacia atrás, una y otra vez. Y supo, con inquietud y alivio al mismo tiempo, que en cualquier momento la música dejaría de sonar, dejándolo, provisionalmente, en un punto indeterminado de ese círculo...

06 septiembre 2010

Ada




El primer recuerdo de Ada fue el momento en el que comenzó a querer a su padre.
Durante los primeros cuatro años de su vida, para ella sólo había sido un alto hombre trajeado de gesto severo y ojos tristes que madrugaba demasiado y llegaba a casa cuando se podían ver las estrellas.

Una soleada mañana de julio, Ada había encontrado una mariposa con un ala rota en el jardín. Apesadumbrada, entró corriendo en casa con el frágil insecto atrapado entre sus manos diminutas. Justo cuando su madre trataba de convencerla de la inevitabilidad de algunas tragedias, su padre, rescató a la mariposa de los dedos infantiles y la sujetó delicadamente debajo de las alas entre su pulgar e índice, justo por lo que a Ada le parecieron los hombros del animalillo. Y con la naturalidad y la determinación con la que un cirujano pronunciaría “hilo del 5-0”, espetó “celo transparente”. Posteriormente, ante el asombro de madre e hija, estiró con delicadeza el ala prácticamente rasgada con los dedos de la mano derecha y unió suavemente con una gruesa tira de celo los dos extremos. “Ahora podrá volar otra vez” anunció.

Y mientras el convaleciente lepidóptero iniciaba torpe pero audazmente el vuelo, como un tímido fuego artificial que ha postergado en exceso su salida, la pequeña se debatía entre los dos pequeños milagros que acabada de presenciar, sin poder decantarse firmemente por uno. Sin embargo, algunos años y muchas alas reparadas después, descubriría que había sido la delicada e improvisada intervención de aquel rudo y reservado hombretón de manos grandes lo que, definitivamente, había dado un vuelco a su mundo.

26 julio 2010

Cuando las burbujas hacen POP



4- Henry

No le hace falta mirar el despertador para saber que ya son las 5 de la mañana. Aparta suavemente el brazo femenino que atraviesa su pecho como un cinturón de seguridad improvisado, y se levanta de la cama con todo el sigilo del que es capaz. Quince minutos más tarde, ya se ha aseado y vestido. Sólo le queda una cosa por recoger. Lo había escondido sin esconderlo, tentando a la suerte, con una remota esperanza de que Emma pudiera encontrarlo, pero no ha sido así. Sabía que su última novia sentía cierta pereza, como ella solía afirmar, hacia la literatura japonesa. Así que, sin tener muy claro si había ganado o perdido en aquella apuesta consigo mismo, Henry abre el ejemplar de Kokoro de Natsume Soseki que reposa sobre su mesilla y extrae de el un billete de ida y vuelta en primera clase a Vancouver. Durante unos instantes, se plantea escribirle a la joven una nota de despedida, pero finalmente opta por un simple beso en el omóplato. No era necesario darle demasiada importancia. Al fin y al cabo, sólo estaría ausente un día.

La elección de la ciudad siempre acaba siendo casual. El único requisito era que se encontrara lo más lejos posible de Dublín y que se pudiera estar de vuelta en, aproximadamente, 24 horas. En aquella ocasión, por una cuestión de combinaciones y horarios, la olímpica ciudad canadiense le había parecido la opción perfecta. Recordó, con una sonrisa complaciente, las palabras de la exuberante pelirroja de la agencia de viajes: just nine hours behind when you get there. Behind. Nine hours.

Siempre le había parecido curioso cumplir años justo en la mitad del año. Ahora estaba a un día de llegar, probablemente, a la mitad de su vida. La política del bufete para el que trabajaba le permitía tomarse libre el día de su cumpleaños, pero incomprensiblemente para su jefe y el resto de sus compañeros, Henry siempre se ausentaba la víspera esa fecha, apareciendo puntualmente cada dos de julio.
Sentado en el avión, a punto de despegar, el abogado presiente que tampoco en esta ocasión se librará del interrogatorio anual, pero no le importa. Lo único que desea, es abandonar Dublín lo antes posible y estar en el aire. Volar es la más hipnótica y atemporal tierra de nadie.

Cada año teme que alguno de sus clientes pueda reconocerlo. Al fin y al cabo, todos viajan habitualmente en avión, pero siempre confía en su suerte... y en el hecho de estar disfrazado para la ocasión. Sin afeitar, con el pelo revuelto y despojado de sus trajes de Armani, Henry pierde parte de su imponencia y consigue aparentar unos cinco años menos de los que en realidad tiene.

Mientras la mayoría de los pasajeros caen presa del sopor o de la trama de la película de turno, Henry se levanta de su asiento y se dirige al baño con cierta ceremoniosidad. Una vez dentro, se coloca frente al espejo, baja la cabeza y apoya sus manos a ambos lados del lavabo, como un sprinter antes de iniciar una carrera. Tras unos segundos en esta posición, alza resueltamente la mirada y observa su cara, su línea de meta. Es doloroso comprobar hasta qué punto la vejez está emparentada con la gravedad. Todos los rostros acaban cayendo con el tiempo. Tal vez por eso sólo estudia el suyo estando en el aire. Lo analiza como si fuera la imitación de un cuadro famoso. ¿Qué ha cambiado? ¿qué atractivo permanece inalterable?¿cuántas mujeres menos pujarían por él en una subasta? A sus 45 años, sigue siendo un hombre atractivo. Aún suscita esa mirada de “tienes un buen polvo” de gran parte de las féminas con las que se cruza a diario. No le avergüenza admitir que esa prueba de reafirmación sexual masculina le ha salvado algunos días a lo largo de los últimos años de su vida.

De vuelta de la abstracción de sus pensamientos, Henry sigue con su dedo índice las arrugas que bordean sus ojos. No son tan discretas como las recordaba. ¿Cuándo han comenzado a caminar descaradamente esas patas de gallo? Comienza a hacer muecas y su boca se mueve tratando de reproducir todos los sonidos imaginables. Hay más surcos sobre la piel de sus labios y su cuello. Por un momento, se siente tentado de desnudarse y observar los cambios del resto de su anatomía, pero se reprime. Recuerda, con una punzada de añoranza, como a los 25 años le bastaba con estar delgado para sentirse en forma. Ahora la delgadez no es suficiente y tener un buen cuerpo le supone un esfuerzo considerable. Tal vez debería ir cinco días a la semana al gimnasio en lugar de tres. Tal vez.

Alarga su estancia en el baño hasta que llega otro pasajero y se despide del espejo con una mezcla de alivio y desgana. Cuando llegue a Vancouver, tendrá nueve horas más de tregua. Sólo serán las 8 de la mañana, mientras que en Dublín ya habrán alcanzado las 5 de la tarde. Permanecerá 6 horas más en la ciudad canadiense hasta el avión de vuelta y llegará a su ciudad a las 8 de la mañana del día del dos, pero durante ese tiempo, técnicamente, para él, seguiría siendo uno de julio, la víspera de su cumpleaños.


*

Vancouver es una ciudad bulliciosa. Está llena de bares y viejas cafeterías y las personas se saludan con la calidez y la familiaridad de los pueblos pequeños. Ajeno a todos ellos, Henry piensa en el X-43A, el avión más rápido del mundo. Técnicamente, a 8000 km/h, es capaz de dar la vuelta al mundo en 5 horas. ¿Cuántos cumpleaños más tendría que esperar para poder viajar en esa maravilla?. A cada paso, Henry fantasea con la posibilidad de engañar al tiempo limpiamente, y se siente un curioso híbrido entre Einstein y Dorian Gray.

Sin saber muy bien cómo ha llegado e ignorando el camino de vuelta, el abogado se topa frente a un parque infantil presidido por una gigantesca cama elástica. Una cola de niños y adolescentes aguardan ansiosos su turno para poder saltar. Abducido por esa temeridad tan propia de los jóvenes y los viajeros que se apodera de nosotros cuando, libres del corsé de la rutina, exploramos nuevos territorios, Henry se suma a la fila sin siquiera pestañear.
Veinte minutos más tarde, comienza a saltar. Tímida y torpemente al principio, consciente aún de sus diferencias y de lo que representan, aunque poco a poco, su cuerpo va cediendo al total abandono. Los gritos y las risas le roban el protagonismo a las rumias y al sentido común. Durante unos minutos, mientras sube y baja frenéticamente, olvida todo lo que conoce o cree conocer sobre si mismo y una machacona frase hace figura en su interior “en el fondo de nosotros mismos, siempre tenemos la misma edad”.

La misma edad.

Al abandonar la cama elástica, ignorando las miradas desdeñosas de los niños, Henry se siente un hombre nuevo y exultantemente joven, aunque es incapaz de explicarse el porqué. Y, de repente, la cara de Emma le envuelve como si al final de un mal día, oportunamente, en la radio comenzara a sonar su canción favorita. Quiere, necesita compartir este momento con ella. Busca el teléfono móvil en el bolsillo de su chaqueta, hasta que recuerda que siempre lo deja en casa durante sus escapadas. Resuelto, busca una cabina de teléfonos con la mirada hasta encontrarla. Una vez dentro, marca el número del móvil de su novia y espera. Hi, this is Emma! I can’t talk to you right now. If you have something important to say, speak know, or forever hold your... Beep...


Anteriores burbujas que hicieron POP:

1- Elsa
2- Yuki
3- Lorie

12 junio 2010

Cuando las burbujas hacen POP



1- Elsa

Elsa llega a casa a las 19:30 exactas, deja el maletín en el suelo y se apoya exhausta contra la pared de la entrada. Ha tenido que correr un poco para intentar ganar unos minutos, pero ha valido la pena. Sólo tiene media hora antes de que llegue Daniel y en ese breve espacio de tiempo, debe ducharse y arreglarse. Hoy es el día de su décimo aniversario. Comenzaron a salir en 1961 y durante la década que llevan juntos, casi siempre ha sido él quien ha propuesto planes y ha organizado cenas y viajes en las fechas señaladas. Elsa había asumido que, en su relación, él era el romántico y ella la práctico-maníaco-compulsiva que ocasionalmente se dejaba contagiar por la incertidumbre. ¿Con qué la sorprendería esta noche?

Antes de entrar en el baño, Elsa observa la extraordinaria pulcritud de su piso, siempre impecable, como si en el habitaran piezas de museo en lugar de personas. Con una sonrisa de satisfacción, imagina el estado en el que se encontraría si convivieran con una mascota. Seguramente, a esas alturas, Daniel ya se había rendido a su inquebrantable “restricción canina”. Era una pequeña contraprestación por el cúmulo de manías que ella tenía que aguantar.

Minutos después, el timbre del teléfono la sorprende en el momento de salir de la ducha. Con el tiempo justo de enrollarse una toalla alrededor el cuerpo, se dirige hacia el teléfono de la sala, maldiciendo el hecho de que aún no se hayan inventado los teléfonos sin cables. Moviéndose de puntillas, para no dejar huellas de sus pies mojados, levanta el auricular bruscamente y pregunta con irritación “¿Si?”. La voz que contesta al otro lado la perturba y complace al mismo tiempo. Es Adrian, un compañero de trabajo. ¿Por qué me llamará precisamente hoy, ahora?. Mientras él le habla de reuniones e informes, Elsa, nerviosa, reprime el impulso de sentarse en el sofá y, en su lugar, se abraza a si misma. Sus pies, aún de puntillas, se balancean de un lado al otro, tratando de desviar su atención del desastre doméstico que está a punto de avecinarse. Por alguna razón, se resiste a decirle a Adrian que su llamada no podría haber sido más inoportuna. Mira el reloj. Son las 19:45. No le va a dar tiempo.

Pero, de repente, Adrian hace un comentario ingenioso y su risa la sorprende inundando de una nueva sonoridad su sala impoluta. ¿De dónde ha salido esta extraña e irreprimible alegría? Sin darse cuenta, el auricular, en sus manos, se ha transformado en algo parecido a una isla. Debe explorarlo. Elsa observa cómo los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, posándose en su espalda como palomas perezosas. “Sí, ha hecho un día muy caluroso hoy, tenía ganas de quitármelo de encima”. Sonríe. Sabe que, aunque no pueda verla, él podrá leer la sonrisa en su voz. Distraídamente, se acaricia la nuca, mientras juguetea con la idea de que Adrian pueda intuir que está desnuda. Se sacude este pensamiento, con una punzada de culpabilidad, pero no del todo. Ahora él le habla de su ex novia, de incompatibilidades, de soledades. Ella le consuela. “Eres un buen partido”. Las palabras le suenan extrañamente torpes e impacientes, como un motor oxidado tratando de arrancar. Él le asegura que Daniel tiene suerte de tenerla y, en ese momento, su cuerpo tiembla tanto que se ve obligada a apoyarse contra el sofá. “Todo se va a ir al garete” piensa. Confundida, se aferra a su pelo, a sus largos rizos ya casi completamente secos. Los retuerce, como tratando de encontrar respuestas. Y entonces llega una confirmación disfrazada de silencio, como un fundido en negro antes de una película. Elsa cierra los ojos e imagina a Adrian tocando al timbre de su casa, una puerta que se abre, y después de un beso, una urgencia voraz e irreprimible. Contra la pared, de pie, medio vestidos, mientras los gritos de los niños de los vecinos amortiguan sus jadeos al cruzar el rellano...

El inconfundible sonido de una llave en la cerradura la saca de su ensimismamiento. Se despide de Adrian apresuradamente, cuelga y observa azorada el enorme charco en el suelo bajo sus pies. Se toca las enrojecidas mejillas. Terror. ¿Podrá leérmelo en los ojos?. En un acto irreflexivo y desesperado, arroja la toalla sobre el charco justo en el momento en el que Daniel llega a la sala. Mientras él la observa, entre divertido, confundido y fascinado, Elsa apoya una mano en la cadera y pronuncia con voz de mujer fatal “¡Feliz aniversario, baby!”.


2- Yuki

Cuando viaja en tren, Yuki despliega todo su arsenal de pinturas de cera en el asiento de al lado. Cada vez que el vehículo traquetea, se esfuerza en respetar meticulosamente cada línea y contorno del mandala, mientras es observada con extrañeza desde la convencionalidad de los mp3, libros y sudokus del resto de los viajeros. Disfruta jugando con colores pero no hay nada creativo en lo que hace. Para ella un mandala es simplemente un diario en el que plasmar los colores del día, un código emocional secreto.

Una tarde, justo antes de ponerse el sol, una niña atraviesa el escudo de ceras de colores y se sienta a su lado:

- Hola
- Hola... – contesta Yuki incomoda
- Te veo pintar todos los días, ¿sabes?
- Vaya... veo que eres muy curiosa
- ¿Sabes cuál es mi color favorito?
- Pues... no
- El amarillo – responde resuelta mientras se acomodaba aún más en el asiento
- Es el color del sol
- Mi madre dice que hay un libro en el que a uno de sus protagonistas le siguen mariposas amarillas cuando está enamorado
- ¡Vaya... qué poético!
- ¿Y tú por qué nunca usas el amarillo?- interroga bruscamente
- Pues, no lo sé. No me había fijado...
- ¿Es por que siempre estás triste?
- ...


3- Lorie

Al cruzarse con ella aquella mañana, la gente se la quedaba mirando con una mezcla de curiosidad y extrañeza; pero durante los cinco minutos que permaneció inmóvil, bajo la inoportuna lluvia de domingo, Lorie fue incapaz de verlos. Toda su atención se concentraba en un punto fijo, a pocos metros de distancia. Ese punto la atraía y la repelía al mismo tiempo. Concluida la lucha interna, decidió acercarse. Era mucho peor de lo que había imaginado. Aquel cachorro cruce de bobtail no sólo tenía la mandíbula y la pata derecha rotas, sino que presentaba síntomas de leishmania grave y estaba infestado de pulgas. Se encontraba tan débil, que si no recibía atención medica inmediatamente, el frío, la humedad y la fiebre acabarían con él.

Lorie le apartó el sucio pelo de los ojos y le habló suavemente, tal y como habría hecho con un paciente humano. “Tranquilo, pequeño. Vas a ponerte bien”. El animalillo la miró con una mezcla de ternura y sabiduría infinitas, como si fuera, al mismo tiempo, un niño y un anciano. Conmovida por aquel rotundo y emotivo “gracias”, Lorie se quitó resueltamente el abrigo, envolvió al cachorro con él y se lo llevó en brazos.

Ahora necesitaba un plan. Hoy era domingo. Las clínicas veterinarias estarían cerradas. Podría averiguar si había alguna de guardia, pero para eso necesitaba tiempo. No lo tenía, el animal estaba muy enfermo y ella debía llegar al hospital para comenzar su ronda de traumatología. Normalmente, iba caminando al hospital, aunque hoy, con el coche en el taller y sus amigos pasando el fin de semana fuera, sólo le quedaban dos opciones. Se decantó por la primera, pero la cara del conductor del autobús se transformó en una máscara al verla.

- No puedes subir aquí con eso- escupió.
- Por favor, sólo estamos a diez minutos del hospital. Apenas hay pasajeros. Me colocaré al lado de la puerta, no molestaré a nadie. Haga una excepción. ¡Si no llego pronto, se me muere!
- Lo siento, pero no se permiten animales. Además, si eso infecta el autobús o muerde a un viajero, ¿qué pasa?

Lorie abandonó la parada del autobús con una mezcla de frustración y rabia. Opción número dos. El taxi sólo tardó dos minutos en llegar, pero la reacción del taxista fue aún más fría y tajante.

- Ese bicho está hecho un asco. ¿Qué quieres, que me manche todo el coche de porquería?
- ¿Y si fuera una persona herida tras un accidente? ¿también le preocuparía la maldita tapicería?
- Una persona es una persona. Eso sólo es un puto chucho de mierda.

Mientras caminaba furiosa y desalentada aunque decidida en dirección al hospital, el día pareció recrudecerse. Cada vez llovía con más fuerza y el pequeño can parecía haberse desmayado en sus brazos. Apenas se había quejado. Sólo un pequeño aullido de dolor cuando abandonaron la parada de taxi, casi una protesta contra el insensible taxista.
Lorie temblaba visiblemente cuando cruzó la puerta del hospital. Y además de las miradas de espanto de pacientes, médicos y enfermeras, chocó contra la barrera de 80 kilos que conformaba la enfermera jefe.

- No puedes pasar con un animal, Lorie. ¿En qué coño estabas pensando?
- Estaba medio muerto en mitad de la calle, me necesitaba
- ¿Y no crees que hay lugares para eso?- espetó inconmovible
- Está agonizando y es domingo, Francine. Sabes que no tiene ninguna posibilidad a menos que..
- Me da igual que esté moribundo o que sea el puto día de la mascota. Aquí no entra. ¿Acaso quieres infectar el hospital?
- ¿Qué sugieres que haga? ¿qué lo deje morir en mitad de la calle? – varios médicos parecían haberse unido como espectadores a aquel debate improvisado. Sus caras de menosprecio denotaban su apoyo a la oronda Francine.
- Lorie, o te lo llevas ahora mismo o llamo a seguridad.

Derrotada, al borde del llanto, Lorie taladró a la enfermera con una mirada de desprecio absoluto, se dio la vuelta y desapareció por la puerta principal. Una vez bajo la lluvia y tras comprobar aliviada que el pequeño corazón del animalillo seguía latiendo, decidió que tenía que volver a intentarlo. Si sólo pudiera bajarle la fiebre y recolocarle la mandíbula. ¡Maldita sea, he sido entrenada para salvar vidas!
Mientras caminaba sin rumbo fijo, con los brazos doloridos, se topó con su amiga Elise, que había presenciado su polémica entrada desde la cafetería. ¿Un apoyo por fin?

- Puedes pasar por el aparcamiento sin problemas. Las cámaras de seguridad se han estropeado hoy. Hay un cuarto de limpieza donde podemos improvisar un quirófano.
- ¡Genial!
- Puedo mangar algunas cosas para tu operación, pero no puedo quedarme, Lorie. Sabes que hoy...
- Sí, lo sé, traumatología
- ¿Sabes a lo que te arriesgas al no aparecer, verdad?- preguntó visiblemente preocupada
- Sí, su vida, Elise

Diez minutos después, disimulado bajo unas sabanas, el pequeño cruce de bobtail, había burlado al personal y descansaba finalmente en su quirófano. Esforzándose por recordar las escasas lecciones de veterinaria que había recibido durante aquellos años, Lorie pasó las siguientes dos horas interviniendo al dolorido animal. Descubrió que la pata, la mandíbula y la leishmanía eran el menor de sus problemas. Desnutrición, deshidratación grave, anemia, hipotermia, un preocupante hemograma y la infección brutal que le había destrozado la boca, conformaban el terrible cuadro que lo había ido consumiendo durante días. ¡Días!.

Cuando tres horas más tarde tomó la decisión, Lorie hacía tiempo que había olvidado el entumecimiento de sus brazos y las protestas de su estómago. Nunca le había costado tanto poner una inyección. ¿Resultaría todo más fácil si pudiera explicarle lo que le está pasando?.
Lorie decidió que no.
Mientras observaba su mano vacilante, el can la miró fijamente, como intentando tranquilizarla. ¡Me está dando permiso. Se quiere marchar! Duró sólo un segundo. Medio cegada por las lágrimas, acarició al animalillo tiernamente hasta que se convirtió en un amasijo inerte de cables, huesos, pelo y parásitos.
No podía seguir allí, necesitaba un cigarrillo.

El aparcamiento estaba inquietantemente vacío y silencioso. Lorie, teblorosa, recordó con nostalgia su ahora mugriento y apestoso abrigo. Se abrazó a si misma mientras daba la primera calada a su cigarrillo. Por algún motivo se resistía a volver a casa. Los minutos parecían arrastrarse pero, calada tras calada, algo iba tomando forma en su mente. Un ejercicio de catarsis que, con sólo acariciarlo, transformaba su dolor, impotencia y frustración. Prefería sentirse rabiosa antes que triste, la hacía sentirse poderosa.

Llevada por un impulso irreprimible, sacó la llave de casa del bolso y comenzó a rayar, uno a uno, los coches de la sección VIP del aparcamiento. Lo hizo lenta pero concienzudamente, como si en lugar de rayarlos escribiera en ellos ideogramas chinos. Aunque, bien pensado, tal vez, de alguna forma, lo fueran. Lorie sabía que ninguna de aquellas personas podía leerlos...



Dedicado a tod@s l@s que nunca pasan de largo :)

24 diciembre 2009

Las tres figuras




En compensación por el olvido de su décimo cumpleaños, el tío favorito de Charlotte le prometió un regalo aún más especial de los que la tenía acostumbrada. Él sabía que sus gustos refinados y su particular y alternativo modo de vida ejercían una mala influencia sobre la niña. Era culpa suya que a Charlotte le fascinaran las antigüedades, la geología y los objetos extraños, lujos que quedaban fuera del alcance de sus padres. Sin embargo, en una vieja calle de Viena, acababa de descubrir el local perfecto y el regalo perfecto para su sobrina y, una vez más, no pudo resistirse.

Nada más abrir la puerta, Charlotte descubrió que la tienda era aún más deslumbrante de como la había imaginado. Pesadas y sobrias estanterías de nogal contenían una ecléctica y singular colección de caleidoscopios, snowglobes, joyeros y cajas de música. Pero ante su curiosidad analítica, eran los tableros de ajedrez o de damas delicadamente tallados, los que competían en fascinación con telescopios, brújulas, relojes de arena y extraños objetos sin identificar.

El dependiente, que para sorpresa y decepción de Charlotte, en lugar de un venerable anciano era un joven veinteañero, les sonrió cómplice desde el otro lado del mostrador.

- Tu debes de ser Charlotte
- Sí - respondió ella tímidamente
- Me han hablado mucho de ti, ¿sabes? Creo que tengo algo que puede interesarte...

Segundos después de desaparecer tras una puerta, el joven depositó sobre el mostrador tres pequeñas cajas de cartón. A Charlotte se le hizo un nudo en la garganta. Su intuición infantil le indicaba que algo inusual e increíblemente mágico se escondía en aquellas cajas. Con primor y cierta ceremoniosidad, el dependiente extrajo, uno a uno, el contenido de las tres cajas. Charlotte tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrar los tres tesoros que había ante ella y salir corriendo de la tienda. Pero en su lugar, la futura científica que habitaba en ella, tomó el mando:

- ¡Que maravilla! ¿De qué son?
- Este pequeño elefante que tienes delante ha sido tallado con un nuevo mineral extraído de un lago volcánico en Geysir, Islandia. Su particularidad, además de su belleza inquietantemente azul, es que siempre permanece caliente
- ¡Wow, es precioso! ¿Y esta de aquí, qué es?
- Esta... bueno, es una de las piezas más especiales de nuestra colección, ¿sabes? No es posible encontrarla en ningún otro lugar del mundo. ¿Tú que ves, Charlotte?
- Un colibrí
- Yo veo un phoenix. ¿Y tu tío?
- Un aguila- aclaró este sonriente
- ¿Y cómo es eso posible?- inquirió la niña
- Porque está hecha con un 50% de materiales reales y un 50% con, digamos, material “fantastico”...
- ¿Y el material real hace que...?
- Todos sean la ave de nuestra elección, sí

Reservando lo mejor para el final, como era habitual en ella, Charlotte no pudo evitar preguntar por el tercer tesoro.

- Voy a confesarte una cosa, jovencita. Esta es mi favorita. También es la preferida de tu tío y el motivo de que tú estés aquí
- Es maravillosa.... ¿De qué está hecha?
- Bueno, no puedo decírtelo con seguridad. Aunque sospecho que sólo el único o los únicos que lo saben con certeza son sus fabricantes. Lo que ves, está 100% fabricado con materiales irreales, por así decirlo
- ¿Me la puedo quedar?
- Sabía que te encantaría- sonrió complacido su tío- si la quieres, tuya es, aunque antes debes decirme qué has visto
- Una sirena
- ¡Estupendo!- repondió éste mientras extraía su cartera

Un mes más tarde, una sofocada y acelerada Charlotte, irrumpía precipitadamente en la misma tienda. La prisa de la carrera había desprendido varios mechones de su coleta, mientras que sus largos calcetines escolares se encontraban a la altura de los tobillos. Antes de poder quitarse la mochila, fue sorprendida por el dependiente

- ¡Que sorpresa, jovencita!. No esperaba verte tan pronto por aquí. ¿Acaso tienes algún cumpleaños o...
- Quiero devolver la figura
- ¿Qué?- el chico dio un paso atrás, como si la niña hubiera extraído un arma repentinamente
- Ya no la quiero- afirmó tajante
- ¿Prefieres el pájaro ahora?
- No. Quiero el elefante
- ¿Puedo preguntar por qué?- inquirió anonadado el joven
- Siempre pongo en mi mesilla mi juguete preferido o mi último descubrimiento. A veces es una nueva piedra, otras un libro...
- ¿Y?
- Cuando tengo pesadillas, me despierto y lo acaricio, entonces me siento mejor
- Creo que sigo sin entenderte...
- Yo... necesito algo real antes de dormirme por las noches




Dedicado a
tod@s los que como Charlotte o la Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo, ante la disyuntiva de realidad o ficción, se han visto obligados a elegir lo primero. Merry Christmas.

06 diciembre 2009

The "agar-agar" quality



En el despacho del jefe:

- Me han dicho que quería verme, señor Uriarte
- Efectivamente, Gómez, siéntese
- ¿Y bien? ¿Qué es eso tan urgente que quería comentarme?
- Me temo que tengo malas noticias para usted
- ¿De que se trata?
- Está despedido
- ¿¡Cómo.... !?¿Por qué?
- En los casi cinco años que lleva trabajando para nosotros, ni una sola vez ha llevado máscara. Hasta ahora hemos hecho la vista gorda porque era usted un trabajador excepcional y tenía muchas cualidades que lo compensaban, pero lamentablemente, una serie de desafortunadas circunstancias nos han confirmado que toda máscara es imprescindible
- ¿Me está diciendo que mi único fallo ha sido no llevar... careta?
- Exacto
- ¿Y no es algo que se pueda remediar?
- Me temo que no
- ¿Pero no es mucho más cómodo y económico para la empresa que yo comience a llevar careta, que contratar a un nuevo empleado y formarlo en...
- Desgraciadamente, Gómez, esa opción queda descartada
- ¿Por qué?
- Por que se tardan años en construirse una careta. Y ambos sabemos que usted es muchas cosas, pero no es un buen actor...
- ¡Déjeme intentarlo, señor Uriarte! ¡Estoy dispuesto a maquillarme si es preciso! ¡Póngame a prueba!
- Me temo que eso es imposible. La decisión ya está tomada. Lo siento
- Está bien. Dígame, al menos, que tipo de males irreparables he causado durante estos años
- Es usted... como esas algas transparentes que sirven en los restaurantes chinos, Gómez. Todo el mundo puede ver lo que hay debajo
- ¿Y eso es muy malo?
- Es catastrófico. Si se ha muerto su perro, le cae mal fulanito o hace tiempo que no moja, es incapaz de disimularlo. Dos personas acabaron con el brazo engrapado por comparar diariamente los atributos de los protagonistas de Crepúsculo; y su sarcasmo patológico casi empujó al suicidio a Martínez, el que se peina con cortinilla. Como comprenderá, esta actitud, además de nada profesional, afecta directamente al resto de sus compañeros
- Bueno, yo creo que en mayor o menor medida, eso nos pasa a todos. Quiero decir, que por mucho que se intente, no se puede ser un presentador de TV las 24 horas del día, ¿no?
- Pero se disimula lo que se puede. No está usted solo en el mundo, ¿sabe? Además, también está el problema de la honestidad brutal....
- ¿Honestidad brutal?
- Sí, sí, esa sinceridad hiriente suya que dejaría al Doctor House a la altura de Bob el esponja
- Perdone, pero no entiendo lo...
- ¿Qué fue lo que le dijo a Maria cuando nos trajo a su bebé a la vuelta de su baja maternal?
- Que tenía cara de Gremlin y nunca debería darle de comer después de la media noche
- ¿Y bien?
- ¡Ella me pregunto que si no me parecía el niño más mono del mundo!
- ¿Y por qué no mintió como hacemos todos, Gómez?
- Porque el pequeño gremlin no se lo merecía. ¿Qué bien le hace que todos intenten convencerle de lo que no es?
- Ese no es su problema. Debería haber dicho simplemente que era una monada y punto
- .....
- En fin, Gómez, estoy seguro de que esta información no le sorprende. Debe haber tenido muchos sucesos de este tipo a lo largo de su vida
- Bueno... mis padres me encerraban cada vez que teníamos visita... mis profesores siempre me preguntaban lo que no sabía... las chicas me abofetean a menudo... y más de una vez me han robado la cartera en el metro mientras fingían consolarme...
- ¿Lo ve? Todos estos problemas podrían haberse evitado si se hubiera acostumbrado a llevar máscara desde una edad temprana
- ¿Pero y si siempre hubiera llevado una y al llegar a casa, al final del día, no pudiera quitármela? ¿Y si a fuerza de mentir y disimular hubiera olvidado quien soy?
- ¡Por Dios, Gómez, no me sea melodramático!. Ese es el riesgo que hay que correr. Además, mírelo por el lado positivo: también podría ser Batman...



07 octubre 2009

Retroflexión



8:00 AM

Paula llega puntual a su trabajo. Después de tres meses en la redacción de Changing Minds, sus compañeros han decidido otorgarle el título simbólico a la becaria perfecta. Además de inteligente, entregada, solícita e hipereficiente, es la lectora mas rápida que han conocido jamás. Si los mandamases de la revista se prodigaran mucho más en cumplidos que en críticas, la becaria sabría que ha llegado a ser casi imprescindible. Pero lo que sólo Paula sabe y nadie más sospecha, es que además de detestar su trabajo con todas sus fuerzas, odia a su jefe.

Como cada mañana, aguanta estoicamente el chaparrón y nunca se queja, pero cada vez que se siente ninguneada o despreciada por su irascible superior, escribe un sms en la memoria de su móvil. Al principio eran sólo insultos, pero a las pocas semanas, acabaron convirtiéndose en sádicas y creativas nuevas formas de asesinarle. Hoy ha alcanzado la nada desdeñable cifra de 172. A menudo fantasea con la idea de que si su jefe muriera en extrañas circunstancias y por algún motivo su teléfono fuera confiscado, ella sería la sospechosa número uno.

18:00 PM

Paula queda con un desconocido en una de las muchas (horrendas) citas a ciegas perpetradas por sus amigas. Su curiosidad por él se deshace antes que el hielo en la delgadísima copa de cristal que sostiene con indolencia. ¿Por qué oscuro y asqueroso designio del karma siempre acaba con tipos como éste? Es otro de esos hombres que adora trazar líneas paralelas al radio de su ombligo, un intelectual-misántropo que se considera demasiado especial, incomprendido e inteligente para este podrido mundo. Le habla de cine obviando el hecho de que ella ha sido crítico en una web durante dos años y utiliza términos como “audacia formal”, “profundidad de campo” y “renovación de género” para describir una conocida película francesa. Paula está a sólo dos fotogramas de ponerse a gritar, pero en lugar de ello, apura su bebida. Sin embargo, en el momento en que su acompañante comienza a ensalzar con fervor el cine de Lars Von Trier, Paula, incapaz de contenerse, aprieta tan fuerte su copa, que acaba rompiéndola en los siete pedazos perfectos que preconizan el final de la velada. No se hace ni un rasguño.

22:00 PM

Hay días en los que cuesta volver a casa. Bien porque han sido maravillosos y no queremos que acaben, o porque han resultado tan frustrantes que requieren tiempo para poder ser digerirlos. Hoy es uno de esos días. Sentada en un viejo café, Paula da vueltas distraída a su descafeinado con leche de soja, cuando una voz desconocida la interrumpe:

- Disculpa, ¿puedo sentarme? El resto de las sillas están ocupadas
- Sí... supongo

Una rubia con pelo a lo garçon se sienta delante de ella y, sin siquiera pedirle permiso, enciende mecánicamente un cigarrillo. Paula repara en lo mucho que esta mujer se parece a Jean Seberg en Al final de la escapada, pero la venda que lleva alrededor de la mano derecha la distrae de este pensamiento.

- ¿Qué te ha ocurrido en la mano?
- Me he cortado con una copa
- Que casualidad, precisamente yo hoy también...
- Lo sé. Has sido tú, Paula
- ¿Qué...?¿Cómo sabes mi...?
- La copa que te has cargado, me ha cortado a mi, en lugar de a ti, como casi siempre...

Paula la observa fumar entre atónita y aterrorizada al mismo tiempo. Por un momento, se le cruza por la mente que aquello era una broma de sus amigas, cabreadas por el hecho de que hubiera dado carpetazo a un potencial ligue más.

- ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?- espetó con sequedad
- Soy tu trastienda, el resultado de aquello que no te atreves a hacer
- ¿¡Qué tú... qué!? ¿pero de que coj..?
- Cada vez que te enfadas, te frustras, te irritas o sientes impulsos homicidas, soy yo la que sufre sus efectos. Para que tú te mantengas mentalmente sana, yo me deprimo, me fustigo, padezco una úlcera o... me corto una mano
- ¿Esto es una broma, verdad?
- Sabes que no, Paula. Yo soy real, muy real
- ¡No te creo!¡demuéstralo!
- ¿Sabes lo caros que me han costado tus 172 sms?
- ... – El poco color que le quedaba a Paula en el rostro, desapareció súbitamente
- Te daré una pista. Tú que eres tan cinéfila, ¿recuerdas cuál es la expresión más bonita del mundo Para Woody Allen, esa que es aún mejor que “te quiero”?
-
“Es benigno”
- Bien, pues estamos
"a punto"
- ¿Estamos?
- Si no me das una tregua, enfermaremos las dos. No podré seguir conteniéndote
- ¿Qué es lo que tengo que hacer?

- Sangrar de vez en cuando, Paula. Eso es todo...

11 mayo 2009

Amy & Vincent



Amy es buceadora. Trabaja en la zona del paseo sobre el acantilado, recogiendo los objetos que la gente ha perdido o ha olvidado.
Vincent hace cometas de colores brillantes y las vende en un pequeño puesto junto a la playa en los días de verano.
Amy sólo se siente en su elemento dentro del agua. Vincent le tiene fobia a nadar.
Amy padece una enfermedad ocular que no le permite distinguir los colores vivos. Vincent sólo construye cometas con naranjas, azules, rojos, verdes y amarillos.
Un día a Vincent se le extravía una cometa y Amy la encuentra sobre unos corales y se la hace llegar. Entusiasmado, el joven decide darle las gracias.
Después de registrar concienzudamente la playa, el paseo y el puerto, finalmente, encuentra a una frágil joven sentada sobre el muelle con los pies dentro del agua. Hay un brillo de añoranza en su mirada abstraída. Pero su apariencia de sirena desorientada no desanima a Vincent.

- He venido a darte las gracias
- ¿Por qué?
- Por recuperar mi cometa
- ¡Ahh!. De nada. Es mi trabajo...
- Ya pero mis cometas son muy importantes para mi. Cada vez que me amenaza un pensamiento triste, construyo una. Si se rompe o se pierde, comienzo a sentirme mal y...
- Lo comprendo. Haces cometas para no sentirte desgraciado
- Todos hacemos cosas para permanecer alegres, ¿no? ¿Qué haces tú para vencer el desánimo?
- Nada. No creo que haya nada malo en sentirse triste...
- ¿Y qué haces para sentirte alegre?
- No lo sé... nunca lo he pensado...
- Vaya.... bueno, no te molesto más. He de irme... ¡Hasta otra!
- Adiós...

Amy se dispone a arrojarse al agua, cuando escucha de nuevo la misma voz, ahora extrañamente conocida:

- ¡Espera!
- ¿Si?
- ¿Puedo volver otro día?
- ¿Por qué?
- Por que tú tienes algo que me falta y quiero averiguar qué es.

Amy sonríe por vez primera, asintiendo levemente. Ella siente lo mismo.
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