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09 abril 2018

Yo tenía una vecina pianista




Una noche, mientras daba mis primeros y torpes pasos en la cocina, moví una banqueta y, como consecuencia, la vecina del piso de abajo subió a nuestra casa hecha un basilisco. No pudo ser un gran estruendo, mi madre no lo hubiera tolerado, pero por alguna conjunción de factores que siempre desconoceremos, a aquella mujer, un pequeño ruido nocturno en el piso de arriba, allí y entonces, debió parecerle intolerable. Tal vez, incluso, llegara a insultarnos. No lo sé. No recuerdo nada. Simplemente fui un testigo no fiable en pleno estadio sensoriomotor. Lo que sí sé, es que mi madre nunca se lo perdonó. Desde ese momento, aquella casi desconocida pasó a llamarse, inapelablemente, “la bruja”.

Y se desató una guerra silenciosa entre ambas familias, una férrea y continúa lucha de poder y delimitación del espacio vitalo-vecinal en la que ni una de nuestras sabanas podía, siquiera, rozar su ventana en el patio en el que se tendía la ropa (so pena de acabar hecha trizas). Por lo tanto, crecí pensando que cualquier gesto de amabilidad o cívica cortesía hacia cualquiera de ellos, desde dar los buenos días a sujetar la puerta del ascensor, era un acto de traición imperdonable hacia mi propia familia. Los vecinos de abajo eran siempre el enemigo. Los otros.

Tal vez por algún tipo de venganza cósmica hacia mi primer y único “delito de contaminación acústica”, la bruja tenía una hija pianista dos o tres años mayor que yo. Aunque, para ser justas y precisas, habría que decir que no era pianista, sino que, más a menudo de lo que nos gustaría, aporreaba el piano. Debía ser (o yo me lo imaginaba de esta forma) un instrumento viejo, probablemente sin tapa, descascarillado, de teclas amarillas, vencido por algún lado. Alguna herencia o compra de segunda mano que nadie se molestó en cuidar. Un simple trasto-rinconera que ocupaba el menor espacio posible. Y él lo sabía. Por eso se quejaba amargamente a través de su llanto desafinado.

Y siempre ocurría igual. No había un horario fijo ni rutina que pudiera darnos la voz de alarma. Tampoco escalas ni calentamientos previos. Casi a cualquier hora del día, la pianista comenzaba a tocar de golpe siempre la misma pieza. Aquello era un maremagnun chirriante, un violento volcán de vibraciones para el que no había huecos bajo las mesas, ni espacios en los marcos de las puertas en los que protegerse. Y se equivocaba siempre, siempre, en las mismas notas. Nunca llegó a dominar la única pieza de su repertorio (¿Por qué nunca intentó tocar otra canción? ¿qué significado autobiográfico oculto contendría?). Con el paso del tiempo, llegué a conocer tan bien aquella melodía, que me autoconvencí de que yo  misma podría reproducir el tema sin fallos, nota por nota, en aquel piano moribundo.

Lo más triste es que no había entusiasmo, pasión, ni amor en aquellas unplugged sessions. Solo el obstinado sentido de la responsabilidad de una chica aplicada que abandonó sus estudios de música, y que, al mismo tiempo, quiso seguir amortizando incansablemente la inversión que, años atrás, hicieron sus padres. Casi contenía una tierna súplica que me conmovía, un “por favor, no perdáis la fe en mí”. Hay esperanza en la renuncia. Siempre.
Por mi parte, nunca supe que me molestaba más: si la invasiva y violenta sonoridad que lo anulaba todo o la traición a la delicadeza, al buen gusto, al oído, a la música. Yo entonces no lo sabía (era demasiado joven para casi todo). Pensaba que se trataría de algo temporal (los vecinos se acabaron mudando, la tortura musical cesó), pero mi vida, muchos años después, seguiría siendo exactamente igual que entonces: una continua sucesión de mala música de la que resulta imposible huir.


*

12 junio 2015

Espacio




Querido diario,

Ya no dormimos juntas. Como viene siendo habitual, la decisión fue mía. A pesar de que siempre he sido una conquistadora, no puedo evitar que su enorme cuerpo lo invada todo, que todo en ella, hasta su respiración, me asfixie. Quiere que la convierta en el eje de mi existencia, en el centro de un minúsculo y despoblado sistema solar, tal es su ansia de afecto y su egolatría. En todo lo referente a mi, carece de la noción de espacio personal. Cuando estamos juntas, es como si ni siquiera el aire pudiera separarnos. Su amor es como un maldito recipiente de envasado al vacío. Mentiría si dijera que ya no la quiero (muchas veces a mi pesar), pero en mi vida nunca ha habido (e intuyo que nunca habrá) nadie más con quien poder compararla. A veces intento recuperar parcelas de individualidad irritándola o enfadándola a posta, pero parece que ni mis manías o hábitos más insoportables (como estrenar sus cosas antes de que lo haga ella o arrancar, distraída y ladinamente, trozos de sus adoradas plantas) puedan mantenerla alejada demasiado tiempo. Su rostro se tiñe de un "rojo tomate" antiestético y su voz adquiere un tono ultrasónico sólo apto para algunos oídos privilegiados, pero al poco tiempo me busca y casi puedo ver alejándose, a mucha distancia, las feas nubes del rencor. ¿Acaso no existe un sano punto medio entre el desapego y la adoración? Por mucho que yo recorte y limite, ella encuentra y trenza nuevos y desconocidos lazos. ¿Llegará otra (u otro) a su vida para que yo pueda vivir una tregua o estamos condenadas a convertirnos en un ente siamés? Lo cierto es que yo no puedo ser siamesa, ni por principios ni en ninguna de sus acepciones. En mi cartilla dice, humildemente, “gata común”.

*



28 mayo 2015

Tiritas infantiles



18:06- Punto de encuentro. Comienzo de la operación Alice (conseguir intercambiar más de dos palabras con ella sin tartamudear, ganarme su gratitud, convertirme en héroe de la clase y lograr que sea mía para siempre).

18:08- Avistar a Alice con mis prismáticos a la salida de su clase de violín. Descubrir que tiene una herida en el dedo y agradecer a mi padre por incluir en mi mochila de boy scout humillantes tiritas infantiles.

18:09-  Tener preparada la copia del exámen de química, previamente birlada del despacho de la profesora, aviso de incendio mediante.

18:12- Alice es parada en mitad de la acera por Maggie “Brave” Kirkpatrick, la pelirroja con pelo de muelle.

18:15- Alice es parada en mitad de la acera por Michaela “Allora” Abbadessa, la italiana que tras 7 años en USA ya sólo recuerda los insultos.

18:25- Alice es parada en mitad de la acera por un tipo andrógino con odiosa coleta hipster al que no consigo distinguir por culpa de mis empañados prismáticos. ¿Stevie Anderson? ¿Larry Lisbon? ¿Jared Leto? ¡Maldición, es Samantha “The Hulk” Jones!

[Nota mental: Solicitar un nuevo examen ocular].

18:31- Alice se acerca al punto de encuentro, pero es parada en mitad de la acera por un repelente rubio teñido made in Disney Channel.

18:33- El pelopaja coge a Alice de la mano. Ella parece asustarse. Están lo suficientemente cerca como para poder defender su honor mediante una “Mc maniobra” sin que consiga ostiarme

[Nota mental: Tener siempre a mano el spray de pimienta anti-violaciones].

18:34- El pelopaja besa a Alice. Ella le devuelve el beso y le mete las manos en sus mullidos bolsillos traseros mientras los aprieta con fruición.

18:34’-¡Abortar misión! ¡Abortar misión!

18:35- Esconderse detrás de un arbusto mientras ambos pasan a tu lado por la acera baboseándose.

18:37- Depositar los 5 kg que contenía tu mochila en los contenedores más cercanos. Notar un alivio en la zona superior de la espalda y un malestar creciente en la zona del pecho y la entrepierna. 

18:49- Llegar a casa y comprobar que el único material que por algún motivo ha conseguido zafarse de la fracasada misión han sido las muy puñeteras tiritas infantiles.

*

23 diciembre 2011

El vórtice



Hay un vórtice en el techo de mi sala. La primera en descubrirlo fue Michelle. En ocasiones giraba la cabeza bruscamente hacia arriba y clavaba sus enormes ojos amarillos en un punto concreto del techo. Al principio pensé que se trataba de un insecto porque su cara mostraba la típica atención fascinada que suele dedicarle a los bichos y a las palomas, pero pronto me di cuenta de que no podía haber una mosca tan inmóvil y silenciosa, así que comencé a investigar en internet, la biblioteca, e incluso, en los programas de Iker Jimenez, aunque no llegué a ninguna hipótesis concreta. Por lo que a mi respectaba, bien podía tratarse de una gotera intermitente, un espíritu inquieto o una puerta a Narnia.

Sin embargo, mi rutina cambió. Me escapaba a la sala con cualquier excusa, no fuera a ser que aquella cosa extraña se descubriera en el momento más insospechado y me perdiera el espectáculo. Michelle no tenía que esforzarse, la veía cuando le daba la gana. Creo que, incluso, encontraba cierta satisfacción vengativa en eso de tener la exclusividad (¡como si no la tuviera siempre!). [Inciso: sólo he querido ser gata dos veces en mi vida, cuando me operaron de mis horrendas orejas de soplillo y durante esos días extraños].

Una tarde, mientras me merendaba los deberes de historia, de repente, mire hacia arriba y… ¡¡¡lo vi!!!. Sin embargo, mi alegría duró poco. Era mucho menos espectacular de lo que me imaginaba. Algo así como una pelusa negra gigante que giraba sobre sí misma como una hélice o una batidora. En aquel momento pensé que tal vez mis padres no estaban haciendo la prueba del algodón con la frecuencia con la que deberían (o que ya tocaba mi primera sesión con el oftalmólogo), pero tuve un arranque de genialidad (bueno, uno de muchos) y lancé un lápiz hacia arriba, justo sobre la batidora. Para mi sorpresa y la de Michelle, antes de tocar el techo, la cosa emitió una luz cegadora ¡y se lo tragó!

¡Aquello era lo más emocionante que me había pasado en mis 11’5 años de vida! (además de descubrir que mi intelecto superdotado me permitiría saltarme dos cursos, claro está). Avise a toda mi familia para informarles sobre el descubrimiento científico que, probablemente, cambiaría el rumbo de la historia, pero, tal y como sospechaba, sus mentes simples se cerraron en banda. Mis padres me miraron con la misma mezcla de preocupación y lástima que le dedican a Michelle cada vez que la llevan al vete a ponerle sus vacunas y me obligaron a prometer que no podía decírselo a nadie. “Tienes demasiada imaginación, cariño”, me dijo mi madre. Y cuando intenté argumentar, mi padre añadió “claro, la pobre es tan lista, que no encuentra estímulos en nada y se aburre”. A mi hermano Alain, tras este último y humillante comentario, le salió un chorro enorme de coca cola por la nariz e improvisó un cuadro abstracto en las cortinas nuevas. Entonces, mi madre y mi padre, mágicamente sincronizados, comenzaron a reñirle y a darle pescotazos. Desgraciadamente, tras aquella patética maniobra distractora no volvimos a hablar del tema. El muy lerdo me había birlado el protagonismo… ¡otra vez!

Para mi desconsuelo, el vórtice solo aparecía de vez en cuando y siempre en los momentos más inoportunos (cuando estaba a punto de resolver un complejo problema de física, durante los finales de las películas, cuando algún degenerado, via twitter, amenazaba con cortarle el flequillo a Justin Bieber…). Y aunque no volvió a manifestarse con mi familia presente, no me dejé apabullar. El siguiente paso de mi plan para probar su existencia llegó en forma de carta. Obviamente, el material que se tragaba tenía que llegar a alguna parte y como soy una persona precavida elegí el lenguaje binario (encontrar un traductor en la red fue fácil. Las matemáticas son el idioma universal y nunca se sabe a qué rincón del universo podría llegar). En la misiva explicaba el fenómeno y también adjuntaba mi dirección junto con mi número de teléfono. Tres meses después de no recibir nada más que los (¿inoportunos?) arañazos de Michelle, decidí explorar otras posibilidades, pero antes de que me decidiera por alguna de ellas, ocurrió el motivo de esta carta.

Confieso que la idea se me había pasado por la cabeza, y que, incluso, fantaseaba con practicarla con los integrantes de mi lista “50 personas a las que no salvaría de una hecatombe nuclear”, pero tengo mis principios y nunca llegue a considerarla una opción válida.
Aquel martes me dirigía con el tiempo justo a mi lección de violín y la casa se encontraba vacía (mis padres estaban trabajando y mi hermano en clase de rugby). Justo cuando abría la puerta, me asaltó un tipo bajito de encías enormes y pelo lacio-relamido que decía tener un regalo para mí. Ese breve e inoportuno momento fue aprovechado por Michelle para escapar al rellano. Cuando quise atraparla en las escaleras de abajo, el individuo ya se había colado sibilinamente en mi casa y estaba abriendo su maletín. Al principio pensé que quería venderme algo y aunque insistí en el hecho de que tenía prisa, él no dejaba de recalcar la importancia del presente que iba a recibir ese día.

Antes de que me diera tiempo a protestar, se autoinvitó a sentarse en el sofá del salón y me entregó un par de folletos con los dedos pringosos de vete tú a saber qué. Mi cara de asco mal disimulado se elevó a asco infinito cuando descubrí que su contenido versaba sobre la iglesia de la cienciología. Entonces se me ocurrió que, ya que iba a llegar tarde por primera vez en mi vida, podría darle la vuelta a la situación divirtiéndome un poco a su costa, así que comencé a preguntarle por Tom Cruise y el secreto de su juventud eterna.
Digamos que, al tipo, aquel inciso le hizo moderada gracia y tomó un atajo a L. Ron Hubbard y su dichosa Dianética, pero yo, con más reflejos aún que Michelle, contraataqué con los orígenes de su religión, comparándolos con la cuarta peli de Indiana Jones (esto le hizo menos gracia aún). Antes de darme cuenta, se había iniciado un partido de tenis dialectico entre ambos y la cara del hombre comenzaba a tomar un feo color langosta. En el punto más airado de la discusión, el cienciólogo escupió que yo era una mocosa resabiada con serios problemas mentales, a lo que yo aproveche para darle mi golpe de gracia, contestándole algo tan bueno, que no puedo evitar citarlo literalmente “una religión cuyo auténtico dogma asegura que las enfermedades mentales no existen y que todos sufrimos los recuerdos traumáticos de unos alienígenas asesinados en la Tierra con armas nucleares por un malvado jefe supremo, me merece el mismo respeto que las predicciones de la bruja Lola”.

Fue en ese momento cuando ocurrió. El hombre se levantó, como impulsado por un resorte gigantesco, y el vórtice, situado justo encima, se abrió, inesperada e inoportunamente, tragándoselo a él y a su (más que probablemente) estúpida respuesta. Lógicamente, mi primer impulso fue salir corriendo de casa (¿y si yo era la próxima víctima del vórtice o de los airados alienígenas?), y acabé refugiándome en la casa de unos tíos. Dos días después, cuando hube recuperado el pulso y el habla, les expliqué lo ocurrido a mis padres y, en lugar de llevarme a la policía, tal y como me temía, insistieron en internarme en un hospital psiquiátrico. No fue hasta varios días después, cuando la noticia de la desaparición del cienciólogo se hizo pública, que todo el mundo comenzó a atar cabos. Yo seguía en estado de shock mientras me llevaban de allá para acá y me acribillaban a preguntas. De hecho, a pesar de mi memoria fotográfica, ni siquiera tengo recuerdos claros del mes que siguió a la confesión. Lo primero que recuerdo claramente, fue su visita a mi habitación y la petición de escribir esta carta.

Mi psiquiatra me ha diagnosticado un trastorno psicótico breve e insiste machaconamente en que, además, padezco síndrome de asperger leve sumado a ciertos rasgos psicopáticos como la falta de empatía y los delirios de grandeza (¡ja!). En mi modesta opinión, creo que la buena mujer tenía que ponerme una etiqueta y que esta ha sido la más socorrida que ha encontrado teniendo en cuenta las extrañas circunstancias. Sin embargo, sé que tiene muchas dudas sobre la veracidad de mi historia y que todo este asunto le inquieta más de lo que se atreve a admitir. No la entiendo. Teniendo en cuenta lo deprimente y anodino que es su trabajo, debería estar emocionada y motivada por un caso tan extraordinario como el mio. No dejo de insistirle en que la verdad está de mi parte y que no tiene nada más que buscarla ahí fuera, pero ella me mira con la misma expresión bovina con la que mi hermano observa las escenas de sexo de las películas. Obviamente, nunca ha oído hablar de Mulder y Scully.

Y aquí concluye mi historia, señoría. Este es el resumen de los acontecimientos esenciales, contados como si los escribiera en mi diario, tal como me pidió. Lo que ha ocurrido es algo extraordinario y desafortunado que está llamado a cambiar para siempre la historia de la ciencia (yo solo estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno). Apelo a su sentido común y a su inteligencia para abrir su mente y ver lo que ni mi familia, ni mi psiquiatra, ni mi abogado han sido capaces de comprehender. Seguro que con mi clara y contundente prosa he resuelto todas las posibles dudas que le puedan quedar respecto a mi inocencia. No voy a mentirle: este asunto ha trastocado mi vida y la de mi familia y deseo que todo se aclare y resuelva lo antes posible (y si fuera antes del verano y de mi viaje a La Austria de Mozart, mejor).

Espero que a la llegada de la presente se encuentre bien.

Atentamente,

Alicia Robles.

14 febrero 2010

L'exigeante désespérée



En una agencia de contactos:

- ¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarla?
- Quiero devolver a un hombre
- ¿Disculpe?
- Sí, al tipo con el que me habían concertado una cita. No me satisface y lo quiero cambiar por otro
- Escuche, madame, eso que nos pide es imposible. Las personas no se devuelven, no son objetos...
- ¿Entonces qué hago con él?
- ¿¡Como que...!?. En fin, nosotros hacemos la selección de candidatos y ofrecemos el perfil más compatible. Una vez hecho esto, ahí acaba nuestra responsabilidad. En caso de que surja algún problema, debería hablarlo con él, no con la agencia
- ¡Ustedes me garantizaron el flechazo!
- No, madame, le garantizamos una persona compatible con usted en un 90%
- Es lo mismo
- No lo creo
- ¡Es que me han elegido a un soseras!
- Escuche, madame...
- Tavernier
- OK, Madame Tavernier, ¿ese soseras no tiene sus mismos hobbies?
- Sí, le gusta la jardinería, la micología y el patinaje artístico, como a mí
- ¿Y en cuanto a personalidad y filosofía de vida?
- Bueno, también es un pesimista reconvertido
- ¿Disfruta de su compañía?
- Es agradable hablar con él
- ¿Siente atracción hacia este hombre?
- Sí...
- Entonces, ¿cuál es el problema?
- Ya se lo he dicho: no me satisface
- ¿En que sentido no la satisface?
- No me gusta el rumbo que esta tomando esta conversación, joven
- Discúlpeme, pero sigo sin entender por qué lo descarta tan radicalmente
- Es que... ¡tararea mientras come!
- ¿Durante las comidas?
- Sí, a Wagner. Todo el tiempo
- Vaya...
- ¿Usted sabe lo que es comer con la cabalgata de las Valkirias?
- Me hago una idea, señora, pero a pesar de esa peculiaridad, ¿es lo único que le molesta de él?
- ¿Pero es que no le parece poco?
- Hombre, pues....
- ¡Si hasta la comida me huele a napalm!
- Entiendo, yo también he visto Apocalypse Now, pero...
- Bueno, es que no es sólo eso, también influye el hecho de que hable en diminutivos. Suelta cosas como “estamos en plena crisecita”, “hace friito” o “soy curiosito”
- Pues a mi me resulta entrañable. ¿Sabe que los italianos hablan... ?
- Por favor, a veces tengo la sensación de que el comando Anti-Cursis va a aparecer en cualquier momento...
- En fin, entiendo que sea eso importante para usted, pero mírelo en conjunto. Además de esas dos cosas, ambos tienen muchísimo en común, ¿verdad?
- Si, bueno...
- Tengo su ficha aquí mismo y pone que pidió a alguien que fuera lo más parecido posible a...
- Sí, sé que lo dije, pero no es este el caso
- ¿Piensa que hay alguien más compatible en nuestro fichero para usted?
- Exacto
- ¿Y no cree que de ser así ya lo habríamos encontrado?
- Usted no lo entiende, joven, tengo que librarme de él ya o de lo contrario...
- ¿De lo contrario qué? ¿Amenaza con demandarnos?
- No... es algo mucho peor
- ¿A qué coj....narices se refiere, madame?
- Es que...
- ¿Si?
- ¡Me estoy enamorando de él, maldita sea!


Esta actualización continua en.... http://www.chataignesetchocolat.blogspot.com/

06 diciembre 2009

The "agar-agar" quality



En el despacho del jefe:

- Me han dicho que quería verme, señor Uriarte
- Efectivamente, Gómez, siéntese
- ¿Y bien? ¿Qué es eso tan urgente que quería comentarme?
- Me temo que tengo malas noticias para usted
- ¿De que se trata?
- Está despedido
- ¿¡Cómo.... !?¿Por qué?
- En los casi cinco años que lleva trabajando para nosotros, ni una sola vez ha llevado máscara. Hasta ahora hemos hecho la vista gorda porque era usted un trabajador excepcional y tenía muchas cualidades que lo compensaban, pero lamentablemente, una serie de desafortunadas circunstancias nos han confirmado que toda máscara es imprescindible
- ¿Me está diciendo que mi único fallo ha sido no llevar... careta?
- Exacto
- ¿Y no es algo que se pueda remediar?
- Me temo que no
- ¿Pero no es mucho más cómodo y económico para la empresa que yo comience a llevar careta, que contratar a un nuevo empleado y formarlo en...
- Desgraciadamente, Gómez, esa opción queda descartada
- ¿Por qué?
- Por que se tardan años en construirse una careta. Y ambos sabemos que usted es muchas cosas, pero no es un buen actor...
- ¡Déjeme intentarlo, señor Uriarte! ¡Estoy dispuesto a maquillarme si es preciso! ¡Póngame a prueba!
- Me temo que eso es imposible. La decisión ya está tomada. Lo siento
- Está bien. Dígame, al menos, que tipo de males irreparables he causado durante estos años
- Es usted... como esas algas transparentes que sirven en los restaurantes chinos, Gómez. Todo el mundo puede ver lo que hay debajo
- ¿Y eso es muy malo?
- Es catastrófico. Si se ha muerto su perro, le cae mal fulanito o hace tiempo que no moja, es incapaz de disimularlo. Dos personas acabaron con el brazo engrapado por comparar diariamente los atributos de los protagonistas de Crepúsculo; y su sarcasmo patológico casi empujó al suicidio a Martínez, el que se peina con cortinilla. Como comprenderá, esta actitud, además de nada profesional, afecta directamente al resto de sus compañeros
- Bueno, yo creo que en mayor o menor medida, eso nos pasa a todos. Quiero decir, que por mucho que se intente, no se puede ser un presentador de TV las 24 horas del día, ¿no?
- Pero se disimula lo que se puede. No está usted solo en el mundo, ¿sabe? Además, también está el problema de la honestidad brutal....
- ¿Honestidad brutal?
- Sí, sí, esa sinceridad hiriente suya que dejaría al Doctor House a la altura de Bob el esponja
- Perdone, pero no entiendo lo...
- ¿Qué fue lo que le dijo a Maria cuando nos trajo a su bebé a la vuelta de su baja maternal?
- Que tenía cara de Gremlin y nunca debería darle de comer después de la media noche
- ¿Y bien?
- ¡Ella me pregunto que si no me parecía el niño más mono del mundo!
- ¿Y por qué no mintió como hacemos todos, Gómez?
- Porque el pequeño gremlin no se lo merecía. ¿Qué bien le hace que todos intenten convencerle de lo que no es?
- Ese no es su problema. Debería haber dicho simplemente que era una monada y punto
- .....
- En fin, Gómez, estoy seguro de que esta información no le sorprende. Debe haber tenido muchos sucesos de este tipo a lo largo de su vida
- Bueno... mis padres me encerraban cada vez que teníamos visita... mis profesores siempre me preguntaban lo que no sabía... las chicas me abofetean a menudo... y más de una vez me han robado la cartera en el metro mientras fingían consolarme...
- ¿Lo ve? Todos estos problemas podrían haberse evitado si se hubiera acostumbrado a llevar máscara desde una edad temprana
- ¿Pero y si siempre hubiera llevado una y al llegar a casa, al final del día, no pudiera quitármela? ¿Y si a fuerza de mentir y disimular hubiera olvidado quien soy?
- ¡Por Dios, Gómez, no me sea melodramático!. Ese es el riesgo que hay que correr. Además, mírelo por el lado positivo: también podría ser Batman...



03 noviembre 2009

Introyección



Además del cabello negro, los ojos grises y una marcada tendencia al “dramatismo siciliano”, los Rygalski han heredado durante generaciones un extraño y desconcertante rasgo: en los momentos más cruciales y significativos de su vida, un malévolo hombrecillo de ojos saltones y traje verde musgo aparece, surgido de la nada, dictándoles instrucciones o revelándoles supuesta información básica sobre ellos mismos.

Nadie sabe el origen o la causa de tan extraordinario hecho. Cuando Jan Rygalski cruzó el Atlántico desde su Polonia natal en 1925, el “duende terrible”, como él lo llamaba, ya había destrozado el matrimonio de sus padres, causado una embolia a su hermano mayor y llevado a su remilgado tío abuelo al alcoholismo. Pero no fue hasta la primavera de 1956, cuando el secreto familiar salió públicamente a la luz. Tom Rygalski, hijo de Jan, sufrió un inesperado ataque de pánico en una proyección de La invasión de los ladrones de cuerpos. Testigos presenciales aseguran que el joven se levantó histérico de su asiento en una escena clave del film y se dirigió a la pantalla con los puños levantados gritando: "¡sabía que eras un alien, maldito enano cabrón!"

A partir de ese momento, los tests psicológicos, los experimentos farmacológicos y los exámenes neurológicos se convirtieron en una rutina habitual para cualquier miembro de la familia Rygalski. No hubo terapia experimental o nuevo medicamento cuyos efectos secundarios no sufrieran. Sin embargo, tras 50 infructuosos años de tortura al más puro estilo conejillo de indias, la medicina y la psicología tiraron finalmente la toalla y el caso Rygalski acabó enterrado bajo la etiqueta más vergonzosa de todas: origen idiopático.

A pesar de la mil veces asegurada confidencialidad de médicos y psicólogos, su particular historial médico trascendió a circuitos menos privados y los Rygalski alcanzaron cierta merecida fama de pirados en Providence, su ciudad de adopción. Miles, hijo menor de Henry, y conductor de autobús, confirmaba la rumorología popular aterrorizando ocasionalmente a buena parte de sus viajeros. Era un secreto a voces que tenía por costumbre hablar sólo y que cedía temerariamente el volante a un supuesto ser invisible que, en una ocasión, incluso, le instó a robarle el paraguas a una vieja artrítica.

Con semejantes antecedentes, James o Jim, el menor del clan Rygalski, parecía predestinado a convertirse en un Renfield del siglo XXI. Las referencias a los manicomios, las camisas de fuerza y las invocaciones a su supuesto amo, fueron la cruz que el joven tuvo que sufrir desde su más tierna infancia. Sin embargo, en su corta e insólita vida, también hubo pequeños o grandes oasis. El lluvioso día que cumplió cinco años, el pequeño Jim tuvo un insight magico que marcaría su vida para siempre. Mientras caminaba bajo el paraguas agarrado de la mano su madre, se encontró frente a un músico callejero y, sin saber cómo ni porqué, sintió, al mismo tiempo, como el universo entero se replegaba y expandía arrastrándolo con el. Su intuición infantil supo entonces que había vuelto de un largo viaje y que, paradójicamente, no estaba en el mismo sitio. Escuchó gritar a su madre, instándole a volver junto a ella, pero el niño sólo podía contemplar extasiado sus pequeñas manos bajo la lluvia. Sentía como la humedad traspasaba su ropa hasta alcanzarle la piel, pero su emoción era tal que los músculos de su cuerpo se negaban a moverse.

Horas después de que los médicos de urgencias le diagnosticaran catatonia, James se despertó bruscamente, miró a su madre, y con ceremoniosidad adulta le dijo: “yo de mayor quiero ser músico”. En ese preciso instante, desde la esquina opuesta de la pequeña habitación de hospital, una espesa cortina de humo verde reveló a un hombre anormalmente bajito que fumaba en pipa y le miraba con una sonrisa entre irónica y cínica. Aquella fue su primera visita.

[C O N T I N U A R Á]

12 julio 2009

Girlfriend in a coma



En el hospital:

- ¡La estamos perdiendo, doctora!
- ¡Rápido, léame el cuadro clínico!
- Ñoñilidad extrema, monotematismo, despersonalización, perdida total de curiosidad e inquietudes, aislamiento romántico tipo 3, amisticidio y apatía social. En total, la reducción de su microcosmos es de un 70%
- ¡Maldición! ¡Es uno de los peores casos que he visto! ¿Por qué no nos la han traído antes?
- Nadie lo sabe, doctora. El verano suele agravar esta condición...
- ¿Le queda algún buen amigo? ¿Tiene hobbies?
- Sólo colegas. Antes solía ir regularmente al cine, ahora sólo ve las películas que se descarga su novio... y es fan de Vin Diesel...
- ¡Inyectadle rápidamente 30 mg de Desdependizipam y 80 de Espabilina!
- ¡No reacciona doctora! ¡Sus constantes vitales bajan! ¡La vamos a perder!
- ¡Probad con el Estimil directamente al corazón! ¡Rápido!
- ¡No funciona!
- ¿Y el Acabarasolanol?
- ¡Tampoco! ¡Se ha ido!
- ¡Que lástima! ¡Un caso tan grave, en pleno siglo XXI...! Aquí yace otra víctima del Noviocentrismo...

23 mayo 2009

Coffee Break



- Acabemos con esto de una vez
- ¿A qué te refieres?
- Ya lo sabes...
- No, no lo sé
- A tu cuelgue por mi
- Creo que te confundes...
- Tú me miras, a todas horas y desde todos los ángulos
- ¿No será que quien me mira eres tú?
- No te escapes vilmente por la tangente
- No lo hago. Pero creo que estas proyectando tus sentimientos
- ¿Yo no te gusto?
- No
- ¿Ni un poquito?
- Nada de nada, monada.
- ¿Entonces por qué me desnudas mentalmente cada vez que nos cruzamos?
- Porque eres una persona... visualmente muy apreciable
- Entonces sí te gusto
- No, no me gustas
- Acabas de insinuar que te pongo
- Sí, pero poner y gustar no es lo mismo. Yo a ti simplemente te utilizo
- ¿Me utilizas?
- Sí
- ¿Para qué?
- En mis fantasías
- Así que cuando tú...
- Cuando estoy con alguien que no me, digamos, excita lo suficiente, pienso en ti
- ....
- ¿Te molesta?
- ¿Qué abuses de mi en tu inconsciente o ser simplemente un objeto sexual?
- Ambas cosas
- Pues si, me molesta
- Pensaba que esta revelación halagaría tu ego masculino. ¿Acaso tú no has fantaseado nunca conmigo?
- Sí, pero...
- ¿Pero qué?
- No te entiendo
- ¿Qué es lo que hay que entender?
- Que te baste con eso
- ¿Acaso no te basta a ti?
- ... sí
- ¿Entonces?
- Estás colada por mi, ¡admítelo!

25 marzo 2009

Jennifer save me



No consigo entender por qué, noche tras noche, acabo en su cama. Ya no puedo dormir solo. Siempre es ella a pesar de las otras. La busco con la urgencia e indefensión de un mendigo. Su espacio no es una batalla a ganar, sino más bien un puente, un lenguaje común, un templo simbiótico.
Entro en su habitación suavemente, sin apenas hacer ruido, buscando la aprobación en sus ojos húmedos. Ella tiene ojos de agua de noche. Su piel huele más intensamente justo antes de dormir. Tiene un brillo de promesa, de determinación, como una flecha disparada por una mano misteriosa. Y en algún punto del arco de la fatiga al rocío, me acoge. La acojo. Nos acunamos cuando el día comienza a despertar, perezosos del natural ritmo de las horas. Siempre es tarde. Se ha agotado ya la arena de sus zapatos cuando el día intercambia unas urgencias por otras. Me levanto de la cama con delicadeza de sombra mientras ella susurra palabras en un idioma inventado, y la observo sólo una vez más antes de despedirme para siempre...


Narradores insólitos I: el gato Andy. ¿O qué esperabais? ;)


10 febrero 2009

Intentions


- ¿Qué te pongo?
- Pues me lo estoy repensando...
- ¿Cómo?
- Creía tenerlo claro mientras me dirigía a la barra, pero al ver tu amenazadora expresión, no sabia si quedarme inmóvil como con los gorilas o echarme al suelo al estilo atraco...
- ¿Qué me estás diciendo, tía?
- Que acabo de darme cuenta de que en un concurso camareril, tu te llevarías el premio “Cardo”.
- ¡¿Qué?! ¿me estás tomando el pelo o es que me he tomado el desparasitador del perro sin darme cuenta?
- Hay un proverbio chino que dice “si no sabes sonreír, no abras una tienda”.
- Bonita, para insultos, linchamientos, y borderismos varios, vete a pedirle algo al calvo de la izquierda, que le ponen...
- No, en serio, creo que tienes un grave problema de actitud. Hace tiempo que te observo y siempre tienes la misma cara de animal encerrado... en una jaula de queso rancio al parecer...
- Oye, tía, ya sé que hay que mantener la compostura y que, en teoría, el cliente siempre tiene la razón, pero esto sobrepasa el limite de la paciencia de cualquiera. Tus tonterías hace rato que empiezan a tocarme los..
- No digas la palabra... ya has sido suficientemente zafio por hoy. ¿No te basta con como has tratado a la chica de la mesa 6?
- ¿Cómo coño la he tratado?
- En vez de servirle el sandwich, parecía que ibas a golpearla con saña con el. Y para mas inri era vegetal. ¿Qué puede haber menos amenazador en el mundo que un sandwich vegetal?
- ¡Estás loca! Dios, ¿por qué me tocan todos los tronados a mi? Además, ¿eso a ti que cojones te importa? ¿Qué leches haces tú vigilando todos mis movimientos?
- Soy curiosa.
- Ahora resultará que soy un sádico y un maltratador. ¿Qué vas a hacer, denunciarme a Amnistia Internacional?
- No, en realidad, tenía otra cosa que proponerte....
- ¿Qué?
- ¿Follamos?

03 enero 2009

Las imprudencias (navideñas) se pagan


- ¿Qué es lo peor que has hecho en navidad?
- ¿A que te refieres exactamente? ¿a los excesos alcohólicos? ¿gastronómicos? ¿o más bien a los efectos colaterales de la nostalgia?
- Exactamente a eso último.
- Una vez llame a mi primera novia, con la que no había hablado en cinco años, para cantarle Jingle Bells a las 4:00 de la mañana. Yo estaba muy borracho y ella estaba muy "de Erasmus". ¿Y tú?
- Enrollarme con un trekkie en una Christmas party, solo para darle celos al tipo con el que tonteaba.
- ¿Y funcionó?
- Nop. Y para mas inri, el trekkie aún me debe el dinero del taxi...
- ¡Cuanta inconsciencia! ¿Lo has pensado alguna vez? ¿Cuántas mendrugueces cometeremos en estas “entrañables fechas” llevados por la mezcla explosiva de soledad, alcohol y colocones de azúcar?.
- Cierto es. ¿Por qué no nos previenen sobre esto en algún tipo de super campaña navideña, en lugar de darnos el turre solo con los anuncios de la dirección general de tráfico? ¿acaso es que con la nostalgitis las imprudencias no se pagan?.
- Dímelo a mi, que la pille en la cama con un turco comiéndose un falafel.
- ¿Y si hubiera estado comiendo una borsch con un ruso te habría dolido menos?
- No es eso. Es que desde entonces no he podido volver a entrar a un Kebab sin hacer asociaciones mentales dolorosamente pornográficas.
- ¡Qué pena, con lo que a ti te gustaban!
- Sí...
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