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12 febrero 2018

Khaleesi (Winter is going away)




Preciosa Khaleesita,
temperamental leona,
bailarina del color,
eterna juguetona,
me miras desde la templada profundidad de tus ojillos azules,
que son como dos botoncitos que te hubiera cosido el agua,
y sé que comprendes,
que recibes,
mi ternura espinada,
mis distancias de roca,
y la rígida capa de musgo que me hiberna.
Tal vez por eso,
solo desciendes de tu trono de hierro,
para que nos desroblemos
ambas.



*

01 abril 2017

Nunca te había visto sonreír



Y allí estaba yo, en alguna elipse externa a mi “comfort zone”, luchando para que los latidos de mi corazón no se superpusieran al hilo musical y el verbo no fuera un amigo que te traiciona por la espalda. Mi sola presencia era un mensaje. Llevaba escrita una declaración de amor en la frente y en cuanto tú la leyeras ya no habría vuelta atrás, al refugio de la segura y familiar zona 0, donde la vida no pasa. Entonces me miraste con ojos titilantes y una sonrisa de felicidad se dibujó en tu rostro, arrastrándonos a ambos, inexorablemente, como una ola de mar. Y desde allí fuiste estrenando, desgranando, engarzando nuevas sonrisas, y yo las fui lanzando al espacio, una tras otra, sobre los bordes de aquella otra elipse, para que me fueran guiando, como baldosas amarillas, hacia mi nueva casa.  

*

10 agosto 2014

Sonrisa eclipse




“Lo vi sonreír con su ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien llevó tantos años su herida por donde sólo llovía sal”.

Alejandra Pizarnik


La primera vez que lo vi sonreír fue a través de las viejas fotos de una pionera red social que ya nadie utiliza. Toparse con el álbum de los primeros veinticinco años de vida de un ser querido, flotando a la deriva en el abigarrado mal del ciberespacio, hoy día debe producir una emoción similar a la de encontrar una botella con mensaje en la orilla de una playa o desenterrar, por casualidad, una olvidada cápsula del tiempo.

Hay sonrisas a las que denomino eclipse, no porque oculten la luz de la persona que las posee, sino porque, por unos breves instantes, son capaces de cubrir completamente su oscuridad. Jim poseía una de esas sonrisas. A pesar de ser el tipo más melancólico que he conocido jamás (o tal vez por ese motivo), ocasionalmente estallaba en una contagiosa sonrisa armónica coronada por unos dientes perfectos, no exenta de serenidad y ternura.  

La diferencia entre una sonrisa feliz y una sonrisa eclipse es que la primera nunca deslumbra o desarma, sólo subraya lo que ya existe. Sin embargo, lo que hace verdaderamente especial a la sonrisa eclipse, es su hermosa fugacidad, su vocación de usurpadora de desdichas, su condición de milagro. Casi nunca nos damos cuenta, pero, muy a menudo, las sonrisas más bonitas vienen de las personas más tristes y solitarias.



*




30 noviembre 2013

Cinco minutos





Cinco minutos

en el trastero de los sueños,

sobre el margen

de un cuaderno lleno de historias

ajenas.

Cinco minutos

viajando de tus ojos

verde promesa

a tus labios

sin saber dónde querría

anegarme primero

(o enfundarme,

o estallar).

Cinco minutos

prestados

robados

arañados

desterrados de una orilla amarilla,

hambrientos.

Cinco minutos

como un anillo

que se abre y se cierra

para volver a abrirse y recordar

su infinitud maldita.

Cinco minutos

contra la desidia de los hombros vencidos

contra el peso de la felicidad irredenta,

contra la sal del silencio.

Cinco minutos

como nervaduras de galaxias

embrionarias

antes de las cosquillas.

Cinco minutos

como los que se regatean al despertador

para despabilarse aún con más hambre

de antorchas y caricias.

Cinco minutos

para guillotinar las yemas de la espera

únicamente

con las letras de tu nombre.

Cinco minutos

para escalar mi herida.

Cinco minutos

para renegar

de Ítaca.

*

11 octubre 2013

Remanencia




¿Qué te hace sufrir? Como si se despertara en la casa sin ruido el ascendiente de un rostro al que parecía haber fijado un agrio espejo. Como si, bajadas la alta lámpara y su resplandor
encima de un plato ciego, levantaras hacia tu garganta oprimida la mesa antigua con sus frutos. Como si revivieras tus fugas
entre la bruma matinal al encuentro de la rebelión tan querida, que supo socorrerte y alzarte mejor que cualquier ternura.
Como si condenases, mientras tu amor está dormido, el pórtico soberano y el camino que lleva a él.
¿Qué te hace sufrir?
Lo irreal intacto en lo real devastado. Sus rodeos aventurados cercados de llamadas y de sangre.
Lo que fue elegido y no fue tocado, la orilla del salto hasta la ribera alcanzada, el presente irreflexivo que desaparece.
Una estrella que se ha acercado, la muy loca, y va a morir antes que yo.
 
René Char

*


07 noviembre 2012

Agradecimientos

 
 

 Debo mucho
a quienes no amo.
 
El alivio con que acepto
que son más queridos por otro.
 
La alegría de no ser yo
el lobo de sus ovejas.
 
Estoy en paz con ellos
y en libertad con ellos,
y eso el amor ni puede darlo
ni sabe tomarlo.
 
No los espero
en un ir y venir de la ventana a la puerta.
Paciente
casi como un reloj de sol
entiendo
lo que el amor no entiende;
perdono
lo que el amor jamás perdonaría.
 
Desde el encuentro hasta la carta
no pasa una eternidad,
sino simplemente unos días o semanas.
 
Los viajes con ellos siempre son un éxito,
los conciertos son escuchados,
las catedrales visitadas,
los paisajes nítidos.
Y cuando nos separan
lejanos países
son países
bien conocidos en los mapas.
 
Es gracias a ellos
que yo vivo en tres dimensiones,
en un espacio no-lírico y no-retórico,
con un horizonte real por lo móvil.
 
Ni siquiera imaginan
cuánto hay en sus manos vacías.
 
"No les debo nada",
diría el amor
sobre este tema abierto.
 
Wislawa Szymborska,  de "El gran número" 1976  

 

*
 

24 diciembre 2009

Las tres figuras




En compensación por el olvido de su décimo cumpleaños, el tío favorito de Charlotte le prometió un regalo aún más especial de los que la tenía acostumbrada. Él sabía que sus gustos refinados y su particular y alternativo modo de vida ejercían una mala influencia sobre la niña. Era culpa suya que a Charlotte le fascinaran las antigüedades, la geología y los objetos extraños, lujos que quedaban fuera del alcance de sus padres. Sin embargo, en una vieja calle de Viena, acababa de descubrir el local perfecto y el regalo perfecto para su sobrina y, una vez más, no pudo resistirse.

Nada más abrir la puerta, Charlotte descubrió que la tienda era aún más deslumbrante de como la había imaginado. Pesadas y sobrias estanterías de nogal contenían una ecléctica y singular colección de caleidoscopios, snowglobes, joyeros y cajas de música. Pero ante su curiosidad analítica, eran los tableros de ajedrez o de damas delicadamente tallados, los que competían en fascinación con telescopios, brújulas, relojes de arena y extraños objetos sin identificar.

El dependiente, que para sorpresa y decepción de Charlotte, en lugar de un venerable anciano era un joven veinteañero, les sonrió cómplice desde el otro lado del mostrador.

- Tu debes de ser Charlotte
- Sí - respondió ella tímidamente
- Me han hablado mucho de ti, ¿sabes? Creo que tengo algo que puede interesarte...

Segundos después de desaparecer tras una puerta, el joven depositó sobre el mostrador tres pequeñas cajas de cartón. A Charlotte se le hizo un nudo en la garganta. Su intuición infantil le indicaba que algo inusual e increíblemente mágico se escondía en aquellas cajas. Con primor y cierta ceremoniosidad, el dependiente extrajo, uno a uno, el contenido de las tres cajas. Charlotte tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrar los tres tesoros que había ante ella y salir corriendo de la tienda. Pero en su lugar, la futura científica que habitaba en ella, tomó el mando:

- ¡Que maravilla! ¿De qué son?
- Este pequeño elefante que tienes delante ha sido tallado con un nuevo mineral extraído de un lago volcánico en Geysir, Islandia. Su particularidad, además de su belleza inquietantemente azul, es que siempre permanece caliente
- ¡Wow, es precioso! ¿Y esta de aquí, qué es?
- Esta... bueno, es una de las piezas más especiales de nuestra colección, ¿sabes? No es posible encontrarla en ningún otro lugar del mundo. ¿Tú que ves, Charlotte?
- Un colibrí
- Yo veo un phoenix. ¿Y tu tío?
- Un aguila- aclaró este sonriente
- ¿Y cómo es eso posible?- inquirió la niña
- Porque está hecha con un 50% de materiales reales y un 50% con, digamos, material “fantastico”...
- ¿Y el material real hace que...?
- Todos sean la ave de nuestra elección, sí

Reservando lo mejor para el final, como era habitual en ella, Charlotte no pudo evitar preguntar por el tercer tesoro.

- Voy a confesarte una cosa, jovencita. Esta es mi favorita. También es la preferida de tu tío y el motivo de que tú estés aquí
- Es maravillosa.... ¿De qué está hecha?
- Bueno, no puedo decírtelo con seguridad. Aunque sospecho que sólo el único o los únicos que lo saben con certeza son sus fabricantes. Lo que ves, está 100% fabricado con materiales irreales, por así decirlo
- ¿Me la puedo quedar?
- Sabía que te encantaría- sonrió complacido su tío- si la quieres, tuya es, aunque antes debes decirme qué has visto
- Una sirena
- ¡Estupendo!- repondió éste mientras extraía su cartera

Un mes más tarde, una sofocada y acelerada Charlotte, irrumpía precipitadamente en la misma tienda. La prisa de la carrera había desprendido varios mechones de su coleta, mientras que sus largos calcetines escolares se encontraban a la altura de los tobillos. Antes de poder quitarse la mochila, fue sorprendida por el dependiente

- ¡Que sorpresa, jovencita!. No esperaba verte tan pronto por aquí. ¿Acaso tienes algún cumpleaños o...
- Quiero devolver la figura
- ¿Qué?- el chico dio un paso atrás, como si la niña hubiera extraído un arma repentinamente
- Ya no la quiero- afirmó tajante
- ¿Prefieres el pájaro ahora?
- No. Quiero el elefante
- ¿Puedo preguntar por qué?- inquirió anonadado el joven
- Siempre pongo en mi mesilla mi juguete preferido o mi último descubrimiento. A veces es una nueva piedra, otras un libro...
- ¿Y?
- Cuando tengo pesadillas, me despierto y lo acaricio, entonces me siento mejor
- Creo que sigo sin entenderte...
- Yo... necesito algo real antes de dormirme por las noches




Dedicado a
tod@s los que como Charlotte o la Cecilia de La rosa púrpura de El Cairo, ante la disyuntiva de realidad o ficción, se han visto obligados a elegir lo primero. Merry Christmas.

20 noviembre 2009

Espaldas como muros



¿Dónde estaba yo cuando cayó el muro de Berlín? Mi memoria histórica registra los acontecimientos en fotogramas, nunca en secuencias. Los fotogramas se transforman en cadenas sinestésicas y, de repente, una canción en la radio o un tarro de mermelada, me trasladan a Berlín. Casualmente, muchos de mis caminos partieron de allí, porque ese 9 de noviembre, a 4000 km de distancia, también cayó mi muro.

¿Han odio hablar de esas grandes cantidades de excedentes de las plantaciones que se pudren y nadie aprovecha? Así había sido mi vida amorosa: una enorme cosecha desperdiciada. Y todo porque quince años atras me habían roto el corazón.
Durante todo ese tiempo, más que vacío, me sentía anestesiado. Casi podía observar mi vida y todo lo que formaba parte de ella a cámara lenta y con subtítulos, como si fuera una maldita película muda.

Cuando le conocí, yo era un matemático de mediana edad y él tan sólo un universitario. Bajé mis defensas, porque todo parecía tan predeterminado como una buena canción pop corta. Por mucho que quieras estirarla, incluso aunque la escuches varias veces seguidas, resulta agridulce porque no puedes evitar su precipitado final. Pero alguien pulsó la techa de pause y comencé a redimensionar mi vida, a recolocarla a través de todo lo que él me lanzaba, como los radares y los murciélagos. De repente, todo eran ecos de su cuerpo, su ropa, su nombre, su maleabilidad. Fue como vivir una segunda adolescencia. Sentía una acuciante y dolorosa mezcla de deseo y ternura, de ganas de arrancarle la ropa y acunarlo al mismo tiempo; y tuve que atarme la lengua y los brazos, como si yo mismo me hubiera colocado una camisa de fuerza.

Pronto comenzó la furia. Tenía el ansia de un quinceañero y la carga de la frustración de mis 40 años. De repente, era otro Eduardo con tijeras en lugar de manos que se muere por tocar, así que comencé a pegar, a veces indiscriminadamente. Provocaba a tipos indeseables o me iba a locales en los que antes no habría entrado ni muerto, y llegaba a casa amoratado y cubierto de sangre. Prefería sentir la resaca de ese otro dolor por la mañana siguiente. Dos culpas distintas buscan diferentes castigos y a veces se anulan la una a la otra. Sin embargo, por primera vez en muchos años, no me sentía anestesiado, al contrario. Me encontraba tan hiperactivo que no podía dormir, sólo quería gritar. Gritar, golpear y follar. Me aparecía una buena combinación.

Ese 9 de noviembre tenía el cuerpo tan machacado que mis dos únicas posibles opciones eran urgencias o emborracharme. Cara o cruz. Desde un pub en el que solía espiarle, lancé una moneda al aire y antes de poder comprobar mi destino, note un muro de calidez contra mi espalda y un par de brazos cruzando mi pecho. Instantaneamente, mi cuerpo se relajó y mutó, cambió de forma como si de repente hubiera pasado de sólido a líquido. En ese instante, cayeron al suelo todas mis defensas como pequeñas matrioskas y las vi romperse, una a una. Recordé muchos, demasiados años de exilio de las yemas de los dedos, de alfileres imantadas, de desmembración, y mis ojos se llenaron de lágrimas. “¿Por qué has tardado tanto?” le dije o me dije. No me respondió. Se había cerrado la navaja de Ockham. Finalmente, podía volver a tocar y ser tocado, transversalmente, como se toca la raíz o la música. Y a partir de ahí, fotogramas...

04 noviembre 2009

Introyección (second and last part)



Veinte años después, otra lluvia igual de intensa preconizó la audición más importante de su vida. Con la guitarra en la mano izquierda y los dedos cruzados en la derecha, Jim entró tímidamente en el hall y ocupó su asiento cerca de una espectacular sosías de la cantante Nico. Un saludo incomodo los escudó el uno del otro. El cuerpo del joven temblaba visiblemente, mientras intentaba concentrar su atención en el poderoso contraste cromático entre la guitarra blanca y el abrigo rojo de la abstraída cantante. Su objetivo era liberar de su mente el terrorífico pensamiento que más que un mantra supondría una invocación: “¡por favor, por favor, no aparezcas!”.

Una apática voz llamó a la rubia germánica y el espacio vacío pareció engullirle de repente. Inconscientemente, James se llevó la mano a su hombro izquierdo, como intentando acariciar la cicatriz que había debajo. Doce años atrás, justo cuando estaba a punto de conseguir el tanto definitivo en su mejor partido de baloncesto, el hombrecillo de verde se le apareció sentado en la canasta gritando con su sempiterna voz chillona “¡no lo conseguirás!”. A consecuencia del susto, cayó al suelo, arrastrándo a dos de sus compañeros con él. Desde entonces, su hombro había limitado muchos de sus movimientos. De 360º a 180º. A Jim siempre le había parecido irónico lesionarse la articulación más flexible.
Mientras abrazaba nerviosamente su vieja fender acoustic y repasaba su repertorio, notó un familiar y aterrador olor, mezcla de incienso, acre y nicotina. Un humo verde le cegó los ojos. Había vuelto.

- No puedes dejarme en paz ni por una sola vez, ¿verdad?- espeto James amargamente
- Ni siquiera tú eres tan ingenuo como para creer que voy a perderme este momento, Jimmy

Odiaba escucharle pronunciar su nombre con aquella falsa amabilidad excesiva. Parecía un profesor sin escrúpulos que intenta humillar al niño más débil de la clase.

- Me han seleccionado. Les gusto y tengo posibilidades. Ni siquiera tú puedes cambiar eso
- Pero aún no estás dentro de la banda. Y en tu interior sabes que ese honor te queda grande- los aros de humo que escapaban de la boca del hombrecillo parecieron expandirse hasta ocupar toda la habitación
- ¡Te equivocas! ¡Llevo años preparándome, puedo hacerlo!- contraatacó el joven
- No puedes, ningún Rygalski puede hacer nada extraordinario. Eres presa de la maldición y también tus futuros retoños... si algún día los tienes
Jim le taladró los ojos con asco infinito
- ¿Recuerdas a Evie? Ella pudo haber sido la elegida...
- ¡Tú te encargaste de que no lo fuera, cabrón!
- Che, che, Jimmy, esa agresividad no te va. Tú siempre has sido un buen chico. Tan bueno, que ni siquiera te la... - un gesto obsceno acabó la frase
- ¿Pretendías que lo hiciera estando tu delante? ¡Cada vez que aparecías estando con ella, yo...!- James sentía palpitar dolorosamente sus sienes. El hombrecillo dio una calada que pareció interminable a su pipa antes de proseguir
- Tranquilo, semental. Sé que no has tenido problemas de rendimiento con otras. Pero tú no querías simplemente follártela, Jimmy. La amabas y no estabas dispuesto a convertir vuestro binomio en un triángulo. Querías protegerla de mi. Es una lástima que ella no fuera tan comprensiva...
- Es cierto, tienes el puto don de la oportunidad, felicidades. Pero esta vez no, ahora todo es distinto
- ¡No me digas! ¿Qué ha cambiado, perdedor?- pronunció con sorna
- Yo... sé cómo acabar contigo
- ¿Qué vas a hacer? ¿aporrearme?¿armar un escándalo delante de tus potenciales compañeros?¿dañarte los deditos?
- No- James sintió el irresistible impulso de estrangularlo con las cuerdas de su guitarra
- ¿Qué crees que puedes hacer que no hayan intentado otros antes que tú?
- Cada vez es distinta. No tengo nada que ver con lo que hayan vivido mis padres, mis abuelos o mis tatarabuelos. Para ellos eras real, pero para mi eres un fantasma
- ¿Ah, si? ¿No has tenido suficientes pruebas de mi existencia?
- He tenido pruebas para varias vidas
- Sin embargo, sigues si contestarme. ¡Venga, suéltalo, Jimmy! ¿Qué carajo hay de especial en ti?
- Las únicas veces que tu odiosa voz de pito no puede alcanzarme es cuando canto o compongo. No hay nada que puedas decir o hacer para sabotear esos momentos. Es por eso que creo que mi temprana vocación no es por casualidad
- ¿Ah, no? ¿Y por qué místico designio quieres jugar a los cantantes?
- ¡Canto para romper la maldición, para que mi voz ahogue la tuya y desaparezcas, maldito hijo de puta!
- ¿James Rygalski?- pronunció una tercera voz apática ahora notablemente extrañada
- Sí, soy yo- El joven se preguntó acongojado si aquel hombre esmirriado de pelo largo le habría escuchado hablar solo
- ¿Estás listo?

Jim miró desafiante al hombrecillo verde, cogió su guitarra y pronunció alto y claro: “Sí, lo estoy”. La puerta se cerró, dejando tras de sí un nube indefinida de rabioso humo verde.



"... Soy el ser que no fue, lo que no pudo, la olvidada, desdeñada semilla,
pero existo.
Dentro
tengo un sauce inclinado que me llora.
Un niño triste me llama, sin nombrarme.
Me doy cuenta,
me doy cuenta, yo existo.
Mañana espero despertar, cantando..."

Matilde Alba Swann

27 mayo 2009

No es posible no tocarse



No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrastrarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los
hombres palpita extendido.

Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.


(...)

no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.

En la plaza (fragmentos). Vicente Aleixandre.




Siento postearos tan poco lately.
Hasta dentro de un mes.
Take care!

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25 marzo 2009

Jennifer save me



No consigo entender por qué, noche tras noche, acabo en su cama. Ya no puedo dormir solo. Siempre es ella a pesar de las otras. La busco con la urgencia e indefensión de un mendigo. Su espacio no es una batalla a ganar, sino más bien un puente, un lenguaje común, un templo simbiótico.
Entro en su habitación suavemente, sin apenas hacer ruido, buscando la aprobación en sus ojos húmedos. Ella tiene ojos de agua de noche. Su piel huele más intensamente justo antes de dormir. Tiene un brillo de promesa, de determinación, como una flecha disparada por una mano misteriosa. Y en algún punto del arco de la fatiga al rocío, me acoge. La acojo. Nos acunamos cuando el día comienza a despertar, perezosos del natural ritmo de las horas. Siempre es tarde. Se ha agotado ya la arena de sus zapatos cuando el día intercambia unas urgencias por otras. Me levanto de la cama con delicadeza de sombra mientras ella susurra palabras en un idioma inventado, y la observo sólo una vez más antes de despedirme para siempre...


Narradores insólitos I: el gato Andy. ¿O qué esperabais? ;)


10 marzo 2009

El viajero epistolar



Abro los ojos y veo una estación infinita llena de gente. Todos visten de blanco aséptico, blanco hospital. Están inmóviles, pero extrañamente alerta, como improvisadas piezas de un tablero de ajedrez. En un bolsillo de su inmaculada indumentaria, justo sobre el corazón, llevan una carta.
De repente, algún lejano reloj da las doce y todos se ponen en movimiento simultáneamente. Caminan a distinto ritmo y en diferentes direcciones. Algunos se dirigen a un andén, otros simplemente esperan. Parecen no verse ni reconocerse entre sí, pero sus caras me son familiares, muchos incluso despiertan en mi una reacción emocional intensa. Intento llamarles, pero descubro con frustración que no conozco ninguno de sus nombres. Mi mente está vacía, no hay palabras, parece como si, inoportunamente, hubiera sido reseteada de todo contenido.

¿A dónde se dirigirán?

Algunos viajeros se cruzan en mi camino tan brevemente y tan deprisa, que me resulta imposible alcanzarlos. Otros, por el contrario, se mueven con una lentitud rayana en la exasperación. Afortunadamente, descubro a una mujer de mediana edad que parece caminar a mi ritmo. Decido seguirla y un sexto sentido me indica que esa elección no es por azar. Me acerco lo suficiente como para coger la carta de su bolsillo, pero no lo consigo. Está pegada de tal manera que parece una extensión indivisible del propio traje. Entonces, mi desconocida-conocida toma un tren y yo, sin pensarmelo dos veces, la acompaño. Nos sentamos en un vagón intermedio. El viaje comienza y la luz baila ante mis ojos. No consigo ver el paisaje, sólo sus cambios, como una película a 34 fotogramas por segundo. Y en algún punto indefinido entre el día y la noche, me da la carta. Contiene una frase. Siete palabras. Todo mi vocabulario.

Regreso a la estación, sigo a otra persona y otro círculo comienza. Esta vez el viaje es mucho más breve, pero la carta que me entrega con la misma solemnidad del viajero anterior, contiene un libro entero. Más palabras. Horas después, llego a la estación con el tiempo justo de memorizarla. Y una vez allí, tras un breve descanso, sigo a otro viajero y después a otro, en una espiral infinita.

A veces, el trayecto es tan largo, que me da tiempo a aprenderme las cartas al revés, pero otras, el tren regresa a la estación cuando apenas he comenzado a abrir el sobre.
Algunas cartas contienen palabras, otras frases, otras enciclopedias, e incluso hay algunas tan pesadas e inabarcables que no podrían ser leídas ni en cinco vidas.
De vez en cuando, para mi frustración, encuentro un papel en blanco. Aunque casi sin excepción, trenes después, su mensaje vuelve mi, como si un misterioso foco hubiera revelado de repente su tinta invisible.
En ocasiones me vuelvo a encontrar con viejos compañeros de viaje. Con algunos vuelvo a compartir de nuevo asiento, pero otros, simplemente, pasan de largo.

Sentada en el andén, en los escasos momentos en los que mi mente y mi cuerpo asimilan los vocablos y las distancias, observo con anhelo a todos esos “viajeros desconocidos e inalcanzables” que sólo pueden ser seguidos con los ojos, y me pregunto con triste resignación: ¿que misterio contendrán sus cartas?.

27 febrero 2009

My Blackberry Night's presents



En estos últimos días he recibido dos regalos. Uno es este texto-réplica a mi último poema:

"Me imagino el Verano de Kikujiro y puedo sentir incluso el ruido de las maderas que cubren el pequeño ático; también los pequeños ruidos de las palabras al chocar entre ellas y entre las paredes y el suelo. Recuerdo que hace tiempo que no subes y te lo recuerdo. Tú apartas la mirada del libro que estás leyendo y miras hacia arriba. Observo la línea de tu cuello con la barbilla. ¿Seguirán allí?, preguntas. ¿No las oyes?, respondo. Clavas tus ojos marrones en mí. No puedo oírlas. Parece que te oyeran y se intensifican sus choques. Me levanto molesto; me dirijo a la alacena y saco una escoba. Me subo al sofá y con el equilibrio rescatado de las enseñanzas de mi abuelo el funámbulo, aporreo con determinación de vecino iracundo.
Del techo llueven copos de resplandores azules que, al contacto con nuestros cuerpos, aletean por la habitación como luciérnagas huyendo del frío."


Yo sé que algo es bueno, cuando siendo un cosquilleo en la nuca. Gracias, Mr Pearson. ¿Para cuando un traslado a estos lares? ;)


Y el segundo, pero no menos importante, es un premio blogero cortesía de la "brujita" Seo. Thanks miles, solete! :)




Y gracias también a los que habitualmente dejáis vuestra huella en este aún baby blog, y tiráis de mi, incluso cuando la inspiración prefiere irse a otra parte :)

¿Quereis saber si sois "cat person" or "dog person"? Comprobadlo en
http://chataignesetchocolat.blogspot.com/
Audrey Hepburn os espera en http://ifyouneedmewhistle.blogspot.com/

23 febrero 2009

Luciérnagas



Hace demasiado calor
en los silencios
y demasiado frío
en los ascensores.
Tú no llegas
yo no llego.
Las palabras
viven arriba,
en un ático pequeño
flotan libres
como luciérnagas.
Capturar su luz azul
durante un segundo
tan solo
es la clave del misterio
¿te imaginas?
un resplandor fugaz
contra los dedos,
un suave aleteo,
una constelación...
...y soltarlas libres de nuevo




Rescatando viejos poemas hasta que vuelva la inspiración...

Si alguien me busca, ya sabe dónde encontrarme:

http://chataignesetchocolat.blogspot.com/ y http://ifyouneedmewhistle.blogspot.com/

21 enero 2009

Abby Road


(Para los celtas, los ojos del gato representaban las puertas que conducían hacia el reino de las hadas).

Abby llega a casa partida en dos por la cintura, y se abraza a su gato como un tímido músico a su instrumento. Gritando en silencio, implosionando con todas las células de su cuerpo un “¡soy yo, déjame salir!”. Él le responde con esa sensualidad mimosa que sólo tienen los gatos, arropándola con sus sentidos, acompasando sus ejes en una sinfonía híbrida de ronroneos.

Abby recibe el regalo con sonrisa de luna, exprimiendo aún más al pequeño felino contra su corazón. Y escucha. Latidos imprecisos acompañan a los envolventes ronroneos como un segundo instrumento. Armonía. Ningún sonido ahoga al otro.

Abby cierra los ojos y se pierde (y se encuentra). Susurra cariños sin censuras y suspira la tierra que el día ha vertido en sus ojos.
Fundida en el abrazo, sin alcanzar la orilla de los verbos, se aleja. No quiere volver, pero, en ocasiones, despierta...


Para mis duendes/amigos/musos/maestros/familiares/cómplices felinos.


Más caras de mi luna en:
http://chataignesetchocolat.blogspot.com/

09 enero 2009

Rainy day




Hay días en los que todo parece transcurrir dentro de un cuadro de Seurat: el entorno puede más que las personas. Llueve a latigazos, con rabia, y el viento, enérgico y desorientado, hace contigo lo mismo que un acordeón en las manos de un niño. Durante esos días, todo es destino.


Al cruzar un paso de cebra, un coche rojo, en un esforzado frenazo, se queda a sólo cinco centímetros de golpearte la cadera. Miras con furia al conductor, que a su vez te devuelve la mirada retándote a una guerra de culpabilidades. Perdéis los dos.

Intentas refugiarte en las calles más pequeñas de la ciudad, y pasas frente al escaparate de una tienda de fotos en el que cinco parejas de recién casados te devuelven la mirada exultantes bajo un cartel que dice “Elige a tu pareja de manera que puedas decir: podría escogerl@ más guap@, pero no mejor”. Los observas un instante y te preguntas qué tipo de sonrisa lucirán ahora.

Camino del centro, descubres que, fiel a su cita de todos los miércoles, un treintañero cool hace sus compras en una frutería. No puedes evitar volver a preguntarte qué comprará y a qué se dedicará. Y apuestas por manzanas y periodismo.
Los bajos de los edificios han dejado de protegerte, la lluvia se libera, pero has decidido darle una tregua a tu paraguas por temor a reducirlo a un cadáver violeta.

Mientras cruzas un semáforo en rojo, te aferras a tu gorro como a un escudo medieval, agradeciendo no haber elegido para hoy tu muy permeable cazadora vaquera. Tus tobillos se arrastran pesadamente bajo el agua acumulada. Venderías tu alma a Neptuno con tal de no encontrarte con nadie conocido, sólo deseas ser una mancha de color anónima más entre ese océano evitativo de paraguas.

Ves pasar los escaparates de Yves Rocher, Miss Manuki y FNAC distraídamente y a toda velocidad, mientras reafirmas cada uno de tus pasos como si caminaras sobre los peldaños de una escalera imaginaria. Y, de repente, llegas. Y reordenas rápidamente tu revuelta melena antes de cruzar al otro lado. Al lugar donde el entorno deja de ganarle la batalla a las personas...

*

06 enero 2009

Una hora más





A veces me sorprende la facilidad con la que la gente renuncia a las cosas. En mi opinión, un punto y aparte en cualquier capítulo de mi vida, supone un fracaso, casi siempre doloroso.

Ideas, sentimientos, proyectos, objetos, apegos...

Este “síndrome de Diógenes emocional” funciona como un lastre vital de terribles consecuencias. La gente que lo padece suele llegar siempre más tarde que el resto. Su cansancio y palidez los delata. Llueve en sus zapatos y duermen con demasiadas personas en la cama.

Te conocí, en el peor-mejor momento, demasiado pronto, cuando aún era noviembre. Y me enamoré de ti con una incondicionalidad adolescente, de quien aun no tiene memoria. Alguien me dijo “no pienses en dónde te llevan tus pasos, solo sigue el camino” y lo hice. No pensé que el camino no me seguiría a mi.

Me he acostumbrado al crujir de las hojas secas, a retrasar indefinidamente la cita con la peluquería, a mudarme a los adverbios de duda cuando llueve. Y desde esa reconfortante perspectiva gramatical, irónicamente, interpreto universos inabarcables en cada uno de tus gestos y miradas.

Anoche, durante esa hora de más, en la que todo parecía prestado, robado, fantásticamente real, yo te dije adiós y tú me besaste. Un trueno nos partió en dos y corrimos a refugiarnos a otro adverbio, de otra duda, en otro idioma, antes de que nos alcanzara la lluvia...
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