02 enero 2011

6 # Overbooking



Mi corazón es un hotel
Casi todas las habitaciones
están ocupadas
por fantasmas que llegaron
antes que yo
También hay una grupo de solistas
que, sin saberlo, forman una banda,
competirían con las sirenas
de la piscina
si éstas,
no hubieran olvidado cantar.

Todos los días se registran
huéspedes nuevos
Algunos no tienen rostro,
otros no tienen rayas
en la palma de la mano.
Los reconozco inmediatamente
porque ya los he soñado
Todos esperan impacientes
un servicio de habitaciones
que se dispersa

Y cada vez hay menos cuartos,
menos llaves,
menos perchas
en las que colgar
los 5 minutos
antes del amanecer

¿Por qué tardas tanto, eh?
No sé cuanto más
podré seguir reservando
la
2046

24 octubre 2010

La paradoja Peretti



Llegar 7 minutos tarde al trabajo no era su mejor tiempo, pero sí una marca considerable.
Por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente, desechó la manida excusa del trafico y decidió enfrentarse a su jefe con total honestidad. Sin embargo, al verlo cruzar la puerta de la oficina, la cara de disgusto de su superior fue aún más acusada de lo que había previsto. Sus palabras no contribuyeron, precisamente, a tranquilizarlo: Peretti. Mi despacho. Ahora.

Cuando 23 minutos después salió disparado de la oficina, de la planta e, incluso, del edificio, Peretti seguía convencido de que le habían gastado una broma de muy mal gusto.

- Es usted demasiado mayor para trabajar aquí
- ¡Pero si sólo tengo 41 años!
- De eso nada, tiene 71. Se jubiló prematuramente hace 9 años con la excusa del burn-out y en recursos humanos casi nadie le recuerda. Tiene suerte de que tenga buena memoria, Peretti
- ¿Pero de que puñetas me está hablando?
- De que probablemente tenga síntomas de senilidad y crea que sigue trabajando para nosotros, pero se equivoca

Aunque Peretti hizo gala de todo su arsenal de lógica y pruebas identificatorias, nadie en toda la oficina fue capaz de creerlo. Todos, desde su jefe hasta sus compañeros, pasando por los recaderos polacos, le miraban con una extraña mezcla de condescendencia, lástima y desprecio. Y ya que la tiranía de la mayoría se había impuesto (incluso en un macarrónico “polacañol”), no le quedó más remedio que desistir.

Treinta minutos más tarde ahogaba su incredulidad y desesperación en una cerveza moderadamente fría. La camarera, tomándolo por un potencial alcohólico-kamikaze, calculó que sería una larga y productiva mañana.
Peretti, aferrado a la posibilidad de que su despertador nunca hubiera sonado y que todo fuera un mal sueño, escapó momentáneamente de sus rumias para recrearse en el muy apetecible trasero de la camarera. Ella, perfectamente consciente de aquella repentina subida de testosterona, contraatacó:

- ¿Mal día, eh?
- Habría que inventar una nueva palabra para describirlo. Surrealista se queda corta y...
- ¿No deberías estar en clase?- interrumpió
- ¿Cómo? ¿¡En clase!? Esta si que es buena. Si me has tomado por uno de tus profesores, niña, te equivocas
- Muy gracioso. Me refería a que tu deberías estar en clase como alumno, niño

Peretti palideció visiblemente, pero trató de disimularlo

- Oye, si lo de quitarme años es una estrategia peloteril para conseguir que consuma más, no va a funcionar. Y hoy menos que nunca
- Venga, ¿qué tienes? ¿18?¿20? Soy muy mala para echar años, especialmente, en esas edades tan tiernas...

Y en ese preciso momento, el huracán Peretti estalló. Cuando había convencido a los individuos de un radio de 50 metros que semejante explosión de furia sólo podía pertenecer a un histérico-paranoide, un repentino dolor en el brazo derecho interrumpió precipitadamente su discurso.

Lo siguiente que Peretti escuchó desde su limbo semi-inconsciente, fueron las confundidas voces de los enfermeros de la ambulancia.

- Yo le echo unos 50
- Pues su DNI dice que tiene 41 primaveras
- ¡Joder, pues que mal se conserva!. No me extraña que le haya dado un achuchón...

Peretti, repentinamente espabilado por aquel nuevo izquierdazo, intentó contestar, pero su pulso volvió a acelerarse hasta dejarle K.O. durante unos buenos 30 minutos.

15 tests negativos, 5 horas y 27 minutos más tarde, salía del hospital firmemente convencido de ser el protagonista de la nueva versión de Atrapado en el tiempo o El show de Truman. Posiblemente, ambas al mismo tiempo.

Sólo le quedaba una cosa por hacer antes de ceder a la locura colectiva; ir directamente a la fuente más fiable del mundo: su madre. Entonces, recordó que estaba de viaje por las islas griegas con su grupo del Imserso. Como segunda opción, llamó a su mejor amigo, pero tras comprobar repetidamente que su móvil estaba apagado/fuera de cobertura, recurrió, con frustración, a la tercera persona que mejor lo conocía en el mundo (u opción de emergencia número 3) su ex novia.

Inicialmente reacia a cualquier intercambio verbal y tremendamente distante y seca, la mujer aprovechó esta singular ocasión para transmitirle su particular “cosas que nunca te dije” antes de colgar bruscamente:

“Vivir contigo era como estar sentada en una estación sin saber cómo ni cuando iba a llegar el tren. Cada vez que la vida apretaba el botón de play o de ff en nuestra relación, aparecía ese adolescente hosco y temperamental que se sentía superado por el “nosotros”. En cambio, cuando viajábamos, hablábamos de política, de arquitectura, o de arte, era un hombre maduro el que ocupaba el puesto. Y había más, muchos más hombres empujándome a una especie de... poligamia oscilante. Aunque lo más desquiciante de todo, era que ninguno se quedaba demasiado y no había ningún horario de visitas al que aferrarse. ¡Era imposible vivir con varios hombres a la vez!”.

Aquel monologo fue más de lo que pudo soportar. Destrozado y cada vez más confundido, sintió el impulso irrefrenable de escapar de todo y de todos. Caminó sin rumbo aparente durante horas, hasta llegar a un parque que solía visitar en su infancia. Sentado en un banco mientras observaba jugar a los niños, Peretti fue abducido por un repentino ataque de nostalgia. Recordó a su difunto padre y la complicidad de sus mañanas de domingo, cuando ambos se sentaban en ese mismo parque a atiborrarse de chucherías, para luego comer frugalmente (o nada en absoluto) a la hora de la comida, a pesar de la exasperación in crescendo de su madre.
No le había echado tanto de menos desde que murió, hacía casi 30 años.

Y entonces, comenzó a llorar como no había llorado en toda su vida: doblado en postura fetal, la única en la que se puede llorar y dormir con total abandono. Una niña, conmovida, se acercó hacia él.

- Si dejas de gimotear, te invito al tiovivo
- ¿Qué?
- Tengo dos viajes. Mis padres siempre me lo compran todo a pares, ellos sabrán porqué...
- Eres muy amable, pequeña, pero creo que ya estoy mayorcito para esa atracción

La niña comenzó a reír con una risa tan cristalina, que lo desarmó. Echó sus largas trenzas hacia atrás, le apuntó con el dedo índice y espetó:

- Tú tienes 7 u 8 años como mucho, ¡no me engañes!

Y sin darle tiempo a replicar, lo arrastró de la mano hasta el carrusel para sentarlo en un elefante azul mientras ella se acomodaba en un caballito de mar.
La música estalló y la atracción comenzó a girar. Peretti, más allá de la incredulidad, la angustia y la frustración, observaba dar vueltas y más vueltas a todo lo que le rodeaba. Durante unos segundos, peleó con la nausea y el desproporcionado tamaño de sus piernas, hasta que se dio cuenta, con asombro, de que era él y no el tiovivo, lo que giraba sobre sí mismo hacia delante y hacia atrás, una y otra vez. Y supo, con inquietud y alivio al mismo tiempo, que en cualquier momento la música dejaría de sonar, dejándolo, provisionalmente, en un punto indeterminado de ese círculo...

15 octubre 2010

Lo que se puede guardar en un pañuelo



Mientras el cliente repetía por segunda vez “¡No tengo todo el día, joven!”, la dependienta pensaba que aquello iría directamente a su cuaderno de anécdotas.
Tan sólo dos minutos antes, un hombre mayor, impecablemente trajeado, había extendido sobre el mostrador un pañuelo de bolsillo que contenía 13 piezas de lo que originalmente había sido un teléfono móvil.

- Se cayó en plena carretera y un par de coches le han pasado por encima. ¿Puede arreglarlo?- increpó
- Bueno, pues...
- ¡Puede tocarlo, criatura! ¡No está usado!- insistió.

La chica, con toda la paciencia de que fue capaz, le explicó que en ese caso concreto, lo más práctico y económico sería comprar uno nuevo, pero el anciano la interrumpió antes de terminar la frase:

- El dinero no es un problema. Hagan lo que tengan que hacer.
- Señor, si lo que necesita es un móvil urgentemente, estoy segura de que cualquiera de los modelos que tenemos...
- No se impaciente. Ya le compraré uno de sus malditos trastos, pero ustedes arréglenme este.

La dependienta frunció los labios, colocó los manos firmemente sobre el mostrador y tomó aire antes de proseguir:

- Bueno, eso puede llevarnos mucho tiempo. La mayoría de estas piezas son inservibles. Y, si le soy sincera, no estoy segura de que nuestra empresa realice arreglos de ese tipo. Supongo que habría que enviarlo a la fábrica original y será un proceso largo y costoso. ¿Está seguro de que quiere arreglarlo?
- Ya le he dicho que sí
- Perdone mi indiscreción, ¿pero acaso contiene algún número o archivo que necesite en estos momentos? Si usted quiere, en lugar de repararlo, podría intentar extraerse...
- Ahórrese la charla técnica, muchacha. Lo que mi móvil contenga no es asunto suyo. Simplemente, arréglenlo, tarde lo que tarde y cueste lo que cueste. Cuando lo tengan listo, escríbanme a esta dirección.

Y, tras ese último izquierdazo a la lógica de la joven, le entregó una tarjeta, se dio la vuelta y desapareció.

Dos meses después, el mismo anciano volvía a salir de la tienda, esta vez con el teléfono totalmente reparado. Sentado en un banco, entre un cartel publicitario y una papelera, contempló el aparato largamente antes de decidirse a encenderlo, pero una vez dado el paso, con las manos temblorosas, fue directamente al archivo de fotos. Tras comprobar su contenido, sonrió aliviado, extrajo otro móvil, y reenvió una imagen del viejo al nuevo aparato.

- Estos trastos nuevos tienen unas pantallas enormes y mucho más nítidas- musitó- ahora podré volver a verte.

Con emoción contenida, acarició brevemente la imagen del labrador blanco que le devolvía la pantalla, y, en un gesto rápido, arrojó su viejo y costosísimo teléfono móvil a la basura.

05 octubre 2010

Paper Rain




La combinación de cielo despejado, luna menguante y apagón en un radio de cinco kilómetros, permitía vislumbrar por primera vez en años casi todas las constelaciones. Sirio, procyon y betelgeuse conformaban con orgullo un radiante e insólito triangulo de invierno. A pesar del frío, algunos niños contemplaban maravillados el espectáculo celeste desde sus porches hasta que sus padres o sus perros les instaban, preocupados e impacientes, a entrar en casa.

Cuando se disponía a depositar la basura en los cinco contenedores, Ted advirtió que un cartel oscuro dividía en dos el amarillo del contenedor de plásticos y latas. Lo observó impacientemente, irritado por no llevar consigo sus gafas, hasta que consiguió domar todas sus letras. La cólera hizo su aparición en sus puños antes que en sus mejillas. Sin pesárselo dos veces, lo arrancó de cuajo y tras romperlo en diminutos fragmento ilegibles, lo depositó en el contenedor azul.

La artrosis de sus manos y rodillas pareció protestar, pero a Ted aquel pequeño acto de rebelión le había sabido a demasiado a poco. Necesitaba alimentar el fuego de tal forma que recorrió el barrio arrastrando pesadamente sus pantuflas hasta que encontró otro cartel. Le costó un poco más arrancarlo de la pared y, en el esfuerzo, se llevó, además, tres capas de papel extra que dejaron totalmente limpia la pared. Resollando, Ted observó el nuevo hueco blanco y sintió una punzada en el pecho orbitando alrededor de la creciente furia. De repente, había comprendido su cometido: tenía que arrancarlos todos.

Y aquella noche, el hombre cauto, sensato y extremadamente respetuoso que siempre había sido, ignoró los insultos y miradas de extrañeza, desprecio o indignación que le dedicaban los viandantes, y presa de la mayor fiebre que había padecido en su vida, continuó arrancando y rompiendo frenéticamente, cartel tras cartel, hasta que le sangraron las uñas y el esfuerzo y la humedad noquearon sus doloridas rodillas.

Apoyándose torpe y pesadamente en las paredes, a modo de bastón, tardó casi un cuarto de hora en llegar a casa. Su mujer lo recibió impaciente y recelosa dando por hecho que había sucumbido a una de sus ocasionales borracheras. Lo miró de arriba abajo sin verle y lo sentenció sin comprobar que no había rastro de alcohol en su aliento. Ted puso la televisión para ahogar, en parte, el desprecio. Le gustaba dormirse viendo los programas de sucesos, solazado en el confort de las desgracias de otros, pero, de repente, las noticias rompieron bruscamente la transmisión.

Instantáneamente, sus puños volvieron a endurecerse, pero esta vez, se aferró a su sillón. Su mujer, al escuchar la inconfundible música de los informativos, volvió a la sala, olvidando, momentáneamente, la nueva muesca de amargura conyugal. Tenía que compartir la noticia del día con su marido:

- ¿Te has enterado, Ted? Los mariquitas ya pueden casarse
- Lo sé -contestó él- Han empapelado toda la ciudad con no sé qué fiesta del orgullo de los cojones...
- Ver para creer, ¿verdad?- pronunció antes de desaparecer de la sala de nuevo

Ted observó durante unos instantes la puerta vacía y cuando se aseguró de oír a su esposa en el otro extremo de la casa, murmuró mientras se frotaba las doloridas rodillas:

- Demasiado tarde, joder. Demasiado tarde...



06 septiembre 2010

Ada




El primer recuerdo de Ada fue el momento en el que comenzó a querer a su padre.
Durante los primeros cuatro años de su vida, para ella sólo había sido un alto hombre trajeado de gesto severo y ojos tristes que madrugaba demasiado y llegaba a casa cuando se podían ver las estrellas.

Una soleada mañana de julio, Ada había encontrado una mariposa con un ala rota en el jardín. Apesadumbrada, entró corriendo en casa con el frágil insecto atrapado entre sus manos diminutas. Justo cuando su madre trataba de convencerla de la inevitabilidad de algunas tragedias, su padre, rescató a la mariposa de los dedos infantiles y la sujetó delicadamente debajo de las alas entre su pulgar e índice, justo por lo que a Ada le parecieron los hombros del animalillo. Y con la naturalidad y la determinación con la que un cirujano pronunciaría “hilo del 5-0”, espetó “celo transparente”. Posteriormente, ante el asombro de madre e hija, estiró con delicadeza el ala prácticamente rasgada con los dedos de la mano derecha y unió suavemente con una gruesa tira de celo los dos extremos. “Ahora podrá volar otra vez” anunció.

Y mientras el convaleciente lepidóptero iniciaba torpe pero audazmente el vuelo, como un tímido fuego artificial que ha postergado en exceso su salida, la pequeña se debatía entre los dos pequeños milagros que acabada de presenciar, sin poder decantarse firmemente por uno. Sin embargo, algunos años y muchas alas reparadas después, descubriría que había sido la delicada e improvisada intervención de aquel rudo y reservado hombretón de manos grandes lo que, definitivamente, había dado un vuelco a su mundo.

18 agosto 2010

Goodbye letter to Andy


*


Dear Andy,

Hace 14 días y 23 horas que te has ido.

¿Sabes? El don de la inoportunidad es una costumbre muy humana. Algunas personas tienen la desfachatez de preguntarte cómo te sientes en los momentos más vulnerables de tu vida. Son como esas dependientas solícitamente cotillas que abren sin permiso la cortina del probador mientras te estás poniendo un vestido o un pantalón.
Pero yo no quiero pensar en cómo me siento mientras paseo por alguna calle o me tomo un té en una cafetería, porque si lo hiciera, la tierra empezaría a girar sobre su órbita hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo, y me quedaría dando vueltas asfixiada y llorosa en alguna especie de lavadora intergaláctica.

¿Has oído hablar de los anillos de los troncos de los árboles? ¿de cómo cada año de su vida arbórea queda impreso en un círculo?. Siempre me he preguntado si el inventor de los discos de vinilo se inspiró en ellos. Huellas, historias, canciones, todo viene a ser lo mismo. Los humanos estamos también construidos por capas de diferente grosor que permanecen siempre interconectadas. Por eso todo lo que hemos sido lo seguimos siendo y resulta tan difícil determinar nuestra verdadera edad.

Desde que no estás, tengo la sensación de que alguien ha hecho un agujero en mi tronco y tira con fuerza de uno de esos anillos, uno especialmente grande y precioso, mientras yo me aferro a él tratando inútilmente de recuperarlo. Y en ese forcejeo, toda mi estructura interna se desmorona y fragmenta, como si, de repente, se hubiera vuelto de mercurio. Y la gran duda que flota en mi cabeza es, ¿cómo sonará ahora el disco incompleto?.

La otra noche soñé que nuestra casa era una enorme mesa de billar y que alguien (o algo) golpeaba una bola y ésta recorría toda su superficie inusualmente vacía sin caer en ningún agujero. Pero el desesperado eco de la bola contra el suelo desnudo era lo más aterrador de todo. Su conciencia de orfandad, la seguridad de que, fuera donde fuera, no encontraría nada contra lo que chocar.

Otra cosa que me cuesta entender de los humanos, es ese absurdo pudor al hablar en pasado de los afectos hacia seres que ya no están presentes. ¿Por qué la gente dice “lo he querido” o “lo quise” en referencia a alguien cuando muere? ¿acaso creen que a fuerza de usar pretéritos conjurararán antes del maleficio del duelo?.
Una de las pocas certezas que tenemos son nuestros grandes afectos. Conjugarlos en presente y en futuro es lo que nos alimenta.

Mi psicóloga me ha repetido hasta la saciedad que “la decepción es como la muerte: siempre llega”. Según ella, es imposible que una relación no nos decepcione por aquello de nuestras desproporcionadas expectativas neuróticas, pero se equivoca. Las amistades mascotiles mejoran con el tiempo y carecen de ambivalencias. Con un amigo no humano, no hay discusiones, ni cambios de rumbo, ni rencores, ni desprecios. La complicidad no deja de crecer y siempre sabes exactamente lo que puedes esperar.

Durante 14 años y medio, dormiste conmigo si me atormentaba algún fantasma; me “diste la pata” cuando estaba enferma y me retrotraía a los 7 años; me acompañaste fielmente en mis maratones cinéfilos; permitíste que te abrazara hasta exprimirte cuando me rompían el corazón, daba un salto difícil o miraba las notas; soportaste sin huir despavorido mis gorgoritos, el volumen atronador de mi música, mis charlas cuatrilingües, mis cambios de humor o la sempiterna telaraña de la melancolía; fuiste mi único cómplice insomne cuando se retrasaba Morfeo, aparecía una musa o preparaba un examen; y los días horribilis, esos en los que venderías tu alma al diablo por convertirte en oso en hibernación, sólo tu perfecta carita pelirroja y la certeza de que, al menos, viviría un momento mágico contigo, me impulsaban a salir de la cama.

Siempre he tenido la sensación de que no pertenecías a este mundo y que, en realidad, eras una criatura mágica que yo había soñado de niña, un regalo que me enviaban directamente de la Fantasía de Michael Ende. ¿Y sabes qué? A falta de ese colchón emocional que proporciona la religión, es allí donde prefiero imaginarte: de vuelta al país de la imaginación. De la mía y de la de todos.

Con un volumen de La historia interminable entre las manos, me pierdo entre la tinta verde y la tinta roja y te susurro:

Recuerda que siempre mataré monstruos por ti, pequeño Fujur...


01 agosto 2010

La turbiedad del hielo




Podría haber sido un clon de Jökull, salvo por la nariz, bastante menos aguileña, el cabello oscuro y los ojos; Einar tenía las pupilas de un intenso gris casi metálico. Un color inusual, de esos que tienen una de cada 10 millones de personas, como los de Elizabeth Taylor.
La primera vez que lo vi, mis rodillas comenzaron a temblar de una forma tan violenta que tuve que sentarme. ¿Cómo podían parecerse tanto? Pensé que las había oído chasquear, delatando lo insólito del encuentro, como un instrumento mas afinado que, inoportunamente, arruina tu canción favorita en pleno concierto. Pero me sonrió cálidamente y me besó la mano: tú debes ser Brynja. Y ahí comenzó todo.

Estábamos en primavera y sólo habían pasado cinco meses desde que Jökull me había dejado. Era demasiado pronto para coger una fjóla (violeta), pero, como se suele decir en Islandia, nunca sabes cuanto puede durar el siguiente invierno.
Me llevó a un restaurante italiano. Sus movimientos eran ágiles y elegantes y olía a una mezcla de mar y eucalipto. Destilaba tanta entusiasmo que parecía un niño delante de una tienda de bicicletas. Sólo algunos pocos afortunados poseen ese halo juvenil durante toda su vida, una mirada sagaz pero blanca, una contagiosa y desarmante frescura. Einar era más joven que Joküll en todos los sentidos de la palabra.

Entre el entremés y el postre, le resumí el historial amoroso de mi vida, colocando a todos mis ex en fila sobre la mesa y derribándolos grissini a grissini. Su barba de tres días hizo el resto. Y, al llegar al café, con mi pasado temporalmente pulido, una postilla menos sobre la piel extremadamente fina y blanca, cerré los ojos. Cuando los abrí, reía. No recuerdo exactamente de qué. Siempre he tenido una memoria pésima para recordar anécdotas graciosas y únicamente recuerdo el efecto que me han causado. ¿Por qué nadie inventa una escala para medir la intensidad de la risa?. Debería parecerse a la de los terremotos. De esta forma, podríamos decir cosas como "tuve un ataque de 7,5" y todo el mundo sabría con precisión a qué nos referimos.

Sonaba Someone to watch over me de Ella Fitzgerald. De repente, tomó mi rostro entre sus manos y me clavó su mirada metálica. Por un momento pensé que cualquier cosa era posible. Le dije “ven” y lo llevé a mi casa. Nos desnudamos el uno al otro mientras fingíamos escucharnos. Tenía un cuerpo perfecto. Quise indicarle qué, cómo, cuánto y dónde, pero siempre se me adelantaba. Me pregunté, estúpidamente, si sería posible implantar mapas erógenos en los cerebros humanos. Agotamos el sofá, la cama y la mesa de la cocina, hasta que la vieja cafetera del vecino de arriba marcó nuestro último cigarrillo. Mis pensamientos escapaban bajo las sabanas de los rayos del sol. Estallaron las persianas y se acurrucó a mi lado, subrayándome, abrazado a mis senos doloridos. Formamos un improvisado 44. ¿Necesitaba ese número? Me di la vuelta y observe su mirada embelesada un segundo antes de acariciar el lóbulo de su oreja izquierda. Entonces lo encontré. Accioné tres veces el diminuto botón en forma de zigzag y Einar comenzó a encoger vertiginosamente hasta caber en la palma de mi mano. El número se había dividió entre once. Milagros de la nanotecnología.

Lo guardé en el cajón de la mesilla sin estar muy segura de qué hacer con él. Lo más probable es que nunca más volviera a utilizarlo. Seguidamente, me acosté sobre las sábanas revueltas, justo en el hueco en el que un momento antes habían descansado sus pies. Mi cabeza colgaba hacia atrás y la sangre se amontonó súbitamente en ella, como los tripulantes de un naufragio. ¿Dónde estaban las violetas?. Sentí como si me hubieran inyectado en su lugar una dosis masiva de aire. Recordé a Jökull, nuestras peleas y mi costumbre de escudarme en su nombre*. Entonces noté como una lágrima caliente caía desde mi lagrimal derecho a mi frente y después al suelo.



* Jökull significa hielo en islandés.
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