20 marzo 2011

Smoking break: El último cigarrillo




Al salir de un ruidoso pub, un joven comprueba que la calle está desierta, salvo por una veinteañera que se encuentra a su derecha. Tras subirse el cuello de la chaqueta, saca un mechero del bolsillo, enciende un cigarrillo y se cala aún más su grueso gorro. Seguidamente, da unos pequeños saltos sin moverse del sitio, mientras observa de reojo como la joven expulsa el humo de forma precisa, intencionada, como si estuviera enviando un mensaje en algún código secreto. Tras un minuto interminable, decide hablarle.

- Este es mi último cigarrillo, ¿sabes?
- ¡Ah!. Que bien...
- Lo digo muy en serio
- Te creo
- ¿Estás en ese momento de la semana, verdad?
- ¿Cómo dices?- contesta ella, entre molesta y sorprendida.
- “El sabadoom”
- Perdona, pero sigo sin entender...
- A pesar de lo que diga todo el mundo, el sábado es el día más ingrato de la semana, porque nos arranca el disfraz de la rutina, y nos demuestra lo vacía (o llena) que está nuestra vida
- ...
- Si te fijas, los felices lo derrochan y los infelices lo invierten. Y cuando se pertenece a estos últimos, siempre hay algún instante en el que, secretamente, se extraña el lunes: el sabadoom
- Ahh...
- Nadie puede llevar careta una noche como esta- continúa él ajeno a la irritación de la joven- Si ahora mismo entráramos ahí dentro de nuevo, podría indicarte quién se está divirtiendo realmente y quién no...
- ¿Sabes?- corta ella- No quiero ser borde, pero esta conversación suena demasiado íntima y trascendental y por experiencia sé que la neurosis y el alcohol son imbatibles en cualquier discusión, así que...
- Te equivocas en una cosa- se apoya pesadamente contra la pared dando una larga calada a su cigarrillo- He tomado algo esta noche, sí, pero no ha sido alcohol...
- OK, da lo mismo- arroja su cigarrillo a la acera y lo pisa enérgicamente- De todas formas, ya es hora de que vuelva...
- Al menos, admítelo antes de marcharte. Todos tenemos ese momento de lucidez y tú lo estabas teniendo aquí mismo, a unos 7º de temperatura, mientras te fumabas ese cigarrillo
- ¿No creerás realmente que te voy a contar la historia de mi vida, verdad? Porque de todas las tácticas para ligar que he sufrido, te aseguro que esta es la...
- Hagamos una cosa. Si yo te cuento algo sobre mi y el relato te resulta lo suficientemente sincero y convincente, me cuentas el tuyo. Pero no tienes que decidirlo hasta que me hayas escuchado, ¿vale?
- No creo que sea una buena idea...
- Esa canción es horrenda. ¿De verdad tienes prisa por volver?
- Shakira me resulta más apetecible que aguantar a un pesado con ínfulas de Schopenhauer- tras decir esto, se dirige a la puerta y acciona el pomo.
- Tengo cáncer...
- ¿¡Qué!?- exclama con voz excesivamente aguda dándose la vuelta. La puerta se cierra de un portazo, golpeándole la espalda- ¿Es una broma de mal gusto, verdad?
- Desgraciadamente, no. En mi cabeza hay un tumor XXL comiéndose mi cerebro. Lo he bautizado “Zombi”- sonríe débilmente- Al parecer avanza más deprisa porque soy... bueno, asquerosamente joven. Ahora se ha extendido a mi lóbulo temporal, lo que significa que pronto comenzaré a olvidar... cosas. Me calculan menos de medio año
- .....
- Si no me crees, simplemente, mírame a los ojos

La joven comienza a observarlo fijamente y algo en su mirada penetrante y transparente la desarma. Pero no es el dolor, la rabia, el desgaste o la aceptación de la inevitabilidad de la tragedia. Durante esos breves segundos, tiene la impresión de que él no se encuentra realmente allí, sino que se ha quedado atrapado en una especie de Tierra de nadie entre dos lugares opuestos sin pertenecer a ninguno

- No sé, ¿tú te fiarías de un desconocido que te suelta de repente que le queda medio año de vida?- pregunta incómodamente pero suavizando el tono de voz
- No, supongo que no. Pero necesitaba contárselo a alguien que no me conociera de nada. Dentro de unas semanas... dejaré de ser yo...
- Lo siento muchísimo
- No lo hagas. No pienso permitirlo
- ¿¡Cómo!?
- Necesito un testigo que verifique que he llegado a la única meta digna... esta noche. Con objetividad, sin lágrimas y sin dramas. ¿Quieres serlo tú?
- ¿Pero de qué estás hablando?- su voz se endurece nuevamente- ¿No habías dicho que te quedaban meses?
- Ya no. Hace unos minutos me he tomado una especie de bomba que... acelerará el proceso- se agarra a la pared- vaya, mis piernas ya lo notan- cae al suelo.
- ¡Por Dios!¿Qué diablos has tomado?
- No lo sé. Estaba en latín y yo... soy de ciencias...
- ¡Voy a pedir ayuda!
- ¡No, no me dejes! ¡Dáme la mano!

Después de un segundo de vacilación, la chica saca el móvil del bolso con la mano derecha y marca apresuradamente un número mientras sujeta una mano del chico con la izquierda.

-¿Dónde están los fumadores cuando se les necesita?- mira esperanzadoramente la puerta del pub- ¿Es que hoy, de repente, lo ha dejado todo el mund...?- una voz la interrumpe al otro lado del teléfono.

Desplomado en la acera, él la escucha hablar en oleadas, desde muy lejos, sin entender sus palabras. Un suave zarandeo lo espabila.

- Una ambulancia está en camino. Eso que te has tomado, lo que sea... estamos a tiempo de pararlo. ¡No cierres los ojos!
- Es inútil... ya he entrado en la madriguera, Alicia...
- ¡No digas eso!¡Y no cierres los ojos!
- Díme... que... crees que... este es el principio... de una hermosa amis...tad
- ¿Cómo?
- Todo... el mundo... debería... escuchar eso... alguna vez... ¿no... crees?
- Creo que... –su voz se quiebra- creo que este es el principio deunahermosaamistad- pronuncia atropelladamente entre lágrimas
- Gra...cias...
- ¿Cómo te llamas?
- ....
- ¡Contéstame, por dios! ¡Díme tu nombre!- lo zarandea con violencia.
- ....
- ¡No me hagas esto!¡Díme cómo te llamas, joder!

Pero el único sonido que le devuelve la noche, es el eco creciente de la sirena de la ambulancia.

14 febrero 2011

De esta noche sólo tengo lo que escribo




Nunca he sabido por qué vuelves. No es por la incertidumbre de las bombillas ajadas, ni tampoco por el derroche kamikace de las olas que chocan contra las rocas. Creo que, simplemente, eres tú quien me convoca a mi en lugar de al revés, que tú me eliges caprichosa y aleatoriamente como a un viejo traje rescatado del armario.

Pero esta noche, empachada del neón de los bidegorris* que irrumpen violentamente en las tiendas, en los televisores y en las grietas pre-programadas de las canteras, agazapada, como una gata con fobia a los descensos, en las canciones que no hablan y nunca han hablado de mi, por una vez, y sin que sirva de precedente, ¡ven, haz una excepción conmigo esta noche!



* Bidegorri es el nombre que se le da al canal bici en Euskadi ;)

02 enero 2011

6 # Overbooking



Mi corazón es un hotel
Casi todas las habitaciones
están ocupadas
por fantasmas que llegaron
antes que yo
También hay una grupo de solistas
que, sin saberlo, forman una banda,
competirían con las sirenas
de la piscina
si éstas,
no hubieran olvidado cantar.

Todos los días se registran
huéspedes nuevos
Algunos no tienen rostro,
otros no tienen rayas
en la palma de la mano.
Los reconozco inmediatamente
porque ya los he soñado
Todos esperan impacientes
un servicio de habitaciones
que se dispersa

Y cada vez hay menos cuartos,
menos llaves,
menos perchas
en las que colgar
los 5 minutos
antes del amanecer

¿Por qué tardas tanto, eh?
No sé cuanto más
podré seguir reservando
la
2046

24 octubre 2010

La paradoja Peretti



Llegar 7 minutos tarde al trabajo no era su mejor tiempo, pero sí una marca considerable.
Por primera vez en su vida y sin que sirviera de precedente, desechó la manida excusa del trafico y decidió enfrentarse a su jefe con total honestidad. Sin embargo, al verlo cruzar la puerta de la oficina, la cara de disgusto de su superior fue aún más acusada de lo que había previsto. Sus palabras no contribuyeron, precisamente, a tranquilizarlo: Peretti. Mi despacho. Ahora.

Cuando 23 minutos después salió disparado de la oficina, de la planta e, incluso, del edificio, Peretti seguía convencido de que le habían gastado una broma de muy mal gusto.

- Es usted demasiado mayor para trabajar aquí
- ¡Pero si sólo tengo 41 años!
- De eso nada, tiene 71. Se jubiló prematuramente hace 9 años con la excusa del burn-out y en recursos humanos casi nadie le recuerda. Tiene suerte de que tenga buena memoria, Peretti
- ¿Pero de que puñetas me está hablando?
- De que probablemente tenga síntomas de senilidad y crea que sigue trabajando para nosotros, pero se equivoca

Aunque Peretti hizo gala de todo su arsenal de lógica y pruebas identificatorias, nadie en toda la oficina fue capaz de creerlo. Todos, desde su jefe hasta sus compañeros, pasando por los recaderos polacos, le miraban con una extraña mezcla de condescendencia, lástima y desprecio. Y ya que la tiranía de la mayoría se había impuesto (incluso en un macarrónico “polacañol”), no le quedó más remedio que desistir.

Treinta minutos más tarde ahogaba su incredulidad y desesperación en una cerveza moderadamente fría. La camarera, tomándolo por un potencial alcohólico-kamikaze, calculó que sería una larga y productiva mañana.
Peretti, aferrado a la posibilidad de que su despertador nunca hubiera sonado y que todo fuera un mal sueño, escapó momentáneamente de sus rumias para recrearse en el muy apetecible trasero de la camarera. Ella, perfectamente consciente de aquella repentina subida de testosterona, contraatacó:

- ¿Mal día, eh?
- Habría que inventar una nueva palabra para describirlo. Surrealista se queda corta y...
- ¿No deberías estar en clase?- interrumpió
- ¿Cómo? ¿¡En clase!? Esta si que es buena. Si me has tomado por uno de tus profesores, niña, te equivocas
- Muy gracioso. Me refería a que tu deberías estar en clase como alumno, niño

Peretti palideció visiblemente, pero trató de disimularlo

- Oye, si lo de quitarme años es una estrategia peloteril para conseguir que consuma más, no va a funcionar. Y hoy menos que nunca
- Venga, ¿qué tienes? ¿18?¿20? Soy muy mala para echar años, especialmente, en esas edades tan tiernas...

Y en ese preciso momento, el huracán Peretti estalló. Cuando había convencido a los individuos de un radio de 50 metros que semejante explosión de furia sólo podía pertenecer a un histérico-paranoide, un repentino dolor en el brazo derecho interrumpió precipitadamente su discurso.

Lo siguiente que Peretti escuchó desde su limbo semi-inconsciente, fueron las confundidas voces de los enfermeros de la ambulancia.

- Yo le echo unos 50
- Pues su DNI dice que tiene 41 primaveras
- ¡Joder, pues que mal se conserva!. No me extraña que le haya dado un achuchón...

Peretti, repentinamente espabilado por aquel nuevo izquierdazo, intentó contestar, pero su pulso volvió a acelerarse hasta dejarle K.O. durante unos buenos 30 minutos.

15 tests negativos, 5 horas y 27 minutos más tarde, salía del hospital firmemente convencido de ser el protagonista de la nueva versión de Atrapado en el tiempo o El show de Truman. Posiblemente, ambas al mismo tiempo.

Sólo le quedaba una cosa por hacer antes de ceder a la locura colectiva; ir directamente a la fuente más fiable del mundo: su madre. Entonces, recordó que estaba de viaje por las islas griegas con su grupo del Imserso. Como segunda opción, llamó a su mejor amigo, pero tras comprobar repetidamente que su móvil estaba apagado/fuera de cobertura, recurrió, con frustración, a la tercera persona que mejor lo conocía en el mundo (u opción de emergencia número 3) su ex novia.

Inicialmente reacia a cualquier intercambio verbal y tremendamente distante y seca, la mujer aprovechó esta singular ocasión para transmitirle su particular “cosas que nunca te dije” antes de colgar bruscamente:

“Vivir contigo era como estar sentada en una estación sin saber cómo ni cuando iba a llegar el tren. Cada vez que la vida apretaba el botón de play o de ff en nuestra relación, aparecía ese adolescente hosco y temperamental que se sentía superado por el “nosotros”. En cambio, cuando viajábamos, hablábamos de política, de arquitectura, o de arte, era un hombre maduro el que ocupaba el puesto. Y había más, muchos más hombres empujándome a una especie de... poligamia oscilante. Aunque lo más desquiciante de todo, era que ninguno se quedaba demasiado y no había ningún horario de visitas al que aferrarse. ¡Era imposible vivir con varios hombres a la vez!”.

Aquel monologo fue más de lo que pudo soportar. Destrozado y cada vez más confundido, sintió el impulso irrefrenable de escapar de todo y de todos. Caminó sin rumbo aparente durante horas, hasta llegar a un parque que solía visitar en su infancia. Sentado en un banco mientras observaba jugar a los niños, Peretti fue abducido por un repentino ataque de nostalgia. Recordó a su difunto padre y la complicidad de sus mañanas de domingo, cuando ambos se sentaban en ese mismo parque a atiborrarse de chucherías, para luego comer frugalmente (o nada en absoluto) a la hora de la comida, a pesar de la exasperación in crescendo de su madre.
No le había echado tanto de menos desde que murió, hacía casi 30 años.

Y entonces, comenzó a llorar como no había llorado en toda su vida: doblado en postura fetal, la única en la que se puede llorar y dormir con total abandono. Una niña, conmovida, se acercó hacia él.

- Si dejas de gimotear, te invito al tiovivo
- ¿Qué?
- Tengo dos viajes. Mis padres siempre me lo compran todo a pares, ellos sabrán porqué...
- Eres muy amable, pequeña, pero creo que ya estoy mayorcito para esa atracción

La niña comenzó a reír con una risa tan cristalina, que lo desarmó. Echó sus largas trenzas hacia atrás, le apuntó con el dedo índice y espetó:

- Tú tienes 7 u 8 años como mucho, ¡no me engañes!

Y sin darle tiempo a replicar, lo arrastró de la mano hasta el carrusel para sentarlo en un elefante azul mientras ella se acomodaba en un caballito de mar.
La música estalló y la atracción comenzó a girar. Peretti, más allá de la incredulidad, la angustia y la frustración, observaba dar vueltas y más vueltas a todo lo que le rodeaba. Durante unos segundos, peleó con la nausea y el desproporcionado tamaño de sus piernas, hasta que se dio cuenta, con asombro, de que era él y no el tiovivo, lo que giraba sobre sí mismo hacia delante y hacia atrás, una y otra vez. Y supo, con inquietud y alivio al mismo tiempo, que en cualquier momento la música dejaría de sonar, dejándolo, provisionalmente, en un punto indeterminado de ese círculo...

15 octubre 2010

Lo que se puede guardar en un pañuelo



Mientras el cliente repetía por segunda vez “¡No tengo todo el día, joven!”, la dependienta pensaba que aquello iría directamente a su cuaderno de anécdotas.
Tan sólo dos minutos antes, un hombre mayor, impecablemente trajeado, había extendido sobre el mostrador un pañuelo de bolsillo que contenía 13 piezas de lo que originalmente había sido un teléfono móvil.

- Se cayó en plena carretera y un par de coches le han pasado por encima. ¿Puede arreglarlo?- increpó
- Bueno, pues...
- ¡Puede tocarlo, criatura! ¡No está usado!- insistió.

La chica, con toda la paciencia de que fue capaz, le explicó que en ese caso concreto, lo más práctico y económico sería comprar uno nuevo, pero el anciano la interrumpió antes de terminar la frase:

- El dinero no es un problema. Hagan lo que tengan que hacer.
- Señor, si lo que necesita es un móvil urgentemente, estoy segura de que cualquiera de los modelos que tenemos...
- No se impaciente. Ya le compraré uno de sus malditos trastos, pero ustedes arréglenme este.

La dependienta frunció los labios, colocó los manos firmemente sobre el mostrador y tomó aire antes de proseguir:

- Bueno, eso puede llevarnos mucho tiempo. La mayoría de estas piezas son inservibles. Y, si le soy sincera, no estoy segura de que nuestra empresa realice arreglos de ese tipo. Supongo que habría que enviarlo a la fábrica original y será un proceso largo y costoso. ¿Está seguro de que quiere arreglarlo?
- Ya le he dicho que sí
- Perdone mi indiscreción, ¿pero acaso contiene algún número o archivo que necesite en estos momentos? Si usted quiere, en lugar de repararlo, podría intentar extraerse...
- Ahórrese la charla técnica, muchacha. Lo que mi móvil contenga no es asunto suyo. Simplemente, arréglenlo, tarde lo que tarde y cueste lo que cueste. Cuando lo tengan listo, escríbanme a esta dirección.

Y, tras ese último izquierdazo a la lógica de la joven, le entregó una tarjeta, se dio la vuelta y desapareció.

Dos meses después, el mismo anciano volvía a salir de la tienda, esta vez con el teléfono totalmente reparado. Sentado en un banco, entre un cartel publicitario y una papelera, contempló el aparato largamente antes de decidirse a encenderlo, pero una vez dado el paso, con las manos temblorosas, fue directamente al archivo de fotos. Tras comprobar su contenido, sonrió aliviado, extrajo otro móvil, y reenvió una imagen del viejo al nuevo aparato.

- Estos trastos nuevos tienen unas pantallas enormes y mucho más nítidas- musitó- ahora podré volver a verte.

Con emoción contenida, acarició brevemente la imagen del labrador blanco que le devolvía la pantalla, y, en un gesto rápido, arrojó su viejo y costosísimo teléfono móvil a la basura.

05 octubre 2010

Paper Rain




La combinación de cielo despejado, luna menguante y apagón en un radio de cinco kilómetros, permitía vislumbrar por primera vez en años casi todas las constelaciones. Sirio, procyon y betelgeuse conformaban con orgullo un radiante e insólito triangulo de invierno. A pesar del frío, algunos niños contemplaban maravillados el espectáculo celeste desde sus porches hasta que sus padres o sus perros les instaban, preocupados e impacientes, a entrar en casa.

Cuando se disponía a depositar la basura en los cinco contenedores, Ted advirtió que un cartel oscuro dividía en dos el amarillo del contenedor de plásticos y latas. Lo observó impacientemente, irritado por no llevar consigo sus gafas, hasta que consiguió domar todas sus letras. La cólera hizo su aparición en sus puños antes que en sus mejillas. Sin pesárselo dos veces, lo arrancó de cuajo y tras romperlo en diminutos fragmento ilegibles, lo depositó en el contenedor azul.

La artrosis de sus manos y rodillas pareció protestar, pero a Ted aquel pequeño acto de rebelión le había sabido a demasiado a poco. Necesitaba alimentar el fuego de tal forma que recorrió el barrio arrastrando pesadamente sus pantuflas hasta que encontró otro cartel. Le costó un poco más arrancarlo de la pared y, en el esfuerzo, se llevó, además, tres capas de papel extra que dejaron totalmente limpia la pared. Resollando, Ted observó el nuevo hueco blanco y sintió una punzada en el pecho orbitando alrededor de la creciente furia. De repente, había comprendido su cometido: tenía que arrancarlos todos.

Y aquella noche, el hombre cauto, sensato y extremadamente respetuoso que siempre había sido, ignoró los insultos y miradas de extrañeza, desprecio o indignación que le dedicaban los viandantes, y presa de la mayor fiebre que había padecido en su vida, continuó arrancando y rompiendo frenéticamente, cartel tras cartel, hasta que le sangraron las uñas y el esfuerzo y la humedad noquearon sus doloridas rodillas.

Apoyándose torpe y pesadamente en las paredes, a modo de bastón, tardó casi un cuarto de hora en llegar a casa. Su mujer lo recibió impaciente y recelosa dando por hecho que había sucumbido a una de sus ocasionales borracheras. Lo miró de arriba abajo sin verle y lo sentenció sin comprobar que no había rastro de alcohol en su aliento. Ted puso la televisión para ahogar, en parte, el desprecio. Le gustaba dormirse viendo los programas de sucesos, solazado en el confort de las desgracias de otros, pero, de repente, las noticias rompieron bruscamente la transmisión.

Instantáneamente, sus puños volvieron a endurecerse, pero esta vez, se aferró a su sillón. Su mujer, al escuchar la inconfundible música de los informativos, volvió a la sala, olvidando, momentáneamente, la nueva muesca de amargura conyugal. Tenía que compartir la noticia del día con su marido:

- ¿Te has enterado, Ted? Los mariquitas ya pueden casarse
- Lo sé -contestó él- Han empapelado toda la ciudad con no sé qué fiesta del orgullo de los cojones...
- Ver para creer, ¿verdad?- pronunció antes de desaparecer de la sala de nuevo

Ted observó durante unos instantes la puerta vacía y cuando se aseguró de oír a su esposa en el otro extremo de la casa, murmuró mientras se frotaba las doloridas rodillas:

- Demasiado tarde, joder. Demasiado tarde...



06 septiembre 2010

Ada




El primer recuerdo de Ada fue el momento en el que comenzó a querer a su padre.
Durante los primeros cuatro años de su vida, para ella sólo había sido un alto hombre trajeado de gesto severo y ojos tristes que madrugaba demasiado y llegaba a casa cuando se podían ver las estrellas.

Una soleada mañana de julio, Ada había encontrado una mariposa con un ala rota en el jardín. Apesadumbrada, entró corriendo en casa con el frágil insecto atrapado entre sus manos diminutas. Justo cuando su madre trataba de convencerla de la inevitabilidad de algunas tragedias, su padre, rescató a la mariposa de los dedos infantiles y la sujetó delicadamente debajo de las alas entre su pulgar e índice, justo por lo que a Ada le parecieron los hombros del animalillo. Y con la naturalidad y la determinación con la que un cirujano pronunciaría “hilo del 5-0”, espetó “celo transparente”. Posteriormente, ante el asombro de madre e hija, estiró con delicadeza el ala prácticamente rasgada con los dedos de la mano derecha y unió suavemente con una gruesa tira de celo los dos extremos. “Ahora podrá volar otra vez” anunció.

Y mientras el convaleciente lepidóptero iniciaba torpe pero audazmente el vuelo, como un tímido fuego artificial que ha postergado en exceso su salida, la pequeña se debatía entre los dos pequeños milagros que acabada de presenciar, sin poder decantarse firmemente por uno. Sin embargo, algunos años y muchas alas reparadas después, descubriría que había sido la delicada e improvisada intervención de aquel rudo y reservado hombretón de manos grandes lo que, definitivamente, había dado un vuelco a su mundo.
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