26 mayo 2010

Un sobre azul



Cada vez que recibo un sobre cuadrado, sólo tengo un pensamiento en mente “¡que no sea azul!”. Lo malo de “las noticias azules”, es que por mucho miedo que les tengas, siempre llegan en el momento en el que dejas de esperarlas, justo cuando bajas la guardia y centras tu energía en cosas mucho más prosaicas e inmediatas. Pero hoy he mirado el correo y ahí estaba, impecable, elegante, ligeramente hinchado, casi a punto de apostillar condescendiente “te lo dije”.

Dos preguntas, a cual más inquietante, rondaban mi cabeza: “¿quién será esta vez?” y “¿me quedará algún salvoconducto?”. Llamamos salvoconductos a los sobres rojos. En caso de recibir un sobre azul, la única esperanza de salir indemne es entregar otro sobre de un color casi sangre. Por lo tanto, lo primordial en estos casos es tener siempre como mínimo un salvoconducto de resguardo en casa.
El cajón inferior de mi mesilla me confirmó que mi repentino ataque de angustia estaba injustificado: ¡había un sobre rojo!. Por lo tanto, liberado de la parte más peligrosa del intercambio, ahora sólo quedaba saber quién era ella... ¿o tal vez se trataba de un él?.

Según la citación, se llamaba Lynn Page y había notificado la ruptura hacía dos días. ¿Quién sería esa tal Lynn? ¿Dónde nos habríamos conocido?
Recostado en el sillón, mi mente empezó a escanear los últimos meses de mi vida. Me esforzaba en conectar rostros, sensaciones y camas. Y sólo una posibilidad acudió a mi mente: una amiga de Vanessa, extremadamente tímida, con la que había coincidido en algunas fiestas. Sabía que le gustaba porque nunca me quitaba los ojos de encima. Recordaba que su nombre era Lynn, porque la noche que intenté ligármela, la emoción de la conquista sumada a unas cuantas copas de más, me llevaron a hacer rimas estúpidas con su nombre y acabé bautizándola Linda. Sin embargo, su rostro se me seguía resistiendo. Sólo recordaba vagamente un cuerpo pálido en contraste con unas sábanas negras, un tatuaje de un kanji en la cadera y un sabor a regaliz.

*

Estos procedimientos suelen ser muy rápidos. A veces, la persona que ha sufrido la ruptura elige no comparecer y el sobre debe ser entregado a un intermediario. Hoy ha sido una de esas veces, pero en lugar de alivio, no he podido evitar sentir cierta desilusión. Por algún extraño motivo, no quería darme por vencido: tenía que verla. Así que esperé en el pasillo de la sala de psicoanestesia, disimulando mi curiosidad tras una de mis novelas favoritas. Calculé que su proceso debía haberse iniciado a la misma hora que mi entrega, por lo tanto, el tiempo del borrado debía estar a punto de tocar a su fin.
Una puerta se abrió y una mujer joven salió de ella. Debía rondar los treinta. Sencillez y extravagancia parecían conciliarse en su falta de maquillaje, su pelo recogido en una coleta y una llamativa gabardina amarilla. Mientras la observaba dirigirse al ascensor y antes de darme cuenta, se me escapó un grito: ¡Lynn! Se giró para mirarme. No había ningún atisbo de reconocimiento en su mirada. Me resultó extraño, porque el borrado elimina los sentimientos, pero no el recuerdo.

- ¿No sabes quien soy?- insistí.
- ¿Y por qué habría de saberlo?

Su franqueza me cayó como un mazazo, pero intenté disimularlo.

- ¿Eres Lynn Page, no?
- No, soy Kim Anderson. ¿Por?
- Te había confundido con otra...
- Ahh, entiendo. Has recibido un sobre azul de una tal Lynn y querías comprobar quien era.
- Algo así, sí...
- Siento desilusionarte. Aunque, bien pensado, ¿tantos corazones rompes que ni siquiera los recuerdas?

Me acerqué un poco más a ella. Tenía los ojos verdes y la piel dorada. Era preciosa.

- Bueno, en mi defensa, tengo que decir que fue uno de esos efectos colaterales de una borrachera – la frase sonaba mejor en mi cabeza y ella debió opinar lo mismo.
- Ahhh, ya....
- ¿Y tú por qué estás aquí?- insistí.
- Me enamoré de la persona equivocada.
- ¿Y te hizo daño, no?
- No, en realidad, se lo he hecho yo a él. Ha sido mi sobre rojo el entregado- me mostró tímidamente su carta azul- Me he sometido al proceso de psicoanestesia, porque no quiero seguir sintiéndome.. bueno, como me sentía...
- Siempre he creído que los demandantes suelen llevarse la peor parte.
- Las cosas son mas complicadas que eso- apostilló contundente- para mi, todo el proceso de enamoramiento ha sido como una enfermedad. Solo sentía ansiedad, inquietud, insomnio, nauseas... nada de esa ligereza y felicidad incontenible de la que se habla en las películas. Creo que él se quedó con la parte buena del enamoramiento y yo padecí la mala.
- No me creo que durante ese tiempo no sintieras mariposas- sonreí. Mi mode ya estaba puesto en “flirteo descarado”, aún antes de ser consciente de ello.
- Más que mariposas revoloteando en mi estómago, yo sentía un nido de buitres hambrientos. Me volví... exigente. No, aquella obsesión enfermiza y co-dependiente no era Amor...

Era mi oportunidad. Aún estaba triste y vulnerable, pero no por mucho tiempo.

- ¿Te apetece tomar un café... o un chocolate? ¿cualquier cosa dulce que compense el mal trago? ¡Vamos, te invito!
- Eres muy amable, pero no, gracias.
- Entiendo.. ¿en otro momento, tal vez?

Su rostro parecía una máscara y yo me preguntaba si sería únicamente la psicoanestesia lo que lo privaba de emoción.

- Me temo que también voy a tener que decir no. Lo siento.
- Hagamos una cosa. Acabo de terminar esta novela. Te la regalo. Voy a escribir mi numero de teléfono en ella y si durante su lectura llega a emocionarte o a tocarte de alguna manera, me llamas para darme las gracias, OK?- escribí el numero en el índice asombrado de mi propia rapidez, y coloqué el libro delicadamente en sus manos, como si fuera un animal herido.
- Aceptaré el regalo, pero dudo mucho que te llame.
- ¿Cómo estás tan segura?
- Por que aún no se me han pasado los efectos de la anestesia.

Con el eco de sus palabras aún en el aire, se dio la vuelta bruscamente y se fue. La contemple caminar hacia el ascensor y después seguí sus pasos a través de la ventana. La lluvia la había obligado a abrir el paraguas y caminaba con el libro abierto estratégicamente por el índice. Ya no debía quedar ni un sólo dígito descifrable...

08 abril 2010

Entre amarillos



“Y si estuviste ahora, luego no estás.
Y nunca más te vi y no fui nada en tu vida”.


Camino por la casa tropezando contra los muebles
como si fueran bolas en una mesa de billar.
Impactan contra todo lo que alguna vez hubo,
negros y rojos,
cómplices resignados de lo transitorio,
como los granos de los castillos de arena.

Los sábados rescato narcisos del jardín,
víctimas colaterales de algún niño, algún perro o algún loco.
Los coloco en un jarrón de cristal azul
y cada día me asomo a ellos como si fueran mirillas.
Me miran mientras miro y mientras sueño.
Pequeños, flamantes soles en su soporte azul.
Pero cada lunes olvido que no siempre me han mirado
y siempre me aflijo cuando su luz se seca.



:***

01 marzo 2010

El ladrón de piezas



Durante las últimas semanas, un singular suceso se viene repitiendo en la residencia de ancianos Antes del atardecer: misteriosamente, las piezas blancas de los puzzles han comenzado a desaparecer, causando estragos, especialmente, en el Taj Mahal, la catedral de Milán y el Gernika de Picasso.

Desde el comienzo, la psicóloga del centro atribuyó estos pequeños hurtos a un caso claro de personalidad pasivo-agresiva. Según ella, resultaba evidente que alguno de los internos, frustrado pero incapaz de verbalizar su rabia, se dedicaba a sabotear la principal forma de diversión de la mayoría de sus compañeros en un claro intento de “mal de muchos, consuelo de todos”.


Aceptada esta hipótesis por mayoría casi absoluta, y ante las furibundas protestas de los ancianos, se llevaron a cabo inspecciones sorpresa en todas las habitaciones, pero los únicos objetos del delito que encontraron, fueron 20 revistas porno, tres tabletas de chocolate y un tanga de Hello Kitty.
Todo apuntaba, entonces, a que el ladrón se iba deshaciendo de las piezas, probablemente, de una en una, a medida que las iba robando.

La última noche de visitas, casi tres horas después del “toque de queda”, el señor Martin, el último anciano ingresado en el centro, se levanta de su cama con todo el sigilo que le permiten su reuma y sus manos artríticas, y de la parte exterior del tercer cajón de su mesilla, pegada con cinta adhesiva, extrae una bolsa arrugada de papel marrón. Ayudado por su bastón, camina hacia el comodín, deposita en el la bolsa y observa de refilón su marchito reflejo en el espejo. A continuación, saca del armario la pequeña maleta negra que un desconocido le traería horas antes, y al abrirla, cuidadosamente envueltos entre sus camisas, aparecen los cuatro rectángulos perfectos de un puzzle de La Place de l'Europe, temps de pluie. El anciano, une torpemente las cuatro partes encoladas y observa esperanzado el inoportuno hueco de la pechera de la figura principal.

Sobre el comodín, liberadas de su bolsa, le retan ya desafiantes alrededor de cien piezas blancas. Con paciencia de relojero y un creciente cosquilleo en las yemas de los dedos, el señor Martin comienza la labor de tratar de encajarlas una por una.
Veinte minutos más tarde, la última de las piezas reposa expectante sobre la palma de su mano izquierda. Decidido a acabar con su angustia, el anciano coloca la pieza sobre el hueco del puzzle como quien lanza una bengala, pero no encaja. Desesperado, la gira en todas sus combinaciones y prueba a encajarla varias veces más sin éxito. Tratando de reprimir el llanto, en un ataque de furia, coge su bastón y golpea la pieza contra el puzzle una y otra vez, hasta que los gritos del enfermero de guardia le sacan de su ensimismamiento.

- ¡Señor Martin, pare, por favor, está despertando a toda la residencia! ¿Se puede saber que rayos le pasa?

El anciano, observa las piezas repartidas por el suelo, como extrañas flores de formas caprichosas y comprende que “su secreto” ha salido a la luz. Tras señalar el puzzle, coloca la mano derecha sobre su pecho y mirando fijamente a los ojos del enfermero, confiesa:

- Había un hueco...



Dedicado a I, por todo lo que ella sabe :)

14 febrero 2010

L'exigeante désespérée



En una agencia de contactos:

- ¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarla?
- Quiero devolver a un hombre
- ¿Disculpe?
- Sí, al tipo con el que me habían concertado una cita. No me satisface y lo quiero cambiar por otro
- Escuche, madame, eso que nos pide es imposible. Las personas no se devuelven, no son objetos...
- ¿Entonces qué hago con él?
- ¿¡Como que...!?. En fin, nosotros hacemos la selección de candidatos y ofrecemos el perfil más compatible. Una vez hecho esto, ahí acaba nuestra responsabilidad. En caso de que surja algún problema, debería hablarlo con él, no con la agencia
- ¡Ustedes me garantizaron el flechazo!
- No, madame, le garantizamos una persona compatible con usted en un 90%
- Es lo mismo
- No lo creo
- ¡Es que me han elegido a un soseras!
- Escuche, madame...
- Tavernier
- OK, Madame Tavernier, ¿ese soseras no tiene sus mismos hobbies?
- Sí, le gusta la jardinería, la micología y el patinaje artístico, como a mí
- ¿Y en cuanto a personalidad y filosofía de vida?
- Bueno, también es un pesimista reconvertido
- ¿Disfruta de su compañía?
- Es agradable hablar con él
- ¿Siente atracción hacia este hombre?
- Sí...
- Entonces, ¿cuál es el problema?
- Ya se lo he dicho: no me satisface
- ¿En que sentido no la satisface?
- No me gusta el rumbo que esta tomando esta conversación, joven
- Discúlpeme, pero sigo sin entender por qué lo descarta tan radicalmente
- Es que... ¡tararea mientras come!
- ¿Durante las comidas?
- Sí, a Wagner. Todo el tiempo
- Vaya...
- ¿Usted sabe lo que es comer con la cabalgata de las Valkirias?
- Me hago una idea, señora, pero a pesar de esa peculiaridad, ¿es lo único que le molesta de él?
- ¿Pero es que no le parece poco?
- Hombre, pues....
- ¡Si hasta la comida me huele a napalm!
- Entiendo, yo también he visto Apocalypse Now, pero...
- Bueno, es que no es sólo eso, también influye el hecho de que hable en diminutivos. Suelta cosas como “estamos en plena crisecita”, “hace friito” o “soy curiosito”
- Pues a mi me resulta entrañable. ¿Sabe que los italianos hablan... ?
- Por favor, a veces tengo la sensación de que el comando Anti-Cursis va a aparecer en cualquier momento...
- En fin, entiendo que sea eso importante para usted, pero mírelo en conjunto. Además de esas dos cosas, ambos tienen muchísimo en común, ¿verdad?
- Si, bueno...
- Tengo su ficha aquí mismo y pone que pidió a alguien que fuera lo más parecido posible a...
- Sí, sé que lo dije, pero no es este el caso
- ¿Piensa que hay alguien más compatible en nuestro fichero para usted?
- Exacto
- ¿Y no cree que de ser así ya lo habríamos encontrado?
- Usted no lo entiende, joven, tengo que librarme de él ya o de lo contrario...
- ¿De lo contrario qué? ¿Amenaza con demandarnos?
- No... es algo mucho peor
- ¿A qué coj....narices se refiere, madame?
- Es que...
- ¿Si?
- ¡Me estoy enamorando de él, maldita sea!


Esta actualización continua en.... http://www.chataignesetchocolat.blogspot.com/

09 febrero 2010

Franny and Zooey (fragmento)



... miró a Franny
- ¿ Me escuchas o no?
- Sí.
- Tienes a dos de los mejores profesores del país en tu maldito Departamento de Inglés. Manlius. Espósito. Dios mío, ya quisiera yo tenerlos aquí. Por lo menos son poetas.
- No, no lo son -dijo Franny-. En parte eso es lo espantoso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No son más que personas que escriben poemas que se publican y aparecen en antologías por todas partes, pero no son poetas.
Se calló, incómoda, y apagó el cigarrillo. Desde hacía minutos había ido palideciendo. De repente su lápiz de labios parecía un tono o dos más claro, como si se lo hubiese quitado con un pañuelo de papel.
- No hablemos de eso -dijo, casi con indiferencia, aplastando la colilla en el cenicero-. Estoy amargada. Voy a estropearte el fin de semana. Ojalá hubiera una trampa debajo de mi silla y me hiciera desaparecer.
El camarero se acercó un momento y dejó otro Martini delante de cada uno. Lane rodeó con sus dedos -que eran finos y largos y casi siempre estaban a la vista- el pie de la copa.
- No estás "estropeando" nada -dijo en voz baja. Simplemente me interesa averiguar de qué diablos se trata. Quiero decir, ¿hay que ser un maldito bohemio, o estar muerto, por Dios santo, para ser un "verdadero poeta"? ¿ Qué es lo que quieres, un idiota de pelo largo ?
- No. ¿Por qué no lo dejamos pasar ? Por favor. Me siento fatal, y me está entrando un terrible...
- Estaría encantado de dejar el tema.... me encantaría. Pero dime primero qué es un "verdadero poeta", si no te importa. Me encantaría. De verdad.
Había un ligero brillo de transpiración en la frente de Franny. Posiblemente era sólo que hacía demasiado calor en el comedor, o que los martinis estaban demasiado fuertes, o que tenía el estómago revuelto; en cualquier caso, Lane no pareció notarlo.
- No sé qué es un verdadero poeta. Me gustaría que terminaras, Lane. En serio. Me siento muy mal y muy rara, y no puedo ...
- Está bien, está bien... De acuerdo. Tranquila -dijo Lane-. Sólo trataba de ...
- Lo que yo sé es esto, nada más -dijo Franny-. Que si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo que sea. Esos de los que tú hablas no dejan ni una sola cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que son algo mejores, es meterse en tu cabeza y dejar "algo" allí, pero el que lo hagan, el que sepan "dejar algo" no significa que sea un poema, no ¡por Dios! Puede tratarse simplemente de una especie de excrementos, terriblemente fascinantes y sintácticos, con perdón. Como pasa con Manlius y Espósito y todos esos pobres hombres.
Lane se tomó tiempo para encender un cigarrillo antes de decir nada.
- Creí que te caía bien Manlius. De hecho, si no recuerdo mal, hace aproximadamente un mes, dijiste que era "un encanto"y que tú ...
- Y me cae bien. Estoy harta de que la gente me caiga bien solamente. Quisiera conocer alguien que pudiese respetar... ¿Me disculpas un momento?
Franny se puso de pie con el bolso en la mano. Estaba muy pálida.


Que pena que haya tenido que morir Salinger para descubrir esta maravilla...

Recomendabilísimo :)

07 febrero 2010

Way to blue



R. llega a su apartamento tarde y sin prisa, como un moderno C.C.Baxter. Pero en lugar de alguno de sus jefes apurando unos minutos con una de sus amantes, esa noche sólo le espera cerveza fría, una vieja colección de vinilos y su contestador automático. Tiene la mala costumbre de escuchar sus mensajes únicamente el último día del mes. Todos sus familiares, compañeros y amigos saben que las urgencias y los cambios de última hora deben ser destinados al teléfono móvil del trabajo, y que cualquier cosa que no se incluya en una de esas dos categorías, puede esperar. Sin embargo, hoy es 31 de enero.

El primer mensaje es de su madre. Le recuerda que hace más de dos meses que no se pasa por “su casa”. R., sentado en su sillón favorito, sonríe con sorna tratando de recordar cuando fue la última vez que consideró como suyo su antiguo hogar.
En un nuevo mensaje, un tal P.D. le comunica a un tal F.N. que en una semana va a celebrarse la cena anual de antiguos niños cantores. Tres mensajes más tarde, con un creciente tono de irritación, impaciencia e incredulidad, el mismo P.D. repite casi literalmente las mismas frases rogando contestación. R. ríe maliciosamente tratando de imaginar la cara de pardillo del tal P.D. al descubrir su equivocación. Sin embargo, no puede evitar preguntarse si F. N. acudiría finalmente a esa cena y si su ausencia provocaría algún desperfecto en, por ejemplo, el Ave Maria de Schubert, el Oh, nuit de Rameau o el Bohemian Rhapsody de Queen.

Un sexto pitido le indica que alguien más espera su turno. No obstante, esta vez su sonrisa se transforma instantáneamente en una extraña mueca a lo cartoon. Es la tristeza de la voz de su ex novia y no sus palabras lo que lo turba. Tras un par de apresuradas frases, pronuncia la palabra café como quien extiende un pañuelo en la parte final de un truco de magia.
Tras su inconfundible pitido, la voz mecánica del contestador insta a borrar o guardar el mensaje, pero las manos temblorosas de R., en un gesto apresurado, sólo aciertan a dejar la cerveza sobre la mesa con un sonoro golpe.

En aquellos casi cinco años no le había dedicado muchos pensamientos. Su proceso de “desenamoramiento” había sido gradual y nada traumático. Sólo al escuchar ciertas canciones o leer algunos fragmentos, su presencia parecía emerger ocasionalmente de algún punto del apartamento. Sin embargo, ahora se sorprendía a si mismo recordando vivamente las cosas que antes creía haber olvidado, como si al rascar ligeramente la desconchada pintura de una pared, hubiera descubierto un mural intacto.
Su nuca era siempre lo primero que se tostaba en verano y a menudo le gustaba caminar tras ella, sólo para poder observarla. Tenía la ingenua costumbre de espiarlo mientras se afeitaba, como si aquel tedioso ritual diario fuera para ella la confirmación de la conquista del último reducto masculino. R. fingía siempre no percatarse de aquel acuerdo tácito de voyeurismo o invasión consentida de la privacidad. ¿Por qué diablos había fingido tanto tiempo?.

Más detalles rescatados. E. confundía sin inmutarse los nombres de los músicos, proclamando, por ejemplo, a “Jeff Drake” y “Nick Buckley” como algunos de sus cantantes favoritos y, de tanto en tanto proclamaba, en un forzado alarde de liberalidad sexual, los apodos con los que solía bautizar las partes del cuerpo de
tod@s sus amantes. Sus morbosos ejemplos, nunca lo admitiría, solían incomodarlo y excitarlo al mismo tiempo.

Pero en algún punto de aquella rocambolesca espiral de recuerdos, a R. le sobrevino la urgencia de escuchar Way to blue. “¿Realmente la sigo queriendo?” se preguntaba turbado. Pero mientras localizaba Five Leaves Left entre sus vinilos, cayó en la cuenta de que, en realidad, no era ella, ni su colección de idiosincrasias, o su particular dislexia musical lo que echaba de menos, sino otra urgencia mucho más primaria y simple con la que no había contado. A lo largo de los últimos años, algo lo había reducido en la forma opuesta a como lo haría un jíbaro. La soledad ocupaba tanto espacio en su cabeza, que inconscientemente, había abandonado la idea de volver ser la primera opción en la vida de otro alguien. “El cine de madrugada, el asiento de al lado, el traje del sábado”. R. piensa que esa necesidad es un vergonzoso y pueril vestigio del egocentrismo infantil al que, tarde o temprano, todos nos enfrentamos, y sonríe, con una mezcla de orgullo y amargura, al pensar en la cantidad de direcciones contrarias y clavos ardientes a los que un ser humano es capaz de aferrarse con tal de no sentir ese desolador “destronamiento”.

Por lo tanto, ¿qué podía hacer con la chica de la nuca tostada? ¿Cómo encajarla dentro de su nueva vida de “emociones jíbaras”?

Tras las primeras notas, justo en el momento en el que Nick Drake canta Have you never heard a way to find the sun, R., en un rápido gesto, pulsa el uno, borrando el mensaje de la memoria.


"La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. [...] Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. [...] He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir".

Marguerite Duras


23 enero 2010

La restauradora de relojes



Me llamo Alex Norton. Tengo 29 años, 6 meses y 9 días y soy restauradora de relojes.
Al contrario de lo que pueda parecer, la tarea de reaccionar máquinas del tiempo, no es un cursi y esnob eufemismo de relojero. No hay nada técnico en lo que hago. Yo no fabrico ni reconstruyo materiales o piezas. Únicamente me dedico a revivir relojes que por algún motivo inexplicable desde el punto de vista mecánico, han dejado de moverse.

Siempre digo que puedes medir la felicidad de los habitantes de una casa por la cantidad y el tipo de relojes que contiene. En los “nidos calientes”, como yo los llamo, suele haber pocos instrumentos de medición del tiempo y casi siempre son modernos. Los “nidos húmedos”, por otro lado, poseen muchas más máquinas antiguas que modernas y éstas suelen estar distribuidas estratégicamente por toda la vivienda.
Casi nadie sabe que cuando conviven muchos relojes distintos en una casa, son como plantas robándose el aire entre sí en medio de la noche. Sus sonidos se ahogan, el aire se espesa y el tiempo se estanca.
Pasar en un mismo día, de un nido caliente a uno húmedo, me hace experimentar algo parecido a lo que deben sufrir los astronautas cuando viajan desde la luna a la tierra.

Generalmente, los relojes no suelen dar grandes problemas. Sólo algún que otro enfado o arrebato temperamental. Sin embargo, en ocasiones, simplemente deciden marcharse.
Hace tiempo, una mujer recién divorciada y su hijo adolescente, experimentaron con varios "métodos caseros" en su reloj de cocina antes de recurrir a mi ayuda. Para cuando llegué, le habían masajeado y estirado el muelle de contacto, lucía la mejor pila del mercado y ambos lo habían introducido por turnos bajo su jersey para que entrara en calor, como si de la cría de un marsupial se tratase.
Sin embargo, yo supe instantáneamente que aquel pequeño reloj blanco había desaparecido algunas lunas atrás, y que aquello no era más que un caso claro de Síndrome de vínculo fantasma. Algunos experimentan hacía sus relojes algo parecido a lo que sienten las personas a las que se les ha amputado un miembro. Aquella mujer y su hijo, creían haber visto movimiento en las manecillas de la máquina acompañadas de su característico tic tac, cuando, en realidad, el aparato llevaba vacío semanas.

En otra ocasión, conocí a una anciana con un extraño síndrome de Ulises relojil que guardaba en su casa todos los relojes que había poseído. Muchos llevaban parados años, algunos incluso décadas. Todas las habitaciones de la casa, incluido el baño, contenían, como mínimo, dos máquinas del tiempo.
Me costó más de dos horas recorrer toda la vivienda, pero finalmente di con el origen del problema: el reloj de cuco. Estos preciosos relojes suelen ser más temperamentales que el resto. Los cucos, perezosos por naturaleza, suelen invadir nidos ajenos para colocar sus huevos. De esta forma, cuando los polluelos nacen, son criados por otras especies. Pero lo más dramático de todo, es que los padres adoptivos suelen favorecer a sus inusualmente grandes y exigentes retoños y muchos de sus polluelos biológicos acaban muriendo de inanición.
En la casa de aquella anciana, había ocurrido exactamente lo mismo: el cuco había ocupado y aniquilado todos y cada uno de los relojes y mi tarea era que volviera a su hogar original.
Tras convencer a la dueña de que ya no había esperanza para el resto de sus reliquias, preparé tortitas y las coloqué en un plato sobre la cavidad que originalmente ocupaba el ave (si hay algo a lo que ningún cuco puede resistirse, es a las tortitas con chocolate). Poco después, para mi sorpresa, el animalillo regresó dócilmente a su nido.
Cuando salí de nuevo a la calle, además de una repentina tormenta de nieve, me sorprendió el hecho de que lo que yo había vivido como tres horas, sólo habían sido en realidad diez minutos.

Pero paradójicamente, el caso más difícil (e inquietante) que he tenido hasta la fecha, ha sido y es el de mi propio reloj de pulsera. En ocasiones, las manecillas parecen intercambiarse mágicamente, de tal forma que la aguja horaria recorre la esfera doce veces más deprisa que la aguja del minutero, en una extraña hiperactividad paradójica.
Durante el día, trato de no hacerle caso, su ritmo me despista y me marea, así que dependo únicamente de máquinas ajenas.
Sólo hace tres años que lo poseo, pero obviamente, las presiones y exigencias de mi trabajo, lo han desgastado prematuramente. Sin embargo, no me preocupa en exceso. Aún no ha llegado la hora de su partida y conseguiré hacerlo entrar en razón antes de que sea demasiado tarde. Al fin y al cabo, a eso es a lo que me dedico: soy restauradora del tiempo.




Dedicado a N y S, cuyos desesperados intentos por revivir un viejo reloj de cocina, me inspiraron esta historia :)


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