06 septiembre 2010

Ada




El primer recuerdo de Ada fue el momento en el que comenzó a querer a su padre.
Durante los primeros cuatro años de su vida, para ella sólo había sido un alto hombre trajeado de gesto severo y ojos tristes que madrugaba demasiado y llegaba a casa cuando se podían ver las estrellas.

Una soleada mañana de julio, Ada había encontrado una mariposa con un ala rota en el jardín. Apesadumbrada, entró corriendo en casa con el frágil insecto atrapado entre sus manos diminutas. Justo cuando su madre trataba de convencerla de la inevitabilidad de algunas tragedias, su padre, rescató a la mariposa de los dedos infantiles y la sujetó delicadamente debajo de las alas entre su pulgar e índice, justo por lo que a Ada le parecieron los hombros del animalillo. Y con la naturalidad y la determinación con la que un cirujano pronunciaría “hilo del 5-0”, espetó “celo transparente”. Posteriormente, ante el asombro de madre e hija, estiró con delicadeza el ala prácticamente rasgada con los dedos de la mano derecha y unió suavemente con una gruesa tira de celo los dos extremos. “Ahora podrá volar otra vez” anunció.

Y mientras el convaleciente lepidóptero iniciaba torpe pero audazmente el vuelo, como un tímido fuego artificial que ha postergado en exceso su salida, la pequeña se debatía entre los dos pequeños milagros que acabada de presenciar, sin poder decantarse firmemente por uno. Sin embargo, algunos años y muchas alas reparadas después, descubriría que había sido la delicada e improvisada intervención de aquel rudo y reservado hombretón de manos grandes lo que, definitivamente, había dado un vuelco a su mundo.

18 agosto 2010

Goodbye letter to Andy


*


Dear Andy,

Hace 14 días y 23 horas que te has ido.

¿Sabes? El don de la inoportunidad es una costumbre muy humana. Algunas personas tienen la desfachatez de preguntarte cómo te sientes en los momentos más vulnerables de tu vida. Son como esas dependientas solícitamente cotillas que abren sin permiso la cortina del probador mientras te estás poniendo un vestido o un pantalón.
Pero yo no quiero pensar en cómo me siento mientras paseo por alguna calle o me tomo un té en una cafetería, porque si lo hiciera, la tierra empezaría a girar sobre su órbita hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo, y me quedaría dando vueltas asfixiada y llorosa en alguna especie de lavadora intergaláctica.

¿Has oído hablar de los anillos de los troncos de los árboles? ¿de cómo cada año de su vida arbórea queda impreso en un círculo?. Siempre me he preguntado si el inventor de los discos de vinilo se inspiró en ellos. Huellas, historias, canciones, todo viene a ser lo mismo. Los humanos estamos también construidos por capas de diferente grosor que permanecen siempre interconectadas. Por eso todo lo que hemos sido lo seguimos siendo y resulta tan difícil determinar nuestra verdadera edad.

Desde que no estás, tengo la sensación de que alguien ha hecho un agujero en mi tronco y tira con fuerza de uno de esos anillos, uno especialmente grande y precioso, mientras yo me aferro a él tratando inútilmente de recuperarlo. Y en ese forcejeo, toda mi estructura interna se desmorona y fragmenta, como si, de repente, se hubiera vuelto de mercurio. Y la gran duda que flota en mi cabeza es, ¿cómo sonará ahora el disco incompleto?.

La otra noche soñé que nuestra casa era una enorme mesa de billar y que alguien (o algo) golpeaba una bola y ésta recorría toda su superficie inusualmente vacía sin caer en ningún agujero. Pero el desesperado eco de la bola contra el suelo desnudo era lo más aterrador de todo. Su conciencia de orfandad, la seguridad de que, fuera donde fuera, no encontraría nada contra lo que chocar.

Otra cosa que me cuesta entender de los humanos, es ese absurdo pudor al hablar en pasado de los afectos hacia seres que ya no están presentes. ¿Por qué la gente dice “lo he querido” o “lo quise” en referencia a alguien cuando muere? ¿acaso creen que a fuerza de usar pretéritos conjurararán antes del maleficio del duelo?.
Una de las pocas certezas que tenemos son nuestros grandes afectos. Conjugarlos en presente y en futuro es lo que nos alimenta.

Mi psicóloga me ha repetido hasta la saciedad que “la decepción es como la muerte: siempre llega”. Según ella, es imposible que una relación no nos decepcione por aquello de nuestras desproporcionadas expectativas neuróticas, pero se equivoca. Las amistades mascotiles mejoran con el tiempo y carecen de ambivalencias. Con un amigo no humano, no hay discusiones, ni cambios de rumbo, ni rencores, ni desprecios. La complicidad no deja de crecer y siempre sabes exactamente lo que puedes esperar.

Durante 14 años y medio, dormiste conmigo si me atormentaba algún fantasma; me “diste la pata” cuando estaba enferma y me retrotraía a los 7 años; me acompañaste fielmente en mis maratones cinéfilos; permitíste que te abrazara hasta exprimirte cuando me rompían el corazón, daba un salto difícil o miraba las notas; soportaste sin huir despavorido mis gorgoritos, el volumen atronador de mi música, mis charlas cuatrilingües, mis cambios de humor o la sempiterna telaraña de la melancolía; fuiste mi único cómplice insomne cuando se retrasaba Morfeo, aparecía una musa o preparaba un examen; y los días horribilis, esos en los que venderías tu alma al diablo por convertirte en oso en hibernación, sólo tu perfecta carita pelirroja y la certeza de que, al menos, viviría un momento mágico contigo, me impulsaban a salir de la cama.

Siempre he tenido la sensación de que no pertenecías a este mundo y que, en realidad, eras una criatura mágica que yo había soñado de niña, un regalo que me enviaban directamente de la Fantasía de Michael Ende. ¿Y sabes qué? A falta de ese colchón emocional que proporciona la religión, es allí donde prefiero imaginarte: de vuelta al país de la imaginación. De la mía y de la de todos.

Con un volumen de La historia interminable entre las manos, me pierdo entre la tinta verde y la tinta roja y te susurro:

Recuerda que siempre mataré monstruos por ti, pequeño Fujur...


01 agosto 2010

La turbiedad del hielo




Podría haber sido un clon de Jökull, salvo por la nariz, bastante menos aguileña, el cabello oscuro y los ojos; Einar tenía las pupilas de un intenso gris casi metálico. Un color inusual, de esos que tienen una de cada 10 millones de personas, como los de Elizabeth Taylor.
La primera vez que lo vi, mis rodillas comenzaron a temblar de una forma tan violenta que tuve que sentarme. ¿Cómo podían parecerse tanto? Pensé que las había oído chasquear, delatando lo insólito del encuentro, como un instrumento mas afinado que, inoportunamente, arruina tu canción favorita en pleno concierto. Pero me sonrió cálidamente y me besó la mano: tú debes ser Brynja. Y ahí comenzó todo.

Estábamos en primavera y sólo habían pasado cinco meses desde que Jökull me había dejado. Era demasiado pronto para coger una fjóla (violeta), pero, como se suele decir en Islandia, nunca sabes cuanto puede durar el siguiente invierno.
Me llevó a un restaurante italiano. Sus movimientos eran ágiles y elegantes y olía a una mezcla de mar y eucalipto. Destilaba tanta entusiasmo que parecía un niño delante de una tienda de bicicletas. Sólo algunos pocos afortunados poseen ese halo juvenil durante toda su vida, una mirada sagaz pero blanca, una contagiosa y desarmante frescura. Einar era más joven que Joküll en todos los sentidos de la palabra.

Entre el entremés y el postre, le resumí el historial amoroso de mi vida, colocando a todos mis ex en fila sobre la mesa y derribándolos grissini a grissini. Su barba de tres días hizo el resto. Y, al llegar al café, con mi pasado temporalmente pulido, una postilla menos sobre la piel extremadamente fina y blanca, cerré los ojos. Cuando los abrí, reía. No recuerdo exactamente de qué. Siempre he tenido una memoria pésima para recordar anécdotas graciosas y únicamente recuerdo el efecto que me han causado. ¿Por qué nadie inventa una escala para medir la intensidad de la risa?. Debería parecerse a la de los terremotos. De esta forma, podríamos decir cosas como "tuve un ataque de 7,5" y todo el mundo sabría con precisión a qué nos referimos.

Sonaba Someone to watch over me de Ella Fitzgerald. De repente, tomó mi rostro entre sus manos y me clavó su mirada metálica. Por un momento pensé que cualquier cosa era posible. Le dije “ven” y lo llevé a mi casa. Nos desnudamos el uno al otro mientras fingíamos escucharnos. Tenía un cuerpo perfecto. Quise indicarle qué, cómo, cuánto y dónde, pero siempre se me adelantaba. Me pregunté, estúpidamente, si sería posible implantar mapas erógenos en los cerebros humanos. Agotamos el sofá, la cama y la mesa de la cocina, hasta que la vieja cafetera del vecino de arriba marcó nuestro último cigarrillo. Mis pensamientos escapaban bajo las sabanas de los rayos del sol. Estallaron las persianas y se acurrucó a mi lado, subrayándome, abrazado a mis senos doloridos. Formamos un improvisado 44. ¿Necesitaba ese número? Me di la vuelta y observe su mirada embelesada un segundo antes de acariciar el lóbulo de su oreja izquierda. Entonces lo encontré. Accioné tres veces el diminuto botón en forma de zigzag y Einar comenzó a encoger vertiginosamente hasta caber en la palma de mi mano. El número se había dividió entre once. Milagros de la nanotecnología.

Lo guardé en el cajón de la mesilla sin estar muy segura de qué hacer con él. Lo más probable es que nunca más volviera a utilizarlo. Seguidamente, me acosté sobre las sábanas revueltas, justo en el hueco en el que un momento antes habían descansado sus pies. Mi cabeza colgaba hacia atrás y la sangre se amontonó súbitamente en ella, como los tripulantes de un naufragio. ¿Dónde estaban las violetas?. Sentí como si me hubieran inyectado en su lugar una dosis masiva de aire. Recordé a Jökull, nuestras peleas y mi costumbre de escudarme en su nombre*. Entonces noté como una lágrima caliente caía desde mi lagrimal derecho a mi frente y después al suelo.



* Jökull significa hielo en islandés.

26 julio 2010

Cuando las burbujas hacen POP



4- Henry

No le hace falta mirar el despertador para saber que ya son las 5 de la mañana. Aparta suavemente el brazo femenino que atraviesa su pecho como un cinturón de seguridad improvisado, y se levanta de la cama con todo el sigilo del que es capaz. Quince minutos más tarde, ya se ha aseado y vestido. Sólo le queda una cosa por recoger. Lo había escondido sin esconderlo, tentando a la suerte, con una remota esperanza de que Emma pudiera encontrarlo, pero no ha sido así. Sabía que su última novia sentía cierta pereza, como ella solía afirmar, hacia la literatura japonesa. Así que, sin tener muy claro si había ganado o perdido en aquella apuesta consigo mismo, Henry abre el ejemplar de Kokoro de Natsume Soseki que reposa sobre su mesilla y extrae de el un billete de ida y vuelta en primera clase a Vancouver. Durante unos instantes, se plantea escribirle a la joven una nota de despedida, pero finalmente opta por un simple beso en el omóplato. No era necesario darle demasiada importancia. Al fin y al cabo, sólo estaría ausente un día.

La elección de la ciudad siempre acaba siendo casual. El único requisito era que se encontrara lo más lejos posible de Dublín y que se pudiera estar de vuelta en, aproximadamente, 24 horas. En aquella ocasión, por una cuestión de combinaciones y horarios, la olímpica ciudad canadiense le había parecido la opción perfecta. Recordó, con una sonrisa complaciente, las palabras de la exuberante pelirroja de la agencia de viajes: just nine hours behind when you get there. Behind. Nine hours.

Siempre le había parecido curioso cumplir años justo en la mitad del año. Ahora estaba a un día de llegar, probablemente, a la mitad de su vida. La política del bufete para el que trabajaba le permitía tomarse libre el día de su cumpleaños, pero incomprensiblemente para su jefe y el resto de sus compañeros, Henry siempre se ausentaba la víspera esa fecha, apareciendo puntualmente cada dos de julio.
Sentado en el avión, a punto de despegar, el abogado presiente que tampoco en esta ocasión se librará del interrogatorio anual, pero no le importa. Lo único que desea, es abandonar Dublín lo antes posible y estar en el aire. Volar es la más hipnótica y atemporal tierra de nadie.

Cada año teme que alguno de sus clientes pueda reconocerlo. Al fin y al cabo, todos viajan habitualmente en avión, pero siempre confía en su suerte... y en el hecho de estar disfrazado para la ocasión. Sin afeitar, con el pelo revuelto y despojado de sus trajes de Armani, Henry pierde parte de su imponencia y consigue aparentar unos cinco años menos de los que en realidad tiene.

Mientras la mayoría de los pasajeros caen presa del sopor o de la trama de la película de turno, Henry se levanta de su asiento y se dirige al baño con cierta ceremoniosidad. Una vez dentro, se coloca frente al espejo, baja la cabeza y apoya sus manos a ambos lados del lavabo, como un sprinter antes de iniciar una carrera. Tras unos segundos en esta posición, alza resueltamente la mirada y observa su cara, su línea de meta. Es doloroso comprobar hasta qué punto la vejez está emparentada con la gravedad. Todos los rostros acaban cayendo con el tiempo. Tal vez por eso sólo estudia el suyo estando en el aire. Lo analiza como si fuera la imitación de un cuadro famoso. ¿Qué ha cambiado? ¿qué atractivo permanece inalterable?¿cuántas mujeres menos pujarían por él en una subasta? A sus 45 años, sigue siendo un hombre atractivo. Aún suscita esa mirada de “tienes un buen polvo” de gran parte de las féminas con las que se cruza a diario. No le avergüenza admitir que esa prueba de reafirmación sexual masculina le ha salvado algunos días a lo largo de los últimos años de su vida.

De vuelta de la abstracción de sus pensamientos, Henry sigue con su dedo índice las arrugas que bordean sus ojos. No son tan discretas como las recordaba. ¿Cuándo han comenzado a caminar descaradamente esas patas de gallo? Comienza a hacer muecas y su boca se mueve tratando de reproducir todos los sonidos imaginables. Hay más surcos sobre la piel de sus labios y su cuello. Por un momento, se siente tentado de desnudarse y observar los cambios del resto de su anatomía, pero se reprime. Recuerda, con una punzada de añoranza, como a los 25 años le bastaba con estar delgado para sentirse en forma. Ahora la delgadez no es suficiente y tener un buen cuerpo le supone un esfuerzo considerable. Tal vez debería ir cinco días a la semana al gimnasio en lugar de tres. Tal vez.

Alarga su estancia en el baño hasta que llega otro pasajero y se despide del espejo con una mezcla de alivio y desgana. Cuando llegue a Vancouver, tendrá nueve horas más de tregua. Sólo serán las 8 de la mañana, mientras que en Dublín ya habrán alcanzado las 5 de la tarde. Permanecerá 6 horas más en la ciudad canadiense hasta el avión de vuelta y llegará a su ciudad a las 8 de la mañana del día del dos, pero durante ese tiempo, técnicamente, para él, seguiría siendo uno de julio, la víspera de su cumpleaños.


*

Vancouver es una ciudad bulliciosa. Está llena de bares y viejas cafeterías y las personas se saludan con la calidez y la familiaridad de los pueblos pequeños. Ajeno a todos ellos, Henry piensa en el X-43A, el avión más rápido del mundo. Técnicamente, a 8000 km/h, es capaz de dar la vuelta al mundo en 5 horas. ¿Cuántos cumpleaños más tendría que esperar para poder viajar en esa maravilla?. A cada paso, Henry fantasea con la posibilidad de engañar al tiempo limpiamente, y se siente un curioso híbrido entre Einstein y Dorian Gray.

Sin saber muy bien cómo ha llegado e ignorando el camino de vuelta, el abogado se topa frente a un parque infantil presidido por una gigantesca cama elástica. Una cola de niños y adolescentes aguardan ansiosos su turno para poder saltar. Abducido por esa temeridad tan propia de los jóvenes y los viajeros que se apodera de nosotros cuando, libres del corsé de la rutina, exploramos nuevos territorios, Henry se suma a la fila sin siquiera pestañear.
Veinte minutos más tarde, comienza a saltar. Tímida y torpemente al principio, consciente aún de sus diferencias y de lo que representan, aunque poco a poco, su cuerpo va cediendo al total abandono. Los gritos y las risas le roban el protagonismo a las rumias y al sentido común. Durante unos minutos, mientras sube y baja frenéticamente, olvida todo lo que conoce o cree conocer sobre si mismo y una machacona frase hace figura en su interior “en el fondo de nosotros mismos, siempre tenemos la misma edad”.

La misma edad.

Al abandonar la cama elástica, ignorando las miradas desdeñosas de los niños, Henry se siente un hombre nuevo y exultantemente joven, aunque es incapaz de explicarse el porqué. Y, de repente, la cara de Emma le envuelve como si al final de un mal día, oportunamente, en la radio comenzara a sonar su canción favorita. Quiere, necesita compartir este momento con ella. Busca el teléfono móvil en el bolsillo de su chaqueta, hasta que recuerda que siempre lo deja en casa durante sus escapadas. Resuelto, busca una cabina de teléfonos con la mirada hasta encontrarla. Una vez dentro, marca el número del móvil de su novia y espera. Hi, this is Emma! I can’t talk to you right now. If you have something important to say, speak know, or forever hold your... Beep...


Anteriores burbujas que hicieron POP:

1- Elsa
2- Yuki
3- Lorie

12 junio 2010

Cuando las burbujas hacen POP



1- Elsa

Elsa llega a casa a las 19:30 exactas, deja el maletín en el suelo y se apoya exhausta contra la pared de la entrada. Ha tenido que correr un poco para intentar ganar unos minutos, pero ha valido la pena. Sólo tiene media hora antes de que llegue Daniel y en ese breve espacio de tiempo, debe ducharse y arreglarse. Hoy es el día de su décimo aniversario. Comenzaron a salir en 1961 y durante la década que llevan juntos, casi siempre ha sido él quien ha propuesto planes y ha organizado cenas y viajes en las fechas señaladas. Elsa había asumido que, en su relación, él era el romántico y ella la práctico-maníaco-compulsiva que ocasionalmente se dejaba contagiar por la incertidumbre. ¿Con qué la sorprendería esta noche?

Antes de entrar en el baño, Elsa observa la extraordinaria pulcritud de su piso, siempre impecable, como si en el habitaran piezas de museo en lugar de personas. Con una sonrisa de satisfacción, imagina el estado en el que se encontraría si convivieran con una mascota. Seguramente, a esas alturas, Daniel ya se había rendido a su inquebrantable “restricción canina”. Era una pequeña contraprestación por el cúmulo de manías que ella tenía que aguantar.

Minutos después, el timbre del teléfono la sorprende en el momento de salir de la ducha. Con el tiempo justo de enrollarse una toalla alrededor el cuerpo, se dirige hacia el teléfono de la sala, maldiciendo el hecho de que aún no se hayan inventado los teléfonos sin cables. Moviéndose de puntillas, para no dejar huellas de sus pies mojados, levanta el auricular bruscamente y pregunta con irritación “¿Si?”. La voz que contesta al otro lado la perturba y complace al mismo tiempo. Es Adrian, un compañero de trabajo. ¿Por qué me llamará precisamente hoy, ahora?. Mientras él le habla de reuniones e informes, Elsa, nerviosa, reprime el impulso de sentarse en el sofá y, en su lugar, se abraza a si misma. Sus pies, aún de puntillas, se balancean de un lado al otro, tratando de desviar su atención del desastre doméstico que está a punto de avecinarse. Por alguna razón, se resiste a decirle a Adrian que su llamada no podría haber sido más inoportuna. Mira el reloj. Son las 19:45. No le va a dar tiempo.

Pero, de repente, Adrian hace un comentario ingenioso y su risa la sorprende inundando de una nueva sonoridad su sala impoluta. ¿De dónde ha salido esta extraña e irreprimible alegría? Sin darse cuenta, el auricular, en sus manos, se ha transformado en algo parecido a una isla. Debe explorarlo. Elsa observa cómo los últimos rayos de sol se cuelan por la ventana, posándose en su espalda como palomas perezosas. “Sí, ha hecho un día muy caluroso hoy, tenía ganas de quitármelo de encima”. Sonríe. Sabe que, aunque no pueda verla, él podrá leer la sonrisa en su voz. Distraídamente, se acaricia la nuca, mientras juguetea con la idea de que Adrian pueda intuir que está desnuda. Se sacude este pensamiento, con una punzada de culpabilidad, pero no del todo. Ahora él le habla de su ex novia, de incompatibilidades, de soledades. Ella le consuela. “Eres un buen partido”. Las palabras le suenan extrañamente torpes e impacientes, como un motor oxidado tratando de arrancar. Él le asegura que Daniel tiene suerte de tenerla y, en ese momento, su cuerpo tiembla tanto que se ve obligada a apoyarse contra el sofá. “Todo se va a ir al garete” piensa. Confundida, se aferra a su pelo, a sus largos rizos ya casi completamente secos. Los retuerce, como tratando de encontrar respuestas. Y entonces llega una confirmación disfrazada de silencio, como un fundido en negro antes de una película. Elsa cierra los ojos e imagina a Adrian tocando al timbre de su casa, una puerta que se abre, y después de un beso, una urgencia voraz e irreprimible. Contra la pared, de pie, medio vestidos, mientras los gritos de los niños de los vecinos amortiguan sus jadeos al cruzar el rellano...

El inconfundible sonido de una llave en la cerradura la saca de su ensimismamiento. Se despide de Adrian apresuradamente, cuelga y observa azorada el enorme charco en el suelo bajo sus pies. Se toca las enrojecidas mejillas. Terror. ¿Podrá leérmelo en los ojos?. En un acto irreflexivo y desesperado, arroja la toalla sobre el charco justo en el momento en el que Daniel llega a la sala. Mientras él la observa, entre divertido, confundido y fascinado, Elsa apoya una mano en la cadera y pronuncia con voz de mujer fatal “¡Feliz aniversario, baby!”.


2- Yuki

Cuando viaja en tren, Yuki despliega todo su arsenal de pinturas de cera en el asiento de al lado. Cada vez que el vehículo traquetea, se esfuerza en respetar meticulosamente cada línea y contorno del mandala, mientras es observada con extrañeza desde la convencionalidad de los mp3, libros y sudokus del resto de los viajeros. Disfruta jugando con colores pero no hay nada creativo en lo que hace. Para ella un mandala es simplemente un diario en el que plasmar los colores del día, un código emocional secreto.

Una tarde, justo antes de ponerse el sol, una niña atraviesa el escudo de ceras de colores y se sienta a su lado:

- Hola
- Hola... – contesta Yuki incomoda
- Te veo pintar todos los días, ¿sabes?
- Vaya... veo que eres muy curiosa
- ¿Sabes cuál es mi color favorito?
- Pues... no
- El amarillo – responde resuelta mientras se acomodaba aún más en el asiento
- Es el color del sol
- Mi madre dice que hay un libro en el que a uno de sus protagonistas le siguen mariposas amarillas cuando está enamorado
- ¡Vaya... qué poético!
- ¿Y tú por qué nunca usas el amarillo?- interroga bruscamente
- Pues, no lo sé. No me había fijado...
- ¿Es por que siempre estás triste?
- ...


3- Lorie

Al cruzarse con ella aquella mañana, la gente se la quedaba mirando con una mezcla de curiosidad y extrañeza; pero durante los cinco minutos que permaneció inmóvil, bajo la inoportuna lluvia de domingo, Lorie fue incapaz de verlos. Toda su atención se concentraba en un punto fijo, a pocos metros de distancia. Ese punto la atraía y la repelía al mismo tiempo. Concluida la lucha interna, decidió acercarse. Era mucho peor de lo que había imaginado. Aquel cachorro cruce de bobtail no sólo tenía la mandíbula y la pata derecha rotas, sino que presentaba síntomas de leishmania grave y estaba infestado de pulgas. Se encontraba tan débil, que si no recibía atención medica inmediatamente, el frío, la humedad y la fiebre acabarían con él.

Lorie le apartó el sucio pelo de los ojos y le habló suavemente, tal y como habría hecho con un paciente humano. “Tranquilo, pequeño. Vas a ponerte bien”. El animalillo la miró con una mezcla de ternura y sabiduría infinitas, como si fuera, al mismo tiempo, un niño y un anciano. Conmovida por aquel rotundo y emotivo “gracias”, Lorie se quitó resueltamente el abrigo, envolvió al cachorro con él y se lo llevó en brazos.

Ahora necesitaba un plan. Hoy era domingo. Las clínicas veterinarias estarían cerradas. Podría averiguar si había alguna de guardia, pero para eso necesitaba tiempo. No lo tenía, el animal estaba muy enfermo y ella debía llegar al hospital para comenzar su ronda de traumatología. Normalmente, iba caminando al hospital, aunque hoy, con el coche en el taller y sus amigos pasando el fin de semana fuera, sólo le quedaban dos opciones. Se decantó por la primera, pero la cara del conductor del autobús se transformó en una máscara al verla.

- No puedes subir aquí con eso- escupió.
- Por favor, sólo estamos a diez minutos del hospital. Apenas hay pasajeros. Me colocaré al lado de la puerta, no molestaré a nadie. Haga una excepción. ¡Si no llego pronto, se me muere!
- Lo siento, pero no se permiten animales. Además, si eso infecta el autobús o muerde a un viajero, ¿qué pasa?

Lorie abandonó la parada del autobús con una mezcla de frustración y rabia. Opción número dos. El taxi sólo tardó dos minutos en llegar, pero la reacción del taxista fue aún más fría y tajante.

- Ese bicho está hecho un asco. ¿Qué quieres, que me manche todo el coche de porquería?
- ¿Y si fuera una persona herida tras un accidente? ¿también le preocuparía la maldita tapicería?
- Una persona es una persona. Eso sólo es un puto chucho de mierda.

Mientras caminaba furiosa y desalentada aunque decidida en dirección al hospital, el día pareció recrudecerse. Cada vez llovía con más fuerza y el pequeño can parecía haberse desmayado en sus brazos. Apenas se había quejado. Sólo un pequeño aullido de dolor cuando abandonaron la parada de taxi, casi una protesta contra el insensible taxista.
Lorie temblaba visiblemente cuando cruzó la puerta del hospital. Y además de las miradas de espanto de pacientes, médicos y enfermeras, chocó contra la barrera de 80 kilos que conformaba la enfermera jefe.

- No puedes pasar con un animal, Lorie. ¿En qué coño estabas pensando?
- Estaba medio muerto en mitad de la calle, me necesitaba
- ¿Y no crees que hay lugares para eso?- espetó inconmovible
- Está agonizando y es domingo, Francine. Sabes que no tiene ninguna posibilidad a menos que..
- Me da igual que esté moribundo o que sea el puto día de la mascota. Aquí no entra. ¿Acaso quieres infectar el hospital?
- ¿Qué sugieres que haga? ¿qué lo deje morir en mitad de la calle? – varios médicos parecían haberse unido como espectadores a aquel debate improvisado. Sus caras de menosprecio denotaban su apoyo a la oronda Francine.
- Lorie, o te lo llevas ahora mismo o llamo a seguridad.

Derrotada, al borde del llanto, Lorie taladró a la enfermera con una mirada de desprecio absoluto, se dio la vuelta y desapareció por la puerta principal. Una vez bajo la lluvia y tras comprobar aliviada que el pequeño corazón del animalillo seguía latiendo, decidió que tenía que volver a intentarlo. Si sólo pudiera bajarle la fiebre y recolocarle la mandíbula. ¡Maldita sea, he sido entrenada para salvar vidas!
Mientras caminaba sin rumbo fijo, con los brazos doloridos, se topó con su amiga Elise, que había presenciado su polémica entrada desde la cafetería. ¿Un apoyo por fin?

- Puedes pasar por el aparcamiento sin problemas. Las cámaras de seguridad se han estropeado hoy. Hay un cuarto de limpieza donde podemos improvisar un quirófano.
- ¡Genial!
- Puedo mangar algunas cosas para tu operación, pero no puedo quedarme, Lorie. Sabes que hoy...
- Sí, lo sé, traumatología
- ¿Sabes a lo que te arriesgas al no aparecer, verdad?- preguntó visiblemente preocupada
- Sí, su vida, Elise

Diez minutos después, disimulado bajo unas sabanas, el pequeño cruce de bobtail, había burlado al personal y descansaba finalmente en su quirófano. Esforzándose por recordar las escasas lecciones de veterinaria que había recibido durante aquellos años, Lorie pasó las siguientes dos horas interviniendo al dolorido animal. Descubrió que la pata, la mandíbula y la leishmanía eran el menor de sus problemas. Desnutrición, deshidratación grave, anemia, hipotermia, un preocupante hemograma y la infección brutal que le había destrozado la boca, conformaban el terrible cuadro que lo había ido consumiendo durante días. ¡Días!.

Cuando tres horas más tarde tomó la decisión, Lorie hacía tiempo que había olvidado el entumecimiento de sus brazos y las protestas de su estómago. Nunca le había costado tanto poner una inyección. ¿Resultaría todo más fácil si pudiera explicarle lo que le está pasando?.
Lorie decidió que no.
Mientras observaba su mano vacilante, el can la miró fijamente, como intentando tranquilizarla. ¡Me está dando permiso. Se quiere marchar! Duró sólo un segundo. Medio cegada por las lágrimas, acarició al animalillo tiernamente hasta que se convirtió en un amasijo inerte de cables, huesos, pelo y parásitos.
No podía seguir allí, necesitaba un cigarrillo.

El aparcamiento estaba inquietantemente vacío y silencioso. Lorie, teblorosa, recordó con nostalgia su ahora mugriento y apestoso abrigo. Se abrazó a si misma mientras daba la primera calada a su cigarrillo. Por algún motivo se resistía a volver a casa. Los minutos parecían arrastrarse pero, calada tras calada, algo iba tomando forma en su mente. Un ejercicio de catarsis que, con sólo acariciarlo, transformaba su dolor, impotencia y frustración. Prefería sentirse rabiosa antes que triste, la hacía sentirse poderosa.

Llevada por un impulso irreprimible, sacó la llave de casa del bolso y comenzó a rayar, uno a uno, los coches de la sección VIP del aparcamiento. Lo hizo lenta pero concienzudamente, como si en lugar de rayarlos escribiera en ellos ideogramas chinos. Aunque, bien pensado, tal vez, de alguna forma, lo fueran. Lorie sabía que ninguna de aquellas personas podía leerlos...



Dedicado a tod@s l@s que nunca pasan de largo :)
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