20 diciembre 2013

Cappellini



Cuando era niño mis profesores de lengua solían utilizar mi apellido como ejemplo de dobles consonantes, mientras que los de latín lo escogían por su curiosa etimología. Siguiendo el pérfido ejemplo, mis compañeros de clase, por su parte, solían dibujarme con un sombrero de mafioso, con un champiñón o con un glande. Odiaba Cappellini hasta tal punto que incluso fantaseaba con intercambiarlo algún día por Lanotte, mi apellido materno.

Sin embargo, tú siempre me llamaste por mi apellido, nunca por mi nombre. “Cappellini, Capellini” pronunciabas (o más bien reafirmabas), de forma insinuante, juguetona o tierna con tu suave acento napolitano; y para mí era como si Luca, el nombre tras el que me había escudado toda la vida, de repente, se denigrase y convirtiese en un ridículo mote infantil, o en un alias injusto y caprichoso escogido al azar por absolutos desconocidos. No. Tú decías “Cappellini”, ese apellido insultantemente común, desgastado y anodino, al que me ligaban algunos de mis peores y más crueles recuerdos infantiles, y me rebautizabas, me redefinías, me resumías, como el más exacto, inspirado y categórico de los índices. 

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