10 agosto 2014

Sonrisa eclipse




“Lo vi sonreír con su ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien llevó tantos años su herida por donde sólo llovía sal”.

Alejandra Pizarnik


La primera vez que lo vi sonreír fue a través de las viejas fotos de una pionera red social que ya nadie utiliza. Toparse con el álbum de los primeros veinticinco años de vida de un ser querido, flotando a la deriva en el abigarrado mal del ciberespacio, hoy día debe producir una emoción similar a la de encontrar una botella con mensaje en la orilla de una playa o desenterrar, por casualidad, una olvidada cápsula del tiempo.

Hay sonrisas a las que denomino eclipse, no porque oculten la luz de la persona que las posee, sino porque, por unos breves instantes, son capaces de cubrir completamente su oscuridad. Jim poseía una de esas sonrisas. A pesar de ser el tipo más melancólico que he conocido jamás (o tal vez por ese motivo), ocasionalmente estallaba en una contagiosa sonrisa armónica coronada por unos dientes perfectos, no exenta de serenidad y ternura.  

La diferencia entre una sonrisa feliz y una sonrisa eclipse es que la primera nunca deslumbra o desarma, sólo subraya lo que ya existe. Sin embargo, lo que hace verdaderamente especial a la sonrisa eclipse, es su hermosa fugacidad, su vocación de usurpadora de desdichas, su condición de milagro. Casi nunca nos damos cuenta, pero, muy a menudo, las sonrisas más bonitas vienen de las personas más tristes y solitarias.



*




26 junio 2014

La posibilidad de ti




El contrahechizo de la dispersión de la arena
La envergadura de un águila cuando le estrena un traje el viento
El coro de una sirena
Las mayúsculas en los puentes
Las minúsculas en los fruncidos  
La metálica muerte del eco de las latas
Un sombrero como escudo contra el viento
Un violín afinado
Una bandeja
Una golondrina reorientada.


*

20 enero 2014

Ekaitz




Una tormentosa tarde de julio, en el instante preciso en que salía del cine, un rayo cayó sobre mi madre. Al parecer, entró por su cabeza y escapó pérfidamente por un pie, para hundirse finalmente en las entrañas de la tierra. Las quemaduras fueron tan graves que tuvieron que hacerle varios injertos en “la zona de salida” y jamás superó su cojera y su fobia a las tormentas, pero, milagrosamente, sobrevivió. Haciendo gala de un misticismo que no había exhibido hasta la fecha, aseguraba que nunca supo a ciencia cierta qué parte de sí misma le había arrebatado el rayo, pero estaba convencida de que la había elegido como receptora o “puerta a este planeta” por alguna razón.
Lo más insólito del caso, es que en aquel extraordinario momento, nadie, salvo ella misma, sabía que estaba embarazada de tres meses. Como es natural, al conocer la noticia cundió el pánico generalizado en mi familia. Amparándose en la excepcionalidad de la situación, todos estaban de acuerdo en que era más que probable que el rayo, durante su ataque oblicuo, hubiera atravesado al bebé en algún punto, dañándolo sin remedio. Sin embargo, y para sorpresa familiar, una serie de exámenes y pruebas revelaron que el niño, no sólo había sobrevivido, sino que se encontraba en perfecto estado de salud.
 
Durante mucho tiempo nadie pudo encontrar un precedente similar. La posibilidad de ser alcanzado un rayo es del 1 entre 3.000.000 millones. ¿Cuántas posibilidades hay de que, además, caiga sobre una mujer embarazada? En el momento en que se confirmó oficialmente que el niño nacería sin secuelas, mi madre supo instantáneamente cuál sería su nombre, Ekaitz, que significa tormenta en euskera.
Y, ahora que sabes la historia de mi nombre, querido lector, debes conocer la historia de mi muerte, que es la misma.
 
[TO BE CONTINUED]

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