06 julio 2016

Coleccionista de mariposas



Entonces se acercó, me tomó del mentón y me miró inquisidoramente. Su barba brillaba a tan pocos centímetros que casi podía sentirla rozándome la piel. Sus frases cayeron sobre mí como limón en los ojos.

“A veces la mariposa no nace de su capullo, sino del hambre de luz. El archivo del corazón, comprimido en el tiempo y el espacio, encuentra una estructura en forma de mariposa en la que “transferirse”, y se sostiene en ella y contra ella, ansiando desesperadamente contagiarse de su dorada condición alada. Lo que el corazón no sabe, es que la mariposa no puede volar. Lo que la mariposa no sabe, es que el corazón, para latir, sólo puede vampirizarla.

Y este falso insecto es sólo el pálido reflejo del recuerdo primigenio de unas alas. Hay otra luz, mucho más pura y cálida, dentro del propio corazón, pero este, herido por su propia ceguera, puede agotar hasta el último de sus latidos, con la red vacía en las manos, sin llegar a encontrarla.

Coleccionas mariposas, pero no me buscas a mí, no tengo alas. Yo no existo”, sentenció, mientras le quitaba la ropa.



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14 noviembre 2015

¿Y tú qué has malgastado?



¿Y tú qué has malgastado?

¿El rocío en las yemas de los dedos?
¿La vocación de funambulista?
¿La puntualidad en los rebotes de las piedras sobre el agua?
¿La sabia inercia de las hojas otoñales?
¿La circular danza de los espejos?
¿La alegría infinita en las alas de los colibríes?

Dime, ¿qué has sacrificado?
Dime, por qué…



12 junio 2015

Espacio




Querido diario,

Ya no dormimos juntas. Como viene siendo habitual, la decisión fue mía. A pesar de que siempre he sido una conquistadora, no puedo evitar que su enorme cuerpo lo invada todo, que todo en ella, hasta su respiración, me asfixie. Quiere que la convierta en el eje de mi existencia, en el centro de un minúsculo y despoblado sistema solar, tal es su ansia de afecto y su egolatría. En todo lo referente a mi, carece de la noción de espacio personal. Cuando estamos juntas, es como si ni siquiera el aire pudiera separarnos. Su amor es como un maldito recipiente de envasado al vacío. Mentiría si dijera que ya no la quiero (muchas veces a mi pesar), pero en mi vida nunca ha habido (e intuyo que nunca habrá) nadie más con quien poder compararla. A veces intento recuperar parcelas de individualidad irritándola o enfadándola a posta, pero parece que ni mis manías o hábitos más insoportables (como estrenar sus cosas antes de que lo haga ella o arrancar, distraída y ladinamente, trozos de sus adoradas plantas) puedan mantenerla alejada demasiado tiempo. Su rostro se tiñe de un "rojo tomate" antiestético y su voz adquiere un tono ultrasónico sólo apto para algunos oídos privilegiados, pero al poco tiempo me busca y casi puedo ver alejándose, a mucha distancia, las feas nubes del rencor. ¿Acaso no existe un sano punto medio entre el desapego y la adoración? Por mucho que yo recorte y limite, ella encuentra y trenza nuevos y desconocidos lazos. ¿Llegará otra (u otro) a su vida para que yo pueda vivir una tregua o estamos condenadas a convertirnos en un ente siamés? Lo cierto es que yo no puedo ser siamesa, ni por principios ni en ninguna de sus acepciones. En mi cartilla dice, humildemente, “gata común”.

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