16 enero 2015

Goodbye, Mr Turner (Everything is embarrasing)





Ya no era la misma estación de tren, los últimos 7 días la habían transformado por completo. Una semana atrás, cuando fui a recibirlo, el lugar parecía el desafortunado trabajo de un mal montador y director de fotografía. El tiempo discurriría aparentemente más despacio dentro de sus paredes que en el exterior, y a lo largo de su superficie, objetos y humanos se mostraban extrañamente luminosos y desenfocados. Hoy, sin embargo, todo resulta dolorosamente nítido y gris, los viajeros dan la impresión de deslizarse sobre las ruedas de sus maletas en lugar de empujarlas y las manecillas del reloj vuelven a aniquilar, imperturbables, el tiempo.

Mr Turner y yo nos habíamos conocido un año atrás, vía Instagram. El nuestro era un intercultural cuento de hadas de la era digital que constaría de tres ciudades y 3 partes: el planteamiento en una ciudad desconocida para ambos, el nudo en su patria adoptiva y el desenlace, que cerraría el círculo, en mi ciudad.

Irónicamente, aquel anhelado último aquí y ahora se había acabado convirtiendo en un descarnado acto de masoquismo que me había impuesto como paso esencial en mi autoterapia de choque. Si no le veía marcharse en ese tren, una parte de mi seguiría aferrándose, desesperadamente, a la primera versión de aquel encuentro. O séase, a la desenfocada escena mal montada.

Le observé durante unos segundos y su perfil, a pesar de todo, denotaba una insultante serenidad. Ningún síntoma de incomodidad, tristeza o nerviosismo parecía emanar de él. Le odie por ello pero decidí romper con una maza aquel pétreo minuto de silencio.

- Esto es demasiado tópico, ¿no te parece?
- ¿El qué?
- Vernos por  última vez en una estación de tren…
- ¿Menos tópico que vernos por primera vez en otra estación?- apostilló sonriendo brevemente.
- No, pero es demasiado “romance decimonónico”. De hecho, dudo entre arrojarme debajo de un tren o arrojarte a ti en su lugar…
Alzó las cejas en su expresiva mueca característica, esa en la que el extremo interno es mucho más alto que en externo, semejando dos gruesas  líneas horizontales, como un dibujo animado.
- No es culpa mía. Podría arrollarme un avión en lugar de un tren si tu ciudad tuviera aeropuerto…
- Ya… - Excusas. A él no parecía capaz de arrollarle nada.
- Emma- añadió con marcada tristeza- El escenario es lo de menos. Esto no podría ser menos cliché. Se trata de ti y de mí…
- Tienes razón…

Un tren (su tren), irrumpió de repente, sólo que en lugar de atravesar la estación, pareció empujarla, recolocarla, trasladarla bruscamente, llevándose de un plumazo toda la rabia y agrio cinismo que había estado acumulando durante los últimos minutos.
Jason se aferró al tirador de su maleta y se levantó de su asiento, todo en un mismo y ágil movimiento. Yo, por mi parte, me mordí el labio y me puse de pie, solo que de forma pesada y vacilante, como si hubiera envejecido 50 años y la gravedad estuviera ejerciendo una presión extrañamente intensa bajo mis pies. Tenía exactamente 10 minutos para aferrarme al patético, desesperado e imposible “pudo ser”.




  
- Bueno, “Mrs Karenina”. Supongo que...
- Jason, antes de todos los formalismos y los buenos deseos, necesito decirte algo, a pesar de que te prometí y me prometí que no lo haría.
- Está bien- soltó el tirador de su maleta y fijó en mí su afilada mirada azul. Por un momento me pareció un caballero medieval que se ha desprendido temporalmente de su escudo- Te escucho.
- Sé que debería decirte que, a pesar de… este abrupto final, me alegra todo lo que hemos vivido, que probablemente aprendamos el uno del otro alguna lección básica y vital en nuestra educación sentimental y todas esas bobadas que dicen los psicólogos, pero no puedo.
- ...
- Me ha costado mucho, toda mi vida, de hecho, creer que existes y que no eres un producto de mi imaginación. Y ahora que tengo delante esa anhelada confirmación material, me piden… me pides que la olvide, que vuelva a desterrarla de mi vida y convertirla en humo. ¿Quién puede hacer eso?
-  Yo…
- Sí, lo sé, tengo que ser racional, práctica, madura, etc, etc, etc, pero no puedo simplemente darte las gracias y desearte un buen viaje. Lo único que puedo hacer es desear no haberte conocido…

Posiblemente, era el discurso más vehemente que había hecho en mi vida. Sentí que se lo había merecido. Después de todo, el penúltimo capítulo de aquel breve cuento no había sido una decisión democrática. Lo escribió él, sin consenso, el mismo tipo que ahora miraba fijamente el suelo como si contuviera la clave de algún misterio cósmico.

- Emma- su voz temblaba vagamente- Es normal y sano, que estés furiosa y frustrada. Yo también lo estoy…
- No me vengas con esas. No te hagas el puto Paulo Coelho conmigo.
- Ya lo habíamos hablado y ambos estábamos de acuerdo.
-  No. Lo decidiste tú, pretty boy. Yo simplemente accedí.
-  ¿Y por qué accediste sin comentarme nada?
- Porque una pareja son dos remeros en una maldita canoa. Si uno de los dos tira el remo, al otro no le queda más remedio que parar… o remar en círculos estúpidos.
- Así que decidiste tirar el remo…
- Exacto.
- Vivimos a miles de km, acaban de despedirme, mi padre... ya sabes… No tengo base, mi vida es un caos, no puedo comenzar ni construir nada, no tengo fuerzas. Dadas las circunstancias, es lo mejor.
- Es lo más cómodo y seguro, no sé si lo mejor.
- Es lo mejor y una broma cruel, todo al mismo tiempo.
- Ya…
- Esto me mata tanto o más que a ti, joder, pero si no puede ser, lo más inteligente para ambos será que suba a …
- ¡Basta!
- ¿El qué?
- Esa cutre justificación que pretendes que me trague es un insulto a mi inteligencia.
- ¿A qué te refieres?
- A que no eres Rick intentando convencer a Ilsa para que suba al avión por una causa mayor que ellos mismos. Subes tú por iniciativa y beneficio propios, sin reparar ni en mí ni en nadie.
- ¿Pero qué estás diciendo?
-  Admítelo, Jason. Te has dado cuenta de que esto es complicado, que requiere esfuerzo y ofrece pocas garantías y no estás dispuesto a arriesgarte. No lo niegues.
- No lo niego, pero…
- En el fondo, no eres más que un cobarde filofóbico de mierda. Un capullo romántico de cara a la galería que ni cree en el amor ni tiene valor para enfrentarse a él.

Durante unos segundos, nos envolvió el silencio y desde un extremo del huracán, reparé en sus ojos. Estaba llorando. Aquella sería la primera y la última vez que lo vería llorar. Me dolió ser la fuente de su sufrimiento, a pesar de todo.

- Eso no ha sido justo, joder… Conoces perfectamente los motivos. Sé que estás rabiosa pero no pienso justificarme por enésima vez. Tendrías que haberme soltado la bomba ayer en lugar de convertirnos en un maldito teatro de calle…
- Tal vez…
- ¿Es este el último recuerdo que quieres que tenga de lo nuestro?
- Me importa una mierda el último recuerdo que tengas de nosotros, francamente.
- ¿Por qué me escogiste, Emma?
- ¿Qué?
- ¿Que por qué yo?
- Me enamoré de ti. Neurosis compatibles, supongo.
- Exacto
- ¿Qué puñetas quieres decir?
- Que no somos tan distintos. Si te has enamorado de mí, es porque tú también eres una cobarde filofóbica, de lo contrario, te habrías chiflado por otro cuya vida no fuera un maldito desastre.
- ¿Pero qué dices? ¡Eso no es cierto!
- Si lo es. En el fondo, ambos estamos aterrados… Es nuestro patrón habitual, por eso fracasamos una y otra vez en el amor. ¿Recuerdas alguna vez en la que el desamor haya sido más rápido que el miedo? Piénsalo.

En aquel momento, la estación entera tembló bajo mis pies. Era cierto. La única diferencia entre ambos es que él era un fóbico oficial, mientras que yo me escudaba en una  especie de pasivo-agresividad autosaboteadora.

- ¿Sabes qué?- admití finalmente- Supongo que tienes razón y que esto prueba la hipótesis de que, por muy especial que creamos que ha sido lo nuestro, no somos una excepción.
- ¿A qué te refieres?
- A que Darwin sigue teniendo razón. En el fondo, tenemos miedo de ser felices, como todos los demás. Por eso nos hemos escogido.
- Puede ser… Lo siento mucho, Emma. 
- Lo sé…
- Me siento atrapado. No puedo, no sé funcionar de otra manera… Pero de todos mis fracasos, este es el más doloroso, con diferencia. Créeme- Me atrajo hacia sí.
- Mr Turner… -le golpeé en el pecho con ambos puños y, antes de darme cuenta, le había dado una bofetada con tanta fuerza que su mejilla izquierda parecía una réplica perfectamente moldeada de mi mano derecha (con anillo incluido).

Su mirada se convirtió entonces en un violento caleidoscopio de emociones y antes de que pudiera reorganizar sus colores o articular palabra, lo besé. Toda mi rabia, ternura, deseo, angustia, esperanza y dolor, contenidos en mi lengua y mis manos. Fue un beso de esos que destrozan, implacables, labios y minutos de vida, un beso bomba. Sé que me lo devolvió, que lo empujé contra la pared del tren, que su cuerpo hizo un extraño ruido sordo al golpearse contra el metal, que alguien nos devolvía, entre risas nerviosas, un comentario jocoso.

Me separé de él sin mirarlo. Jason, por su parte, se aferró a su maleta-escudo y subió rápidamente al primer vagón del tren. Tiene gracia, curiosamente, todos los hombres de los que me he enamorado insisten en viajar única y exclusivamente en el primer vagón. Nunca me había dado cuenta. ¿Ninguno sentía la curiosidad o el deseo de cambiar de número o acaso era yo quién los guiaba y no les permitía avanzar? Supongo que la lógica del miedo nos insta a pensar que el primer vagón es el más seguro en caso de descarrilamiento; además es el que ofrece la posibilidad de llegar a la puerta segundos antes que todos los demás.

Como adivinando mis pensamientos, él me miró con una desarmante melancolía y caí en la cuenta de que, en esa ocasión, la que lloraba, muy a mi pesar, era yo. Mi reflejo en el cristal, con el lipstick rojo corrido más allá de los labios, me recordó a Gong Li en 2046. Saqué un kleenex del bolso y lo restregué con fuerza sobre la boca y las mejillas, en un patético intento de extraer completamente la mancha. Sin embargo, no hubo forma. Sentí que iba a estallar de ira y frustración. Aquella imborrable mancha roja se había convertido, de repente, en una insoportable y muy visible insignia de mi propia vergüenza. Me enrabieté aún más y cuando recuperé la dignidad, él seguía en el mismo sitio, observándome. Una vez más, muchas emociones contrapuestas surcaban su armónico rostro. Grave y serio resultaba tan insultantemente guapo que deseé abofetearlo… o arrancarle la ropa, pero tuve que conformarme, únicamente, con apretar los puños hasta clavarme las uñas en la piel. Un megáfono anunció la inminente salida de la vía 2.

- Te llamaré cuando aterrice, para que sepas que no me han abducido en una secta ni he caído en una isla perdida en el Pacífico…
- Un whatsapp será más que suficiente.
- …
- …
- …
- Goodbye, Mr Turner.

Me giré y salí corriendo sin darle opción a replica. Una decisión sin consenso. En mi apresurada huida, tropecé con un activista de ACNUR que me miró resentido. Una vez más, la estación volvía a ser un lugar impreciso en el que parecía haberse detenido el tiempo, aunque, esta vez, nada resultaba extraordinario o luminoso, solo un fragmento más de una vieja y familiar película mal montada.





*




30 diciembre 2014

Dear Mr Turner - Interlude




Nunca se lo he contado, pero durante nuestras largas intermitencias suelo despertarme demasiado temprano, como la concha seccionada de una ostra. La luna está a punto de desaparecer de mi cielo para trasladarse al suyo, y es tan blanca, que siempre resulta apremiante escribirte una carta:

“Dear Mr Turner,

What are you doing?
How are you feeling?
What are you wearing?
What did you learn?”.


Y cada madrugada me arropo en estas preguntas hasta volverme a dormir, confiando en que, transversalmente, desde algún punto de sus 5 horas de distancia, él las responda, una tras otra, en mis sueños.


*

09 noviembre 2014

Hello, Mr Turner! (I want you)



Quedaban, exactamente, 8 minutos para que empezara la película. “8 minutos, el tiempo que tarda en llegar la luz del sol hasta la tierra” pensé, en un arranque de cursilería que me pilló desprevenida. Mientras tanto, él hablaba y hablaba, medio succionado por una comodísima butaca (su favorita, al parecer, de todo Berlin) en las que sus retinas debían haber almacenado horas y horas de desbordante cinefília. Una pregunta a quemarropa me sacó de mi ensimismamiento:  

      -      ¿Sabes cuál fue el descubrimiento más importante de Darwin?
- Vale. O se trata de una pregunta trampa, Mr Turner, o está usted cuestionando insultantemente mi inteligencia.
-       Si hubieras escuchado la primera parte de esta conversación. No habrías necesitado hacerme esa pregunta…
-       Touché. Pero contéstese a sí mismo, no se corte.
-       Me sigue haciendo gracia que, de vez en cuando, me hables de usted, pero volvamos al tema. Tras decenas de viajes alrededor del mundo, Darwin descubrió que todas las especies animales que encontró, a excepción de una, compartían una misma e interesante característica.
-       ¿Qué era…?
-     Todas sabían que habían venido a este mundo para ser felices y se comportaban como tal.
-       No me digas la excepción que la adivino…
-    Piénsalo. A menos que estén enfermos o se sientan gravemente amenazados por algún peligro inminente, todos los animales del planeta, absolutamente todos, disfrutan cada momento de su vida, viven intensamente el día a día.
-    Todos menos los neuróticos humanos…
-  Exacto- se incorporó de su butaca, sus ojos brillaban- Y no me vale eso de a mayor sofisticación cerebral, mayor complejidad psicológica y todas esas bobadas. Debe haber un motivo más sencillo que justifique tanto autosaboteo. ¿En qué momento hemos olvidado o nos hemos disociado de esa misión vital intrínseca a nuestra naturaleza? ¿por qué no somos o no podemos ser felices?

       Las  luces se apagaron de repente.

-          -  ¡Shhh, calla! La película está a punto de empezar…






*      *

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