26 marzo 2015

La hora de la telaraña




Cuando tenía  7 años padecí una otitis machacona que me impedía dormir. Recuerdo que solía despertarme tiritando y empapada en sudor, con la aterradora sensación de que algún sádico monstruo me estaba clavando una aguja en el oído hasta atravesarme, implacable, el cráneo. Aunque unas gotas eliminaban rápidamente el dolor, me llevaba bastantes más minutos calmarme y olvidar la angustiosa y terrorífica sensación de amenaza. El monstruo, al que mi imaginación infantil había representado como un repugnante cruce viscoso entre una mantis religiosa y una araña, podía reaparecer en cualquier momento (probablemente durante la muy vulnerable duermevela), empeñado en completar, a cualquier precio, su sanguinaria misión.

Muchos años más tarde, el insomnio regresó de la mano de un despido, una ruptura amorosa y la grave enfermedad de un familiar, como una despiadada triple conjunción planetaria, que me sumió en el impasse más desolador y opresivo de mi vida. Las escasas noches en las que conseguía dormirme, solía despertar a cualquier hora de la madrugada, envuelta en una asfixiante y plomiza mezcla entre terror paralizante y tristeza aniquiladora, incapaz de volver a conciliar el sueño, por muchos (y creativos) remedios que empleara. Sin embargo, pronto descubrí que había algo que me aterraba más que el guión que cada noche pudiera idear para mí “el teatro de Morfeo”. Todas las noches, probablemente en algún momento oscilante entre las 2:00 y las 6:00 de la mañana, descubrí lo que di por llamar “la hora de la telaraña”. No importaba la actividad que estuviera realizando o el tipo de energía con la que me hubiera “recargado” el día. No había forma de preverla o evitarla. Cada noche de insomnio, mientras la humanidad entera parece entregada a una dulce, reparadora y burlona tregua de todo lo enfermizo, injusto, cruel y antinatural que, lamentablemente, hace girar el mundo, y la sensación de soledad intergaláctica es tan opresiva que tienes la sensación de haberte trasladado a un planeta con una gravedad distinta, de repente, chocas contra un falso y viscoso muro de lucidez, en el que los pensamientos más terroríficos, los dolores más punzantes o los darse cuenta más devastadores, comienzan a aflorar ininterrumpidamente en tu cabeza. Y durante unos segundos, unos minutos o, incluso, una angustiosa hora interminable, las peores hipótesis que envuelven tu vida, esas cuyas costuras habrías podido entrever, apartar o deshacer a lo largo del día, son categóricamente posibles.

Y esa certeza, paradójicamente, fue la que lo cambió todo, la que me instó a buscar o abrir a golpes ventanas y puertas en el callejón de mi impasse. Supe que debía idear urgentemente un escudo o un arma arrojadiza, ya que cuanto más tiempo estuviera expuesta a ella, cuantas más visitas le hiciera, involuntariamente, noche tras noche, más me costaría escapar o no sucumbir, de forma permanente, a la hora de la telaraña.






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