
Deseo básico: sentirse valioso, aceptado y deseable.
*
Y metió su vida en cajas y se marchó del apartamento...
... pero nada alteró su rutina. Se levantaba temprano, iba al gimnasio, desayunaba, paseaba a Moon, y se marchaba al trabajo. Sus compañeros no sabían que Denise le había dejado. Nadie debía saberlo. Su sempiterna sonrisa parecía ser el mejor indicador de su estado de animo. Los más intuitivos podrían haberse percatado de que ya no había luz en su mirada. ¿Pero quién miraba realmente a los ojos salvo las maquilladoras?
Se enganchó a la droga más cobarde: la mentira. Y en su particular galería, la autenticidad era el viejo y ajado atrezzo que alguien olvidó hace mucho tiempo.
Mentir no era difícil para un actor, pero la diferencia entre él y sus compañeros de la serie, era que su dedicación “al método” duraba los 365 días al año. Nunca una mala cara, ni un mal gesto, ni siquiera, un matiz desagradable en el tono de voz cuando, ocasionalmente, sufría un encontronazo con un periodista. Matt era la viva imagen de la afabilidad y el encanto y haría todo lo posible para seguir siéndolo.
Sin embargo, en aquellas tres semanas de soledad, comenzó a odiar su casa, sus muebles, su ropa, su extrema competitividad, su pulcritud, su éxito... todo salvo su cocker spaniel. Sentía como si alguien le hubiera intercambiado por una imagen holográfica de si mismo. Un extraño vacío comenzaba a invadir cada célula de su cuerpo, inexorablemente, como un cáncer. Con la diferencia de que nadie conocía las características de esta nueva enfermedad.
Consideró la idea de tapar todos los espejos de su casa como si viviera en un shivá indefinido. Los judíos guardan luto durante siete días. Siete maravillosos días en los que cuidar de su aspecto es algo tan nimio e insignificante, que se permiten ignorar ese superficial aspecto de si mismos. ¿Por qué no podía hacerlo él?
Día tras día, engatusaba a algún miembro del equipo para ir a tomar algo a un pub y retrasar asi la vuelta a casa todo lo posible. Sabía a que lugares ir sin necesidad de recurrir a las clásicas gafas negras.
Las escogía siempre altas, rubias y andróginas porque eran lo opuesto a Denise. Ella tenía los ojos y el cabello más negros del mundo. Su voz ronca y envolvente a lo Veronica Lake era la única capaz de retirarle hasta la última gota de maquillaje con un simple susurro. Todo en ella era espejo. Su morena nuca era la única promesa que se hacía antes de dormir.
Una tarde, mientras se dirigía a una cena con su representante, quedó atrapado en un atasco. Al parecer, un autobús había volcado dos calles más al norte y la lluvia estaba ralentizando todo el proceso. Mientras esperaba, le sobrevino un incontrolable deseo de fumar, pero en la guantera de su coche sólo quedaban sus gafas y un par de condones. Miró por la ventana, tamborileando con sus dedos sobre el cristal en un intento de aplacar su ansiedad, y se percató de que una joven le observaba atentamente desde un café. “Será una fan que me ha reconocido” pensó.
- ¿Me llevas?- afirmó más que preguntar.
- ¿A dónde quieres ir?- respondió él con su mejor sonrisa.
- A cualquier parte- un deje de amargura traicionó su dulce voz felina, conmoviendole. La instó a entrar en el coche.
- ¿Cómo te llamas?
- Cecilia.
- Admítelo, Cecilia, ¿tú me conoces, verdad?
- ¿Por qué habría de conocerte?- espetó entre divertida y asombrada mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara.
- ¿Me estas diciendo en serio que no sabes quién soy?
- Por supuesto – había una desarmante honestidad en aquellos nuevos ojos.
- ¿Te cuento un secreto, Cecilia?
- Ajá.
- Yo tampoco...
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